El Día de Muertos en mi familia: un ritual que compartir

por Cecilia Delgado-Molina (ISOR, Universidad Autónoma de Barcelona).

En estos días la tradición católica celebra la fiesta de Todos Santos y los Fieles Difuntos, que en México está marcada como el Día de Muertos, una tradición que muestra la fusión entre las tradiciones prehispánicas y la colonización evangelizadora que se muestra en los altares especiales que las familias mexicanas ponemos para los miembros de la familia que ya no están con nosotros.

Marca una relación festiva con la muerte, un lazo con nuestros ancestros y una abigarrada mezcla de creencias y prácticas sobre “el más allá”. Dice la tradición que nuestros difuntos vienen a visitarnos estos días y para ello les preparamos y  ofrecemos sus comidas, bebidas y objetos favoritos en el altar, al que llamamos “Ofrenda”. Se trata de una viva tradición mexicana que tiene características locales y sobre la que hay amplios debates para definir “su forma correcta”.

Ofrenda familiar para el Día de Muertos, 2019. Foto: Cecilia Delgado-Molina

 

Se trata de la tradición anual más importante en mi familia paterna y en torno a la que me formé y crecí, que se ha ido transformando en significados a lo largo de mi vida, marcada por mi propia trayectoria etaria y como socióloga de las creencias y la religión.

Desde niña, el Día de Muertos ha girado en torno al altar y al pan. El pan de muerto es un pan típico de esta temporada, que con diferentes recetas se caracteriza particularmente por su forma, adornado por “huesos”. Mi abuelo Moisés fue panadero -entre otros oficios- y el Día de Muertos estuvo marcado siempre por hacer pan en familia. Horneado en un horno clásico de leña, mi recuerdo infantil estaba marcado por muchas tensiones alrededor de este día y una clara división sexual del trabajo: mientras las mujeres permanecíamos al interior de la casa, poniendo el altar, amasando y formando el pan; los varones estaban afuera, en el horno, preparándolo y finalmente horneando. Como niña me era permitido acercarme al horno, pero conforme me fui haciendo mayor se me excluyó de ese espacio y se me enseñó a amasar y poner el altar.

Primera Ofrenda de mi tía Julieta, 2018. Foto: Cecilia Delgado-Molina

 

Cuando formé mi propia familia estaba muy interesada en seguir la tradición y pasarla a mis hijos, representaba no sólo el lazo con mis ancestros sino una práctica que en la vida urbana y citadina constituía una novedad en torno a la cuál fuimos formando una comunidad que incluye a los amigos y amigas que son nuestra familia elegida.

Al apropiarnos de la tradición también la hemos resignificado y se ha convertido en una festividad central en la vida familiar, que a decir de mis hijos es más importante que las fiestas navideñas. Los preparativos empiezan días o semanas antes, hay que comprar los ingredientes del pan y los elementos de la ofrenda que debemos renovar cada año, como las flores de cempasúchil, las calaveras de azúcar, las veladoras y el papel picado. Otros elementos los tenemos ya en casa y se han ido acumulando con los años.  Por ejemplo, los manteles, adornos como catrinas de papel picado, calaveras de barro, canastas y platos para la comida, las fotografías de nuestros difuntos, el incensario para poner el copal o la estructura de madera que mandamos a hacer para montarlo más fácilmente cada año.

Ofrenda familiar para el Día de Muertos 2017. Foto: Cecilia Delgado-Molina.

 

La ofrenda familiar ha cambiado con el tiempo, reflejando los significados que tiene para quienes participamos. Por ejemplo, ahora tenemos unas figuras pintadas como calaveras de los perros de la familia que nos han dejado, porque las mascotas tienen un lugar muy especial en nuestra familia. No puedo negar cómo mi transformación personal y profesional ha influido en cómo montamos la ofrenda, pues me preguntó y abro la discusión sobre el significado de los elementos que incorporamos o no. Por ejemplo, hace unos años eliminamos elementos cristianos/católicos como crucifijos o imágenes de la virgen María que antes sí poníamos, tal y como me lo enseñaron mis abuelos.

Sin embargo, los hemos incluido en las primeras ofrendas de los abuelos pues para ellos eran importantes y significativos. La “primera ofrenda” es cuando en el transcurso del último año ha fallecido alguien de la familia y será el primer año en que estará integrado/a en la ofrenda familiar.  Entonces los preparativos son especialmente importantes pues se trata de hacer la ofrenda para él o ella en lo particular. Tanto el diseño -como la selección de colores o la forma del montaje- como los elementos que incorporamos cambian y se trata de altares más elaborados donde hemos incluido ropa o juegos que les gustaban.

Primera Ofrenda de mis abuelas Carmen y María, 2014.
Foto: Fernando Castro Delgado

 

Con todos los elementos preparados con antelación, un típico 1º de noviembre empieza temprano en casa de mi papá, alrededor de las 7:00 am, con el encendido del horno -que necesita varias horas para calentarse pues casi siempre sólo se utiliza para esta ocasión- y el amasado para el pan. Los amigos y la familia van llegando en el transcurso de la mañana y desayunamos mientras la masa leuda y el horno se va calentando, para después empezar el montaje de la ofrenda. En muchas familias mexicanas el montaje del altar se hace en la semana previa y nosotros tenemos un altar en casa, pero ese día montamos la ofrenda en el jardín de casa de mi padre porque se trata de un trabajo compartido y comunitario en el que participamos todos, pues la inclusión ha sido un tema que cruza a nuestra familia de diversas maneras.

Más tarde, alrededor de las 11:00 – 12:00 del día, dependiendo del clima que nos acompañe ese año, empezamos a engrasar las charolas de pan -que siguen siendo las que usaba mi abuelo hace más de 40 años-, a “bolear” -hacer bolitas de masa para formar el pan- y a acomodarlo en las charolas para que siga “subiendo” -leudando-. Poco después se forman los “huesos”, se decora el pan, se barniza y alrededor de las 14:00h empezamos a hornear.  Con el tiempo han surgido especialistas, quien sabe bolear, quien hace mejor los huesos, etcétera.

Mientras tanto, quienes están encargados del horno deben ir monitoreando con cuidado el proceso pues el secreto está en lograr que masa y horno estén listos al mismo tiempo. Si se calienta demasiado, quemaremos el pan. Si está frío, quedará crudo. La división sexual del trabajo apenas empieza a romperse ahora que mi hijo mayor está aprendiendo a amasar, aunque ninguna mujer participa en el horno. No ha sido muy pensado, soy la única hija mujer y mis hijos varones los únicos nietos que viven en el país, pero estamos decididos a mantener viva la tradición; y mantenerla viva se trata no de mantenerla inamovible sino de adaptarla y adaptarnos a lo que podemos vivir ahora.

Así, aunque quitamos los crucifijos en la ofrenda, sigo marcando una cruz en la masa antes de taparla para dejarla reposar, pues es el gesto que aprendí de mi abuela. Es muy probable que la narrativa de mis propios hijos sobre esta tradición sea distinta, con sus propios significados. El día de muertos en la familia es finalmente un ritual que se renueva y se mantiene al mismo tiempo, en el ciclo de las vidas que han sido atravesadas por el, como ocurre con todos los rituales.

La primera charola que sale del horno es para la ofrenda, es para mi abuelo Moisés y mi abuela María, quienes no sé bien cómo empezaron a celebrar este día pues venían de lugares -geográficos y sociales- muy distintos entre sí; pero a quienes agradezco muchas cosas de mi vida, especialmente la oportunidad de recrear así el hilo de memoria familiar, pues la diversidad religiosa y arreligiosa que hay en la familia hace difícil que compartamos otros rituales.

La vida nos ha llevado a diferentes latitudes y aunque este año la pandemia no nos ha dejado reunirnos, he puesto mi altar en Barcelona, donde vivo ahora, y me hace sentir conectada no sólo a los que ya no están sino a todos los amores en mi vida con los que comparto esta tradición en la que ya nos volveremos a encontrar el año siguiente.

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Cecilia Delgado-Molina

Cecilia Delgado-Molina

Doctora en Ciencias Políticas y Sociales (UNAM). Su trabajo de investigación se centra en los cruces Iglesias/Estado – Creyentes/Ciudadanos, en los procesos de formación de las creencias y las identidades y en los abordajes teóricos y metodológicos para estos objetos de estudio. Actualmente es investigadora postdoctoral asociada en el Grupo de Investigaciones en Sociología de la Religión (ISOR) de la Universidad Autónoma de Barcelona.
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