Contra la Cosmofobia y el epistemicidio: La cosmopolítica contracolonial de Nêgo Bispo

Antônio Bispo dos Santos (1959-2023), conocido como Nêgo Bispo, fue mucho más que un líder quilombola. Nacido en Francinópolis y radicado en la comunidad de Saco-Curtume, en el estado de Piauí (Brasil), Bispo emergió como uno de los pensadores más originales y provocadores de las últimas décadas. Su obra, construida desde la oralidad, la lucha por la tierra y la sabiduría ancestral, desafió los cánones académicos al proponer una filosofía contracolonial enraizada en la experiencia concreta del territorio. Para él, el quilombo no era solo un refugio histórico, sino una potente tecnología social de existencia y un modelo de reorganización del tiempo, la economía, lo sagrado y la política. Su pensamiento, expresado en libros como «Colonização, Quilombos: modos e significados» y «A terra dá, a terra quer», así como en innumerables conferencias y entrevistas, no buscaba solo analizar el colonialismo, sino desmontar sus lógicas ontológicas y epistémicas, proponiendo en su lugar lo que llamó una «cosmopolítica» basada en la relación y la reciprocidad. Su legado obliga a repensar desde sus raíces qué es el conocimiento, quién lo produce y qué mundos son posibles más allá del proyecto colonial-moderno.

Contra la reducción epistémica: en defensa de Nêgo Bispo y de la sustantividad del pensamiento contracolonial

por Pamela Carvalho (para Almapreta)

El mundo académico y político atraviesa una encrucijada histórica: frente al colapso de las narrativas dominantes, eurocéntricas, lineales y monoculturales, emergen voces que osan desplazar el centro del discurso. El 21 de enero de 2026, en el Blog da Boitempo, se publicó el texto «Contra Nego Bispo» (ver la traducción al español en este mismo blog), firmado por Douglas Barros, que critica el pensamiento de Antônio Bispo dos Santos, Nêgo Bispo. El autor pretende situarlo como un sujeto que habría abandonado el análisis material del mundo en favor de una «visionarización» mítica o esencialista, un desvío peligroso para la izquierda crítica.

La discrepancia entre lo que Bispo efectivamente construyó como contribución filosófica y política y la forma caricaturesca con que su pensamiento fue retratado no es apenas un malentendido académico. Se trata de una forma de epistemicidio silencioso, la lógica por la cual determinados saberes negros son reinterpretados por lentes eurocéntricas que no dialogan, sino que cooptan y neutralizan. Por eso, es necesario devolver al pensamiento de Nêgo Bispo su densidad, su historicidad y su coherencia consigo mismo.

Esta forma de violencia intelectual, actualizada por el artículo ya citado, no es nueva. Es estructural y funda el propio edificio de Occidente. Como nos enseñó Frantz Fanon, el colonialismo no es solo un régimen de explotación económica; es una arquitectura de mundo que clasifica existencias. Decide quién es humano en plenitud y quién es humano en falta. Decide quién produce saber y quién produce apenas experiencia. Quién piensa y quién siente. Quién teoriza y quién vive.

Lo que está en juego, por tanto, no es solo la reputación de un autor. Es algo mucho mayor: quién tiene el derecho de proponer categorías para pensar el mundo.

Nêgo Bispo no escribió para ser autorizado. Escribió para existir. Y eso, para la modernidad colonial, es un escándalo.

La incomodidad que su pensamiento provoca no es teórica; es ontológica. No pregunta solo «¿qué es el colonialismo?», sino «¿qué tipo de mundo hizo pensable el colonialismo?». Y, más aún: «¿qué mundos intentó tornar impensables?». Responder a un texto que se propone estar «contra» Nêgo Bispo no es, por tanto, un gesto de defensa personal. Es un gesto de defensa cosmopolítica en el sentido más radical del término: una disputa sobre qué mundos caben dentro de la idea de mundo.

¿Quién fue Nêgo Bispo y qué propuso realmente?

Antônio Bispo dos Santos, Nêgo Bispo, no fue un autor en el sentido moderno del término. Fue un acontecimiento, no de forma metafórica, sino metodológica.

El pensamiento de Bispo no nace de un gabinete, sino de un territorio. No nace de la separación entre sujeto y objeto, sino de la convivencia entre gente, río, planta, memoria, rezo, lucha, trabajo y sueño. No escribe desde la distancia; escribe desde la implicación. Y eso, para las epistemologías coloniales, es visto como defecto. Para las epistemologías ancestrales, es condición de verdad. Bispo nace y se forma en el quilombo Saco-Curtume, en Piauí. No se trata de un dato biográfico irrelevante, sino de un dato ontológico. El quilombo, para él, no es solo un lugar; es una forma de mundo. Una tecnología de existencia. Un modo de reorganizar el tiempo, el espacio, el parentesco, la economía, la política y lo sagrado.

En Colonização, Quilombos: modos e significados y en A terra dá, a terra quer, Bispo no está solo describiendo prácticas. Está formulando conceptos. Pero conceptos que no surgen de la abstracción, sino de la vida. Conceptos enraizados. Conceptos con olor a tierra, a hoja, a sudor, a comida compartida. Lo que la crítica no comprende, o se niega a comprender, es que el pensamiento de Bispo no es menos riguroso por no ser cartesiano. Es riguroso de otro modo. Un rigor que no separa pensar y vivir. Un rigor que no se construye contra la experiencia, sino con ella.

Eso es intolerable para una tradición que entiende el pensamiento como aquello que se separa del mundo para observarlo desde arriba.

Bispo piensa desde dentro. Y pensar desde dentro es siempre peligroso para quien construyó el mundo desde fuera.

Contracolonialidad no es fuga. Es confrontación

El texto publicado en el blog de Boitempo acusa a Bispo de abandonar el análisis material para refugiarse en una especie de cosmovisión. Esta crítica solo es posible porque el autor parte de una noción muy específica de lo que es «material».

Para Bispo, lo material no es solo aquello que puede ser medido, cuantificado o representado como mercancía. Lo material es aquello que sostiene la vida. Aquello que la reproduce. Aquello que la hace persistir. Lo material es el suelo, el agua, el cuerpo, el alimento, el tiempo compartido, el cuidado, la memoria. Esta definición es más radical que la definición moderna.

El colonialismo enseñó que el mundo es un stock. Bispo responde: el mundo es una relación.

Su idea de contracolonialidad no es una teoría de la resistencia simbólica, sino una teoría de la reorganización de la vida. No quiere solo derribar el sistema; quiere crear otras formas de estar en el mundo que no dependan de él. Y eso es profundamente material.

El problema es que esta materialidad no cabe en las categorías de la economía política clásica. Exige otro vocabulario. Otro tiempo. Otro modo de prueba. Y es exactamente ahí donde reside la incomodidad.

Cosmofobia: cuando el mundo del otro se convierte en amenaza

Nêgo Bispo nombró algo que la modernidad colonial siempre practicó, pero raramente confesó: la cosmofobia. No se trata del miedo al cosmos en sentido astronómico, sino del miedo a mundos. Miedo a que existan otras formas de organizar la vida, otras ontologías, otras gramáticas de lo real que no pasen por el filtro de Occidente.

El colonialismo siempre fue cosmofóbico. No invadió solo territorios. Invadió regímenes de verdad. No secuestró solo cuerpos; secuestró sentidos. No extrajo solo oro y trabajo; extrajo también narrativas, rebautizándolas como superstición, mito, atraso, irracionalidad. Cosmofobia es el nombre del pánico que la modernidad siente cuando percibe que no es el centro del universo.

El pensamiento de Bispo incomoda porque él no pide autorización para existir dentro de las categorías del colonizador. No quiere «dialogar» en sentido conciliador. Quiere reorganizar el tablero. Cuando habla de mundos, no está haciendo poesía. Está haciendo ontología política.

Nos recuerda que la colonialidad no es solo un sistema de dominación económica, sino una máquina de estrechamiento de lo posible. Produce escasez de mundo. Transforma la pluralidad en excepción. Transforma la diversidad en ruido. El proyecto colonial no es solo dominar. Es normalizar.

Normalizar el tiempo.
Normalizar el cuerpo.
Normalizar el saber.
Normalizar la muerte.
Normalizar la violencia.

La cosmofobia es el motor invisible de esa normalización.

Epistemicidio: el asesinato lento de los modos de saber

La crítica al pensamiento de Bispo repite, sin nombrarlo, un gesto antiguo: el gesto de declarar que ciertos modos de conocimiento no son propiamente conocimiento. Esto tiene nombre: epistemicidio. Esta política es el proceso sistemático de descalificación, silenciamiento y sustitución de saberes que no encajan en los patrones de la ciencia y la filosofía europeas modernas. No mata solo libros; mata lenguas, prácticas, cosmologías, rituales, memorias, formas de enseñar, formas de aprender, formas de narrar el mundo.

Lo que Bispo hace es interrumpir este asesinato lento. No pide que los saberes quilombolas sean «incluidos» en el canon. Rechaza el canon como instancia suprema. No quiere reconocimiento; quiere reciprocidad. Y eso es más radical. Porque la inclusión presupone jerarquía. La reciprocidad presupone equivalencia.

El intelectual y filósofo Antônio Bispo dos Santos (Foto: Reproducción/Joana Mercedes Paini)

 

El texto «Contra Nego Bispo» opera, aunque sea involuntariamente, desde la lógica de la inclusión: evalúa si el pensamiento de Bispo es o no compatible con los criterios de la crítica materialista clásica. Pero Bispo no está intentando ser compatible. Está intentando ser consecuente.

Está diciendo: tal vez el problema no esté en mi pensamiento. Tal vez esté en la estrechez del marco que lo evalúa.

Oralidad, cuerpo y territorio como tecnologías de pensamiento

Una de las trampas más recurrentes de la modernidad es suponer que el pensamiento solo existe cuando se separa de la vida. Que la teoría solo nace cuando se abstrae del cuerpo. Que la razón solo se vuelve legítima cuando se aleja de la experiencia.

Esta es una ficción útil al colonialismo. Porque transforma a los pueblos que piensan con el cuerpo, con el territorio, con la memoria oral, con la ancestralidad en pueblos sin filosofía.

Bispo desmonta esta ficción. Nos muestra que la oralidad no es ausencia de rigor, es otro tipo de rigor. Un rigor que no se basa en la fijación, sino en la circulación. No en la acumulación, sino en el compartir. No en la autoría individual, sino en la co-creación. La oralidad no es inestable; está viva. Y todo lo que está vivo se transforma.

El problema de la modernidad no es que quiera registrar. Es que quiere congelar. Quiere transformar el mundo en archivo. En objeto.

Bispo rechaza esta objetificación de la vida. Piensa con los pies en la tierra. Literalmente. Piensa con los caminos, con las hojas, con los ríos, con los muertos, con los nacidos y con los que aún vendrán. Esto no es misticismo. Es política.

Porque quien controla lo que es considerado pensamiento controla lo que es considerado posible.

El intelectual y filósofo quilombola Antônio Bispo dos Santos (Foto: Reproducción/Alexia Melo/Conaq)

 

El error de la izquierda cuando se vuelve colonial

Tal vez la parte más difícil de este debate sea reconocer que la crítica al pensamiento de Bispo no viene de la derecha. Viene de la izquierda. Y eso exige coraje.

La izquierda, cuando no revisa sus propias herencias coloniales, puede volverse guardiana de un universalismo que solo sirve a algunos. Puede volverse policía del método. Puede confundir rigor con rigidez. Puede confundir materialismo con reduccionismo. Puede olvidar que las categorías con las que piensa el mundo también tienen historia, y esa historia es colonial.

Lo que Bispo desafía no es la crítica al capitalismo. Es la idea de que solo existe una manera legítima de criticar al capitalismo. Nos pregunta: ¿y si la lucha no es solo contra un sistema, sino contra un modo de imaginar? ¿Y si el colonialismo no es solo una estructura, sino una pedagogía del mundo? ¿Y si la revolución no es solo la toma de los medios de producción, sino la devolución de los medios de existencia? Estas preguntas no son evasivas. Son abismales.

El falso dilema entre lo material y lo simbólico

Uno de los equívocos más persistentes de la crítica dirigida al pensamiento de Nêgo Bispo es el intento de encuadrarlo dentro de una oposición que la propia historia del pensamiento crítico ya demostró ser insuficiente: la separación rígida entre lo material y lo simbólico, entre lo económico y lo cosmológico, entre lo político y lo espiritual. Esta dicotomía, heredera directa del racionalismo moderno y de sus escisiones ontológicas, no solo empobrece el análisis sino que también invisibiliza formas de vida y de lucha que jamás se organizaron según esas compartimentaciones.

Cuando Bispo piensa el colonialismo como una experiencia totalizante, no está negando sus dimensiones económicas, sino reconociendo que el capital no opera solo; necesita narrativas, jerarquías de valor, regímenes de sentido, pedagogías del mundo que hagan la explotación aceptable, naturalizada, casi invisible. No existe acumulación sin deshumanización previa, y no existe deshumanización sin una gramática simbólica que la autorice. El colonialismo, en ese sentido, no es solo una estructura de dominación; es una ontología forzada, un modo de decir quién cuenta como vida y quién puede ser descartado.

La crítica que acusa a Bispo de abandonar el análisis material en favor de una «cosmovisión» parte de una concepción extremadamente estrecha de lo que es lo material. Asume, sin problematizar, que lo material es aquello que puede ser convertido en valor de cambio, en mercancía, en fuerza de trabajo. Pero para pueblos que siempre tuvieron sus formas de vida amenazadas por la colonización, lo material no es solo aquello que se compra y se vende; lo material es aquello que sostiene la existencia: el territorio, el agua, la tierra, el tiempo compartido, el cuerpo, la ancestralidad, los ciclos de la naturaleza, las redes de cuidado, las formas de reproducción de la vida que no se dejan traducir integralmente por la lógica del capital.

Al afirmar esto, Bispo no está huyendo de la materialidad; la está profundizando. Está diciendo, en otras palabras, que la lucha contra el colonialismo no puede ser solo una lucha por otra distribución de riquezas dentro del mismo mundo, sino que necesita ser también una lucha por otros mundos posibles, otras ontologías, otras maneras de definir qué es riqueza, qué es valor, qué es vida digna de ser vivida. Esto no es una evasión; es una radicalización.

Universalismo, razón y el problema de la traducción forzada

Otro punto sensible del debate se refiere al universalismo. La crítica a Bispo, al insistir en que estaría abandonando parámetros racionales universales en nombre de una perspectiva localizada, no percibe que el universalismo moderno nunca fue verdaderamente universal. Siempre estuvo situado, aunque se presentara como neutro; siempre fue particular, aunque se proclamara absoluto. Siempre habló desde un lugar específico, europeo, blanco, cristiano, burgués, mientras afirmaba hablar en nombre de toda la humanidad. Este universalismo no es solo una categoría filosófica; es una tecnología de poder.

Al declararse universal, transforma todo lo que escapa a él en particularismo, folclore, exotismo, creencia, cultura —pero no en pensamiento pleno. La crítica a Bispo repite este gesto cuando exige que su pensamiento sea traducido integralmente a categorías que no fueron hechas para acogerlo, y, cuando él resiste a esa traducción, lo acusa de oscurantismo, idealismo o irracionalidad. Pero no toda traducción es neutra. Hay traducciones que son formas de captura.

Bispo rechaza ser traducido en los términos de una racionalidad que siempre necesitó eliminar mundos para afirmarse como única. No rechaza la razón; rechaza la idea de que exista solo una razón legítima. No rechaza la crítica; rechaza el monopolio de la crítica. Este rechazo no es anti-intelectual. Es profundamente filosófico. Nos obliga a preguntar: ¿quién decidió lo que cuenta como argumento? ¿Quién decidió qué es prueba? ¿Quién decidió qué es concepto? ¿Quién decidió qué es filosofía? Estas decisiones nunca fueron neutras. Siempre estuvieron atravesadas por relaciones de poder.

El intelectual quilombola Antônio Bispo dos Santos, Nêgo Bispo (Foto: Alexia Melo/Reproducción)

 

Nêgo Bispo y la filosofía de la vida concreta

El pensamiento de Nêgo Bispo no se organiza como un sistema cerrado. No pretende ofrecer una teoría totalizante del mundo, sino un modo de caminar dentro de él. Su pensamiento no busca dominar lo real, sino escucharlo. No quiere encuadrar la vida; quiere aprender con ella.

Esto lo coloca en una tradición que la modernidad insiste en no reconocer como filosófica: la tradición de aquellos que piensan a partir de la experiencia, de la memoria, de la oralidad, de la relación, de la ancestralidad, de la convivencia con los ciclos de la naturaleza. Esta tradición no se organiza por tratados, sino por narrativas, cantos, rituales, prácticas cotidianas que son, en sí mismas, formas de elaboración conceptual.

Cuando Bispo habla de quilombo, no está hablando solo de un refugio histórico de esclavizados. Está hablando de una tecnología social de reinvención de la vida en contextos de muerte. Está hablando de una inteligencia colectiva que supo reorganizar el tiempo, la economía, la política y lo sagrado para no reproducir integralmente las lógicas del opresor. Eso es filosofía. Pero es una filosofía que no cabe en los moldes clásicos. La insistencia en no reconocerlo como pensamiento pleno revela más sobre los límites de la crítica que sobre los límites de Bispo.

El problema no es Bispo; es el campo

Tal vez sea necesario decirlo de modo directo: el problema no es que Nêgo Bispo sea insuficientemente crítico; es que el campo crítico aún es insuficientemente descolonizado.

Aún opera con una idea muy estrecha de racionalidad. Aún asocia abstracción a profundidad, y arraigo a ingenuidad. Aún sospecha del pensamiento que nace de la vida, pero confía plenamente en aquel que nace de la separación. La incomodidad que Bispo provoca es síntoma de algo mayor: la dificultad que tiene la izquierda para lidiar con formas de pensamiento que no piden autorización para existir.

Pensar no es traducir el mundo: es escucharlo

Lo que el pensamiento de Nêgo Bispo nos convoca a hacer no es solo comprender el colonialismo de otra forma, sino reaprender qué significa pensar. Tal vez sea la dimensión más radical de su obra: no propone solo nuevas respuestas, sino que desplaza las propias preguntas. No pregunta solo «¿cómo superar el colonialismo?», sino «¿qué es lo que el colonialismo nos enseñó a llamar pensamiento?», «¿qué formas de inteligencia fueron silenciadas para que una sola se volviera hegemónica?», «¿qué mundos fueron hechos imposibles para que un solo mundo pudiera afirmarse como universal?».

Estas preguntas no caben dentro de una crítica que se limita a medir el pensamiento del otro por el grado de adherencia a categorías previas. Exigen otra postura: una postura de escucha. Pero no la escucha paternalista, que tolera al otro como diferencia cultural, sino la escucha que acepta ser transformada. Escuchar a Bispo es aceptar que tal vez no somos el centro de nada. Es aceptar que el mundo no necesita ser explicado a partir de nosotros. Es aceptar que la razón moderna no es la medida de todas las cosas, sino solo una entre muchas formas de organizar lo sensible, lo pensable, lo decible.

Esta aceptación es profundamente política, porque toca privilegios epistémicos. Nos obliga a abandonar la cómoda posición de árbitros del pensamiento.

El rechazo de la jerarquía como gesto político

El pensamiento moderno es profundamente jerárquico. Organiza el mundo en escalas: más desarrollado, menos desarrollado; más racional, menos racional; más científico, menos científico; más filosófico, menos filosófico. Esta jerarquía no es un error colateral: es la propia maquinaria del colonialismo. Cuando Bispo rechaza estas escalas, no está relativizando todo; lo está politizando todo.

Está diciendo que no existe neutralidad en la forma como organizamos el conocimiento. Está diciendo que llamar algo «cosmovisión» en lugar de «filosofía» no es inocente. Está diciendo que llamar algo «sabiduría popular» en lugar de «epistemología» no es despretensioso. Está diciendo que estas elecciones de nombre producen efectos materiales, porque organizan quién puede hablar, quién puede enseñar, quién puede decidir.

La crítica que intenta encuadrar a Bispo como un pensador que habría abandonado el análisis material en favor de una especie de espiritualismo ignora que, para pueblos históricamente colonizados, el mundo nunca estuvo dividido en esos compartimentos. Cuerpo, territorio, memoria, espiritualidad, economía y política siempre estuvieron imbricados. La separación moderna es la que es artificial. Lo que Bispo hace es rechazar la artificialidad de esa escisión.

El pensamiento que no quiere dominar

Existe una obsesión moderna por sistemas, por teorías totales, por modelos que explican todo. Esta obsesión no es solo intelectual; es también colonial. Expresa el deseo de control, de predictibilidad, de ordenamiento del mundo según parámetros que puedan ser administrados. El pensamiento de Bispo no quiere controlar el mundo. Quiere convivir con él. Y eso no es debilidad; es ética.

No se organiza como una doctrina, sino como un modo de estar. No como un conjunto de tesis, sino como un conjunto de prácticas. No como un manual, sino como una caminata.

Este tipo de pensamiento es difícil para la academia moderna porque no se deja capturar fácilmente. No cabe en fichajes. No se resume en conceptos estancos. Exige presencia, tiempo, convivencia, escucha. Y todo lo que exige tiempo, presencia y escucha es considerado improductivo por la lógica colonial-capitalista.

Entierro de Nêgo Bispo (3/12/2023) en el Quilombo Saco Curtume, donde estaba radicado. (foto: Fabio Araujo para G1)

 

La incomodidad como índice de verdad

Tal vez debiéramos empezar a leer la incomodidad como un índice de verdad.

El pensamiento de Bispo incomoda porque no se esfuerza por ser digerible. No se adapta a los modos consagrados de validación. No pide permiso. No implora reconocimiento. Existe.

Y eso, para una tradición acostumbrada a decidir quién puede existir como pensamiento, es profundamente perturbador. El texto «Contra Nêgo Bispo» no es solo una crítica a un autor; es un intento de reencajarlo en un marco que él mismo rompió. Es un esfuerzo por domesticar aquello que nació como indomesticable. Pero Bispo no quiere ser domesticado. Nunca cupo en esa caja.

La tarea que nos deja

Lo que está en juego en este debate no es solo el estatuto de un autor. Es el estatuto de mundos enteros. Reducir a Nêgo Bispo a un pensador «mítico», «idealista» o «espiritualista» es un modo de reducir los mundos que él expresa. Es una forma elegante de decir: esto no es pensamiento de verdad. Y nosotros sabemos dónde termina ese gesto. En la exclusión. En el silenciamiento. En el epistemicidio.

El legado de Nêgo Bispo no es una teoría cerrada. Es una tarea. Nos deja la misión de reaprender a pensar sin colonizar.

De reaprender a criticar sin jerarquizar.
De reaprender a teorizar sin borrar.
De reaprender a escuchar sin traducir todo a la fuerza.

Esta tarea es incómoda porque exige que abandonemos la posición de centralidad. Exige que aceptemos que hay pensamientos que no quieren ser absorbidos por nuestro repertorio, sino transformarlo. Defender a Bispo no es estar de acuerdo con todo lo que dijo. Es reconocer que desplazó el suelo.

Y cuando el suelo se desplaza, no se trata de arreglarlo, se trata de aprender a caminar de nuevo.

La versión original de este texto, en portugués, fue publicada en AlmaPreta.

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Pamela Carvalho

Pamela Carvalho

Posee una maestría en Educación por la Universidade Federal do Río de Janeiro. Es gestora cultural, investigadora y activista en los temas de relaciones raciales y de los derechos de las poblaciones de favelas.
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