Tres miradas sobre evangélicos y política (1)

Una metamorfosis que despierta prejuicios y demanda preguntas por Hilario Wynarczyk

En los países de América Latina estamos asistiendo a la emergencia en la arena pública de las iglesias evangélicas, especialmente aquellas que podemos considerar conservadoras en un sentido bíblico, si acaso tomamos en cuenta su hermenéutica. Una hermenéutica basada en la comprensión literalista de las Escrituras, el énfasis en el Antiguo Testamento y algunos conceptos claves como el de “Pueblo de Dios”, en su acepción vétero-testamentaria,  la del actor de una épica  dirigida a conquistar territorios de politeístas que adoran a los astros.

Tal vez este conservadurismo puede ser denominado inclusive con expresiones muy duras, pero que sirven de indicadores sociopolíticos. Expresiones como “conservadurismo antimoderno” porque se opone a la Modernidad, pero sobre todo enfoca su oposición sobre la “ideología de género”,  la cual atenta, según este concepto, contra la familia tradicional cristiana, la libertad de educación de los hijos por parte de los padres y la libertad religiosa y de conciencia.

A su vez el énfasis en el combate contra la ideología de género funciona también como un nexo con movilizaciones de la Iglesia Católica que les abren a las iglesias evangélicas la posibilidad de ocupar un lugar de la escena pública en un sentido ético-político en momentos en que aquella se encuentra golpeada por escándalos de abusos sobre alumnos y seminaristas confiados a la educación y custodia por parte del clero.

En este escenario los dirigentes evangélicos han desarrollado un notable pragmatismo de intercambios: ellos pueden apoyar a ciertas corrientes políticas si éstas les ayudan a cerrarle el camino a la ideología de género. A cambio, las iglesias también pueden colaborar, como en muchos casos ya lo vienen haciendo, en la distribución de recursos básicos para las poblaciones que sufren de miseria y de hambre en los suburbios urbanos, contribuyendo de ese modo a evitar (en lo que sería una función latente) que los recursos puedan ser canalizados en cambio por punteros políticos para llevar a los pobres a marchar contra los gobiernos de donde provienen los recursos.

Foto: Giovanni Reyes – AFP

Pero estas evidencias, si acaso son correctas, no habilitan la construcción de un escenario universal latinoamericano. A partir de los rasgos mencionados sucede, no obstante, que la experiencia evangélica conservadora bíblica es heterogénea. Alcanza un significativo nivel de influencia en Guatemala y Costa Rica, asociada a lo que podríamos denominar técnicamente el neopentecostalismo. Este neopentecostalismo es la versión renovada y más última del pentecostalismo que trasciende las denominaciones evangélicas y en muchos casos reivindica en cambio la teología de la  Nueva Reforma Apostólica. La Nueva Reforma significa que Dios levanta otra vez apóstoles y profetas, luego de que la iglesia durante siglos haya permanecido encerrada desde la era de Constantino que la tornó súbdita y socia del poder del Estado.

Por otra parte, en Brasil la corriente evangélica conservadora alcanza un ostensible nivel de influencia, asociada a lo que podríamos técnicamente denominar un para-evangelismo, o mejor todavía, un para-neopentecostalismo (construyendo para este fin una paráfrasis del término “isopentecostalismo”, del teólogo pentecostal peruano Bernardo Campos). Esto significa decir: iglesias que se parecen a las neopentecostales pero a su vez presentan diferencias significativas en su estructura de organización piramidal, como la de la Iglesia Católica, el énfasis públicamente exacerbado en los milagros, la hibridación con rasgos culturales propios del catolicismo, como por ejemplo la bendición de objetos que pasan a ser vehículos de los dones carismáticos, y el clima de lucha contra espiritualidades que parecerían emanaciones del afro y el indoamericanismo populares.

Las iglesias para-neopentecostales, en lo que constituye un rasgo muy significativo, suelen estar completamente afuera de las federaciones de iglesias evangélicas, hecho que, en contraste con el Brasil, aparece muy nítidamente en la Argentina. Y al mismo tiempo, ellas ponen de manifiesto un gran dinamismo en la gestión de su sistema y la capacidad de movilizar fuertes recursos de capital económico y tecnologías mediáticas. A la par de esas características,  su vinculación con la política es públicamente conocida, por las simpatías con quien no hace mucho tiempo atrás ha sido bautizado en el seno evangélico pentecostal como Jair Messias Bolsonaro, presidente electo del Brasil. Fenómeno que no es completamente nuevo en el Brasil, si tomamos en cuenta la existencia, de una importante bancada evangélica en el Poder Legislativo.

A partir de estas premisas, podemos suponer que los mayores actores de esta tendencia al cumplimiento de un rol en el espacio público, no perciben tal vez que tienden a modificar lo que fue el legado del protestantismo al  intentar separar la iglesia del poder del Estado. Vuelven en cambio hacia una especie de re-sacralización de la sociedad. Ellos sacralizarían tal vez el Estado si alcanzacen posiciones de poder, y abrirían un ciclo histórico de neocostantinismo latinoamericano.

Comprender este fenómeno debe situarnos en una posición de prudencia metodológica. En primer término, porque no podemos trazar con ligereza generalizaciones transnacionales ni juicios de valor definitivos. Los hechos muestran que el fenómeno tiene puntos en común en diversas regiones, eso es cierto, pero también presenta enormes diferencias de acuerdo con los específicos países de los cuales hablamos.

En segundo término debemos hacernos preguntas sobre lo que está sucediendo y sobre lo que podría llegar a suceder en el desarrollo de esta movilización socio-religiosa con alcances políticos, porque se trata de un proceso que en estos momentos está cerca todavía de sus comienzos, y lejos, quizás muy lejos, de poder ser considerado como algo completamente definido.

También cabe preguntarse, en los distintos espacios nacionales, qué ganancias pueden llegar realmente a obtener en cuanto a incidencia pública, o qué desilusiones en cambio, pueden padecer los pastores líderes de estas iglesias, cuando funcionan como ríos que alimentan otras aguas.

Y por último, cabe preguntarnos qué aportes podría llegar a producir esta tendencia, en pro de las institucionalidades republicanas que demandan progreso económico, bienestar de la gente y honestidad en el sector público como el de los negocios privados.

El artículo fue publicado originalmente en ALC, aquí.

Constituye una versión resumida de la exposición de su autor en el Seminario Internacional Evangélicos y Poder en América (Lima, octubre de 2018). En dicho encuentro tuvo lugar el lanzamiento de Evangélicos y Poder en América Latina, libro coordinado  por José Luis Pérez Guadalupe (sociólogo peruano) y Sebastian  Grundeberger (cientista político, alemán), editado por la Konrad Adenauer Stiftung (KAS, Fundación Konrad Adenauer, Oficina Perú). La obra conjuga capítulos escritos por autores de varios países de la región. Siguiendo al extenso capítulo primero, que es una introducción general elaborada por José L. Pérez Guadalupe, el capítulo 2 a cargo de Hilario Wynarczyk, lleva por título “Argentina: ¿Vino nuevo en odres viejos? Evangélicos y Política”.

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Hilario Wynarczyk

Hilario Wynarczyk

Doctor en Sociología por la Universidad Católica Argentina, Máster en Ciencia Política con mención en Teoría y Método por la Universidad Federal de Minas Gerais y Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires.
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