Este libro da cuenta de la existencia de una amplia y diversa oferta mística espiritual que desde hace décadas eligió a la ciudad de Guadalajara como su sede.
Guadalajara es una ciudad que ha experimentado en términos religiosos una intensa reconfiguración de creencias, prácticas y valores religiosos; ha sido sede de distintos liderazgos espirituales que han contribuido a la creación de redes y circuitos de espiritualidades variadas: orientales, de la Nueva Era, esotéricos, neopaganas, neomexicanos y ecofeministas. Estas corrientes no sólo tienen influencia a nivel local, sino que también son reconocidas en distintos países del mundo.

El libro El estallido de las espiritualidades abarca nuevas sociedades que bien pueden encajar en el modelo de tribus (Maffesoli, 1988), de redes multicentradas (York, 1995), de comunidades de vida (como son los ashrams o calpullis), o de comunidades efímeras, emocionales y electivas. Incluso pueden funcionar a través de circuitos de servicios (Cantor Magnani, 1999), tales como las tiendas esotéricas, los mercados populares, las exposiciones (Mora, 2002), el turismo, el circuito terapéutico (Toniol, 2015), o el practicado por los psico-nautas.
En Guadalajara se han promovido distintos proyectos, escuelas y colectivos espirituales que no suelen ser visibles en los estudios censales o en las cartografías de templos, capaces de registrar la presencia de religiones organizadas bajo el modelo eclesial. Estas espiritualidades pasan inadvertidas para dichas herramientas metodológicas porque, en muchos casos, carecen de un templo con una estructura arquitectónica reconocible. También son difíciles de detectar porque no se agrupan bajo un mismo movimiento. Pueden organizarse de distintas maneras: como “Nuevos Movimientos Religiosos” (Barker, 1989), en torno a escuelas dirigidas por maestros o gurús, en redes conformadas por múltiples y autónomas comunidades (York, 1995), o incluso mediante la oferta y el consumo de productos y servicios espirituales que incluyen talleres y escuelas (Carozzi, 1999, Cantor Magnnani, 1999, Gutiérrez Zúñiga, 1996).
Muchos de los practicantes de espiritualidades heterodoxas rechazan actualmente ser denominados como seguidores de la Nueva Era. De hecho, hay una resistencia general a las etiquetas, ya que prefieren considerarse únicos e inclasificables, poniendo en práctica lo que se ha denominado “el elogio de lo inclasificable” que “no remite a una norma, un ideal de la acción correcta, sino al intento por explorar las apropiaciones reales” (Algranti y Setton, 2021:20). Si bien pueden circular significantes comunes entre la Nueva Era y los circuitos de practicantes esotéricos, existen diferencias entre ambos.
Se les reconoce como una “espiritualidad del self” (Heelas, 1996) o espiritualidad autonomista en las que la divinidad, lo trascendente o lo sagrado, se experimentan principalmente mediante técnicas de introspección basadas en una conciencia del “yo-aquí-ahora” y no tanto en la obediencia a una doctrina institucionalizada. Antes bien, son espiritualidades que se puede practicar al margen de las instituciones o iglesias, aunque también pueden operar de forma transversal dentro de las religiones tradicionales, generando una suerte de creyentes “a su manera”. No es un movimiento paralelo a las instituciones o tradiciones religiosas, sino dinámicamente transversal, capaz de permear desde fuera y transformar los sentidos de las instituciones.
No obstante, el carácter individualista de estas espiritualidades está mediado por procesos sociales. Existen escuelas de aprendizaje en torno a gurús o maestros (como son los ashrams, retomados de la tradición hindú, o los calpullis, recreados a partir de la herencia azteca e incorporados a los movimientos mexicanistas). Las espiritualidades también se aprenden en talleres o mediante libros de autoayuda y desarrollo personal. Están mediadas por el mercado y por las industrias culturales. Por ello se dice que la espiritualidad individual se va generando de manera libre y no obligatoria mediante un sistema de consumo selectivo e individualizado que Champion denominó “religiosidad a la carta” (Champion, 1995). Esto no significa que no existan comunidades (algunas más sólidas con procesos de iniciación y afiliación, y otras más efímeras basadas en vínculos emocionales intensos, generados a través de rituales).
La sensibilidad de la Nueva Era es una matriz de significados holistas que permite generar nuevos discursos y técnicas de experimentación espiritual, orientadas a la ampliación de la conciencia. Esta matriz es capaz de permear religiones como el cristianismo, el judaísmo o incluso el islam, generando nuevas tendencias al interior de las tradiciones. Promueve la creencia de que el individuo forma parte de la totalidad (Dios, amor, espíritu, bondad, paz, energía cósmica), y que ese todo está, a su vez, contenido en cada partícula de del ser. Su crecimiento se ha difundido mediane una cultura del consumo alternativa al mercado convencional: más ligera, saludable, ecológica y natural, que va acompañada de una forma distinta de vivir, viajar, comer, e incluso de orientar la actividad profesional hacia la provisión de servicios relacionados con el bienestar psico-corporal-espiritual. Un ingrediente milenarista de esta espiritualidad es la propuesta de que el perfeccionamiento individual contribuye al equilibrio de las energías positivas planetarias, reestableciendo una relación armónica entre los seres humanos, la naturaleza y el universo: el alcance de la utopía Nueva Era.
También es posible identificar la presencia de una matriz mágica-milagrosa que permea al neoesoterismo. Aunque es frecuente que en el mercado esotérico circulen imágenes de Buda, o servicios de origen oriental como el reiki, las matrices de sentido que las resemantiza pueden estar más relacionadas con la magia o la parapsicología. Esta matriz se articula con la cosmología popular (Semán, 2021) que no promueve un cambio de vida y de consumo, sino la resolución de problemas mediante artefactos e intervenciones rituales que ofrecen protección o poderes sobrenaturales. La oferta de un efecto mágico (que transforme el estado de las cosas) e instantáneo se gesta en el mercado de bienes y servicios populares en el cual, elementos de la Nueva Era, se hibridan con tradiciones que provienen del mundo campesino e indígena como la medicina natural basada en el conocimiento ancestral de las hierbas, las escuelas de alta magia, tradiciones religiosas como la santería, y algunos elementos tomados de los bienes y servicios propiamente de la Nueva Era (De la Torre, 2006).

Su estudio ha presentado complejos replanteamientos sobre cómo estudiar lo religioso, especialmente al confrontarlo con las espiritualidades. Por un lado, descarta el sostenimiento de fronteras de identidad entre los distintos movimientos ya que las trayectorias de cambio y recomposición son muy dinámicas y su ímpetu de búsqueda y renovación pone en marcha un sincretismo en movimiento (Amaral, 1999) que redibuja las diferencias y dificulta la demarcación de tipologías (Camurça, 2016). Por ejemplo, existen diferencias profundas en las prácticas de tipo esotéricas (con un sentido mágico de los objetos que se adquieren con poderes sobrenaturales) respecto a las experiencias conocidas como espiritualidades de la Nueva Era (basadas en la provocación de un cambio de conciencia que conlleve a un cambio planetario y promueva una forma de vida alternativa) (De la Torre, 2006).
No obstante, existen vasos comunicantes entre estas corrientes, ya que circulan entre ellas significantes comunes. También resulta difícil demarcar las fronteras entre la Nueva Era –introducida en México con una fuerte influencia de las escuelas anglosajonas y sus enfoques orientales– y lo que se ha denominado como movimientos “neo”, como la neomexicanidad o el neopaganismo. Estas tendencias son productos híbridos, surgidos de la búsqueda de rescatar tradiciones ancestrales que emprendieron los buscadores de la espiritualidad de la Nueva Era. Del mismo modo, es difícil colocar taxonomías rígidas para distinguir las corrientes al interior de cada modalidad, porque es en ellas donde se desarrollan nuevas corrientes como los círculos sagrados femeninos, surgidos en el seno de la neomexicanidad. Por ello, en este libro hacemos un esfuerzo por presentar un análisis genealógico que permite recomponer las dinámicas mediante las cuales se arman y se recomponen las agrupaciones, sus liderazgos y sus renovados intereses. Incluimos también una cartografía que no representa un mapa de posicionamientos fijos, pero sí un seguimiento de las alianzas y las rupturas que permite trazar los vínculos, los intercambios y los conflictos que van configurando tramas de sentido en intersección. A fin de sortear esta problemática, podemos hablar en primera instancia de espiritualidades heterodoxas (Ceriani y Wright, 2018) porque cuestionan las ortodoxias de las religiones, de la ciencia y de la sociedad.
Guadalajara fue un lugar al que arribaron, desde el siglo pasado, distintas escuelas esotéricas. Ya en los años sesenta existían cafés y librerías esotéricas donde se leían distintos tipos de mancias. Esta mezcla entre la devoción católica y las ofertas esotéricas, generó inusitados híbridos como los talleres de contacto angelical que tuvieron un boom en la ciudad, en los cuales se articulaba la narrativa de la Nueva Era de los chakras, los seres de luz y los flujos de energía, con el imaginario de los ángeles guardianes y las prácticas mediúmnicas propias del espiritismo.
Aunque en apariencia es una ciudad moderna donde prosperan los malls al estilo norteamericano, en sus mercados tradicionales (como el Corona y el San Juan de Dios) se ha resguardado el saber de la medicina indígena y popular que se mantiene viva en algunos puestos de yerberías. Estos lugares también albergan puestos esotéricos con productos para realizar rituales que van de las limpias a la santería. Asimismo, Guadalajara ha reconvertido los antiguos saberes de los brujos de Tateposco (un antiguo poblado en el municipio de Tlaquepaque) en modernos parapsicólogos capaces de realizar trabajos de alta magia, aun en la radio. La oferta esotérica en los años noventa del siglo XX, llegó a tener un impacto comercial en establecimientos, escuelas y programas radiofónicos, como Radio Fantasmas, el programa que llegó a conquistar el mayor número de radioescuchas.
También arribaron tempranamente las espiritualidades venidas de Oriente. Desde las décadas de los sesenta y setenta se establecieron comunidades de practicantes de yoga, vegetarianismo y meditación. Incluso fue en Guadalajara donde se fundó una comunidad de hare krishnas. También fue aquí donde Días Porta decidió construir un ashram de la Gran Fraternidad Universal, el cual se transformó posteriormente en un kalpulli conocido como Teopantli Kalpulli (se puede escribir también como Kalpulli). [1] Este lugar recibió a los más importantes gurús y hombres de medicina, y fue escenario del inicio de los intercambios rituales que dieron origen al movimiento Camino Rojo, hoy reconocido en el mundo como una escuela iniciática de neochamanismo.

Aunque se considera que Guadalajara exalta la imagen y los valores de una sociedad criolla (de españoles nacidos en México), en años recientes también se ha convertido en un espacio de búsqueda de raíces mexicas. Un ejemplo de ello es el movimiento InKaltonal, que desde hace más de treinta años realiza rituales en antiguos centros ceremoniales (como en Ixtépete, en Zapopan, y en el Cerro de la Reina, en Tonalá); pero también en lugares boscosos en las afueras de la urbe o en parques. A pocos kilómetros se acondicionó un terreno como sede para la realización de rituales de la Danza del Sol en Axixik Ttemazkalpulli. De igual forma, se practican danzas aztecas en plazas públicas (como la Plaza Tapatía y Analco). Además, existen diversos centros ceremoniales donde se “corre el temazcal”, no como un baño de vapor cualquiera, sino como un ritual que permite “contactar con los espíritus” y “conectar con los ancestros”.
ha sido también el espacio donde floreció una importante rama del movimiento de círculos de feminidad sagrada (Valdés, 2017), liderado por abuelas reconocidas en las redes globales neopaganas, como la Abuela Margarita y la Abuela Esperanza, ambas, pioneras en transformar el ritual de temazcal en carpas rojas y en emprender ceremonias vinculadas a los ciclos lunares y menstruales. De forma rizomática, han surgido distintas “colectivas” de sagrado femenino, como Ixchel (Ramírez, 2017); el círculo Dulce Camino del sagrado femenino, liderado por Patricia Ríos en la colonia ecológica Los Guayabos (De la Torre y Gutiérrez Zúñiga, 2020); o la Casa Lahak, fundada por Ana Tere, quien le imprime un sentido psicoterapéutico y organiza anualmente el evento ritual de los 1000 Tambores. La ciudad también alberga nuevas expresiones neopaganas, como la brujería wicca, así como propuestas de espiritualidad islámica y tradiciones meditativas provenientes del sijismo.
Esta realidad pareciera estar oculta. Para verla, es necesario mirar más allá de lo evidente. Por eso, este libro busca visibilizar dicha realidad mediante la recopilación de capítulos que abordan distintos estudios de casos sobre espiritualidades híbridas.

Este libro representa un esfuerzo de compilación de distintos trabajos de investigación cuyo ensamble aporta una visión amplia de lo que significa la oferta espiritual en la ciudad de Guadalajara.
El libro inicia con el capítulo “Guadalajara: sede de espiritualidades heterodoxas”, de Renée de la Torre y Cristina Gutiérrez Zúñiga, en el que las coordinadoras ofrecen un amplio contexto histórico, estableciendo genealogías y profundizando en las constantes alianzas, bifurcaciones, rupturas y refundaciones de los principales movimientos espirituales presentes en la ciudad. Este esfuerzo permite establecer comparaciones y relaciones entre los distintos movimientos y prácticas, situándolos en una línea del tiempo que facilita su comprensión. Otro de los aportes es el reconocimiento de los vectores que articularon las ofertas espirituales locales con redes y circuitos transnacionales. Este capítulo ofrece además una cartografía de la urbe que permite establecer conexiones entre los capítulos que se basan en monografías de movimientos espirituales. A través de este esfuerzo de articulación, se busca mostrar el intenso dinamismo derivado del cruce de agentes, cuyos trayectos generan alianzas e intercambios entre los diferentes proyectos. Esto muestra la existencia de eventos nodales en los cuales confluyen varios movimientos, pero también los eventos claves en los cuales coincidieron distintos líderes o buscadores espirituales en sus trayectorias de formación.
Las siguientes colaboraciones constituyen un capítulo monográfico centrado en un caso específico (movimiento, líder, comunidad, ceremonia) estudiado en la ciudad de Guadalajara. Cada capítulo ofrece una breve historia del movimiento en cuestión, una descripción de su oferta espiritual, de sus seguidores y su impacto tanto en la ciudad como más allá de ella. También se ofrece una caracterización detallada de las creencias, prácticas, organización, funcionamiento y valores que el movimiento representa, en relación con el movimiento o red espiritual más amplia de la cual forma parte.

Gracias a estas distintas piezas que articulan un rompecabezas, podemos apreciar que, más allá de lo evidente, Guadalajara no sólo es una ciudad católica, sino también un importante centro y sede de movimientos, sucesos y proyectos de los cuales se desprenden redes o modalidades espirituales-terapéuticas-chamánicas de distinta índole: oriental, esotérica, Nueva Era, mexicanidad, Native American Church, feminidad sagrada, rescate de danzas tradicionales, líderes nodos de redes espirituales amplias y centros ceremoniales, etcétera, que han influido en buscadores espirituales tanto de México como del extranjero. Manuel Mora describe la oferta esotérica en la ciudad; Monserratt Eufracio se adentra a la bisagra entre catolicismo y espiritismo con su estudio sobre el contacto con ángeles. La oferta oriental en la ciudad incluye el desarrollo de Kundalini con un capítulo de Greta Alvarado; un estudio sobre el desarrollo de distintas escuelas de yoga en la ciudad de Anel Victoria Salas Rodríguez, y sobre la oferta espiritual y cultural del islam se incluye una aportación de Arely Medina. Relacionado con el desarrollo de la mexicanidad Alejandro Mendo aborda el caso del proyecto In Kantonal; Aldo Daniel Arias Yerena estudia el desarrollo de El Camino Rojo, y Rosario Ramírez Morales se adentra a la feminización de la espiritualidad mexicanista con un estudio sobre los círculos de sagrado femenino. Belén C. Hermosillo Jaramillo incluye su aportación sobre la Wicca y su rueda del año.
En conjunto el libro ofrece una dinámica genealogía cuyas tramas verticales nos llevan al encuentro de un origen, pero que se esfuerza mos mostrar las constantes articulaciones generadoras de ramificaciones horizontales y transversales mediante las cuales operan las recomposiciones identitarias y los desplazamientos funcionales de las tradiciones espirituales en la aparente ciudad tradicional y católica de Guadalajara.
[1] Calpulli o kalpulli se refiere a un modelo de organización comunal de los antiguos pobladores de México que es reivindicado por los promotores de la mexicanidad. Los practicantes de la mexicanidad transcriben el sonido inicial de esta palabra náhuatl con “k” no con “c”, que es su versión castellanizada. Lo mismo ocurre con otros vocablos. En este libro respetamos esta versión náhuatl cuando se trata de nombres propios