Tres santuarios del Gauchito Gil en el conurbano (2)

Gauchito Gil y devota

Alejandro Korn: El Gauchito en el conurbano profundo – Por Darío La Vega (UNSAM)

Vamos por la Avenida Hipólito Yrigoyen, una de las arterias principales del sur del conurbano bonaerense, a la altura de donde comienza a desvanecerse la figura de avenida y toma cuerpo la de ruta. Donde las edificaciones se hacen más distanciadas y el paisaje se deja dominar por el cielo abierto, las casas bajas y las arboledas a la vera del camino. Unos carteles nos van avisando que estamos próximos al “Santuario Nacional del Gauchito Gil”. Finalmente, cerca de las 16 hs. y bajo el sol abrasador de enero, llegamos al kilómetro 42 de la Ruta Provincial 210, en la localidad de Alejandro Korn, en el apartado tercer cordón del Gran Buenos Aires, y nos da la bienvenida un arco sobre la calle de entrada con carteles que avisan que hemos llegado al santuario nacional junto con imagenes del Gauchito y banderas rojas a los lados. A paso de hombre y entre la multitud que va llegando, entramos con el auto por las dos calles de tierra que hay hasta el santuario y estacionamos frente a una casa que este día transforma su vereda en un estacionamiento a cargo de una tropilla de trapitos.

Ingreso al predio

El predio, de algo más de media manzana de terreno, tiene en la entrada stands de ventas de artículos relativos a la devoción (imágenes, remeras, velas, llaveros, calcomanías y demás mercancías vinculadas al Gauchito) pero también con artículos gauchescos (cuchillos, cintos, etc.), CDs de música, bisutería y artesanías. Al ingresar se pueden observar cuatro divisiones claras en el terreno del predio: tres edificaciones techadas y una fracción abierta de césped. En esta última se vende comida (asado principalmente) y también hay gente que se resguarda del sol en las sombras que da la arboleda que hace las veces de límite del predio. La primer “nave” techada es una gran carpa blanca, aparentemente permanente, donde están las sillas y mesas para que los asistentes puedan comer. Se continúa en una segunda edificación techada (con paredes a los lados, pero abierta en el frente y en la parte de atrás, y con techo de chapas) que está destinada al baile: en el fondo se erige un escenario (aún sin músicos, pero con los micrófonos preparados) y al lado hay una mesa con una consola de sonido y una notebook con la que pasan la música que los devotos bailan. Durante todo el tiempo pasan chamamé. Las paredes están adornadas con dibujos coloridos tamaño natural de distintos santos y vírgenes. Sobre la pared izquierda, reina el Gauchito, entre la frases «Santuario Nacional» y «del Gauchito Gil». Sobre la pared derecha, con un tamaño algo menor pero todavía natural, el Gauchito comparte honores con San Cayetano, la Virgen de la Medalla Milagrosa, el Sagrado Corazón de Jesús, San Benito y la Virgen de Luján. Al fondo, está la imagen principal del Gauchito Gil, de tamaño natural y en un altar cerrado con vidrio donde los promeseros hacen fila para saludar, pedir y/o agradecer posando su mano sobre el vidrio, o dejando un cigarrillo o una vela sin encender.

Devotos

En la última nave, contigua a la segunda, una construcción cerrada y con techo de chapa, sucede la “dimensión (quizás) más explicitamente religiosa” de la fiesta, por tres razones: las paredes y el techo se encuentran cubiertos por imágenes, ofrendas y exvotos que los creyentes fueron dejando a través del tiempo, además hay una pequeña habitación cerrada donde el «Gaucho Rubén» -el organizador del santuario- atiende a los devotos por consultas y sanaciones, y en la parte posterior se encuentra el “Cuarto de Velas” con altares para el Gauchito Gil y para San La Muerte, donde, claro, se pueden prender velas para ambos santos. Para esto hay destinadas unas bandejas de metal que, una vez colmadas de velas, son reemplazadas por otras nuevas, limpias.

El santuario se encuentra muy bien organizado, con varias personas que, aunque sin identificación clara de su tarea y disimulándose entre los asistentes, custodian cada sector y observan que los devotos guarden las normas. Sobre todo, en los altares.

Altar del Gauchito Gil

Pero hay cuatro características que logré observar que se diferencian de los santuarios de Florencio Varela y Monte Grande visitados este día. En primer lugar, la segmentación espacial de las prácticas: tal como se describió anteriormente, el santuario tiene notoriamente definido el sector de comercialización de mercaderías religiosas y el de alimentos, el sector de mesas, el de baile y el sector “más estrictamente” religioso, mientras que en los otros santuarios la segmentación es más difusa. Otra diferencia observada es que se realizan consultas de ayuda espiritual: hay una extensa fila de devotos que esperan para ser atendidos por el Gaucho Rubén, referente del santuario, y que, más allá de hacerse presente para venerar al Gauchito en su día y para pedir o agradecer por los favores recibidos, también demandan la asistencia del gaucho sanador local.

Fila para atenderse con el Gaucho Rubén

Una tercera observación es la presencia de la política: en varias paredes se puede ver afiches con la foto de Gerónimo Momo Venegas, Secretario General de la UATRE (Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores) y referente nacional del Partido Fe, saludando al Papa Francisco en el Vaticano y también en la página de Facebook del santuario se pueden observar publicaciones agradeciendo el apoyo de Venegas. El político se encuentra en esta fecha haciendo proselitismo en la ciudad de Mercedes, Corrientes, y visitando el santuario principal del Gauchito Gil en esa ciudad, esto podría dar cuenta de la devoción de Venegas por este santo y explicar la relación de éste con el santuario de Alejandro Korn.

Altar a San La Muerte en el cuarto de velas

Para el final dejo la característica diferencial que se me presenta en todo momento y de manera más acentuada: el perfil de los devotos. A diferencia de los otros santuarios visitados, hay mucha menos gente vestida con la tradicional vestimenta del promesero, es decir, ropa de gaucho y predominantemente de color rojo. Apenas arribados al santuario, esta diferencia fue la que se me presenta más claramente: los trapitos que acomodan los autos al llegar, los chicos que están en el césped y bajo la sombra que me piden que les tome una foto, los muchachos que almuerzan en la carpa y beben de una botella plástica cortada, las personas que hacen fila en los altares, las familias sentadas en las mesas, en ninguno se llega a observar una identificación estética con el santo, la gran mayoría viste normalmente. Salvo los devotos que bailan chamamé en la pista, y que comulgaban más con la imagen clásica del promesero del interior vestido de rojo, el resto de los devotos que están presentes responden al estereotipo clásico de las clases populares que habitan el conurbano bonaerense, con una presencia algo mayor de jóvenes varones en grupos que en otros altares.

Devotos a la sombra de la arboleda

Sin embargo, y a pesar de las particularidades señaladas anteriormente, este santuario guarda múltiples semejanzas con los demás visitados en este día y con muchos otros que se extienden a lo largo de gran parte del país: santuarios que constantemente crecen y se adecuan al ascendente numero de devotos que se acercan a demostrar su amor por el Gauchito Gil, a pedirle y a agradecerle, al ritmo de chamamé y envueltos en banderas rojas.

(La primera crónica, por Cecilia Galera sobre el santuario de Florencia Varela, se puede leer aquí)

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Dario La Vega

Dario La Vega

Darío La Vega es estudiante de Antropología Social y Cultural en la Universidad Nacional de San Martín y fotógrafo.
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