Diez años de Francisco -un estratega del Reino

por Diego Mauro y Aníbal Torres (Universidad Nacional de Rosario)

Hace diez años, cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa, la Iglesia Católica atravesaba una honda crisis. A las sospechas de corrupción sobre el Instituto para las Obras de Religión (el IOR, más conocido como el Banco Vaticano) se sumaban las constantes denuncias de casos de abuso sexual en diócesis de diferentes partes del mundo. Si bien sobre este tema en el pontificado de Benedicto XVI se implementó una política de tolerancia cero a la pederastia, la gravedad de los casos y las filtraciones de documentos privados a la prensa profundizaron la crisis y sembraron dudas sobre su capacidad y la de un futuro Papa para ejercer con éxito la autoridad en Roma. Como señaló Giorgio Agamben, la Iglesia que dejaba Benedicto XVI tras su revolucionaria renuncia se parecía cada día más a esa que, para algunos autores en los orígenes del cristianismo, signada por la hipocresía y la corrupción, antecedería a la venida del Anticristo. En efecto, saliendo de las lecturas más lineales, la renuncia del Papa alemán puede comprenderse según la doctrina de Ticonio –un teólogo del siglo IV estudiado por el joven Ratzinger– “como una discessio”, es decir, como “una separación de la Iglesia decora (justa, santa) respecto de la Iglesia fusca (pecadora, negra)”, entendiendo que el misterio del mal no es ajeno a la Iglesia. Por eso, según Agamben, la renuncia de Benedicto XVI “sacó a la luz el misterio escatológico en toda su fuerza disruptiva”, constituyendo así una decisión de “un coraje que hoy adquiere un sentido y un valor ejemplares” (Agamben, 2013: 11, 26 y 30).

Más allá de las diferencias, desde un punto de vista histórico, la profundidad de la crisis recuerda la que vivió el Vaticano, en las décadas finales del siglo XIX, tras el fin de los Estados Pontificios y la muerte de Pío IX. De hecho, cuando León XIII llegó a la cátedra de Pedro en 1878 muchos estaban convencidos del inminente ocaso del papado como institución, vista a lo sumo como una pieza de museo. En esta línea, en Notre-Dame de París Victor Hugo había sentenciado: “esto [la imprenta] matará a aquello [la Catedral]”, traducido en el ambiente del novelista como “el Progreso terminará con la Iglesia”. Lejos de ello, casi un siglo después, en 1923, Carl Schmitt consideraba que la Iglesia Católica, todavía en pie, era el “último y solitario ejemplo de la capacidad medieval para formar figuras representativas” (Schmitt, 2009: 52-53, 67).

En el contexto actual de crisis y agotamiento de la capacidad de representación, no eran pocos los que tanto dentro como fuera de la Iglesia consideraban que Francisco podría hacer poco y nada. Peor aún, dada su avanzada edad –tenía 76 años en 2013– muchos directamente lo vieron como un Papa de transición y se apresuraron a hacer cálculos pensando en el futuro cónclave.

Una década después, contra todos los pronósticos iniciales, Francisco se ha mantenido en la silla de Pedro y ha logrado dar pasos muy importantes para atenuar la crisis institucional y relanzar al catolicismo como una voz de peso en la búsqueda de salidas a los crecientes desafíos sociales, políticos y económicos, expresión de una crisis civilizatoria socio-ambiental inédita para la humanidad. A lo largo de estos años, numerosos dirigentes de movimientos sociales y populares así como políticos de izquierda y centroizquierda de todos los continentes se han hecho eco de sus declaraciones, preocupados por las consecuencias sociales del auge neoliberal iniciado en la década de 1980 y la creciente crisis de gobernabilidad de muchos países. De igual manera, tanto al interior del cristianismo protestante como entre judíos, musulmanes y no creyentes (“personas de buena voluntad”), Francisco se ha convertido en un interlocutor cuya palabra es respetada y valorada. También entre los cristianos ortodoxos del este europeo, aunque recientemente la guerra en Ucrania ha complicado los acercamientos entre Roma y el Patriarcado de Moscú. Por otro lado, los intentos de Francisco por asumir una suerte de tercera posición frente a la guerra, como hiciera Benedicto XV en tiempos de la Gran Guerra, no han dado los resultados esperados. Para Francisco, lejos de la propaganda de los contendientes, el conflicto bélico se enmarca en una “tercera guerra mundial en cuotas”, cuyas causas son profundas y múltiples.

A la luz de estos hechos, en este libro, diferentes especialistas debaten y reflexionan sobre las propuestas teológicas y políticas de Francisco, considerando en perspectiva histórica sus documentos oficiales así como la infinidad de intervenciones y entrevistas que ha brindado a lo largo de los años. En este plano de análisis, el capítulo de Mariano Schuster y Florencia Hidalgo subraya los aportes de Francisco al diálogo ecuménico y analiza su recepción en el Consejo Mundial de Iglesias, la Federación Luterana Mundial, la Comunión Internacional de Iglesias Reformadas y el Consejo Metodista Mundial, entre otras organizaciones denominacionales del mundo evangélico tradicional. Por su parte, Diego Mauro pone el foco en las innovaciones introducidas por el Papa en el plano de la Doctrina Social de la Iglesia e indaga en los postulados de su teología política, así como en la naturaleza de los que define como un catolicismo social 3.0. En esta línea se encuentra también el capítulo de Sabrina Marino y Agustín Podestá centrado en los aportes de la encíclica social Laudato Si’ sobre el cuidado de la Casa Común. Marino y Podestá diseccionan el documento pontificio a la luz de la teología de la creación, que fundamenta el paradigma de la ecología integral, y de lo que presentan como “espiritualidad popular”.

En otro plano, el libro se propone también aportar algunas claves para comprender las razones del “éxito relativo” alcanzado por Francisco. Mirar el vaso medio lleno no supone desconocer la fragilidad de muchos de los procesos puestos en marcha en estos diez años, ni pasar por alto las tensiones que rodean sus posturas puertas adentro de la Iglesia. Tampoco las deudas que, para teólogas como Eloísa Ortiz de Elguea, mantiene Francisco en materia de nuevas sensibilidades, como género y feminismo, uniendo la esperanza por lo que aún falta al reconocimiento por lo ya avanzado.

Aunque puede parecer obvio no está de más recordar que si bien la Iglesia Católica en su dimensión institucional es una estructura centralizada y con un Papa al frente, no por ello deja de albergar grupos y tendencias muy heterogéneas, con visiones teológicas, políticas y filosóficas distintas. A veces, incluso, contrastantes y opuestas, enfrentadas entre sí por la definición de eso que, muchas veces ingenuamente, llamamos “el catolicismo” o “la Iglesia”. De hecho, ya Schmitt había advertido esta situación en las primeras décadas del siglo XX, cuando acuñó la célebre fórmula “una combinación de opuestos” para definir al catolicismo romano (Schmitt, 2009: 52-53).

En virtud de esta realidad sociológica y considerando el punto de partida, resulta sorprendente todo lo que ha logrado Francisco hasta ahora. Sin dudas más de lo esperado incluso por las tendencias reformistas, al menos en el plano social. En este sentido, como hiciera León XIII un siglo y medio antes, en apenas diez años Francisco ha sentado las bases de un proyecto pastoral y político renovado, de escala planetaria, orientado a dar respuestas teológicas y políticas a algunos de los enormes desafíos sociales del mundo contemporáneo y, muy especialmente, a los del otrora llamado Tercer Mundo donde habitan el grueso de los “pobres” por los que Francisco pide hacer una “opción preferencial”. Tal proyecto, claro está, no esconde que, ante todo, su vocación es, desde el punto de vista de la Iglesia, (re)evangelizadora. Como dejó en claro a poco de asumir en su documento programático Evangelii Gaudium de 2013: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG 27).

En este aspecto, desde el punto de vista de Ignacio Martínez y Diego Mauro, unas de las claves de su éxito, radica en el modo en que Francisco apostó por ejercer su gobierno e introducir los cambios. A diferencia de lo que suele señalarse, el modelo de cambio implementado por Bergoglio no fue el del Concilio Vaticano II, montado sobre la idea de reforma y aggiornamento, sino, más bien, el de León XIII un siglo antes, basado en la idea de continuidad y actualización. En sus discursos, como subraya la teóloga Emilce Cuda, Francisco se aferra a la idea de continuidad mucho más que a la de reforma y eso, qué duda cabe, ha sido un gran acierto político y eclesiológico. De esta manera, no solo ha evitado apelar a un concepto como el de reforma, demasiado cargado en el mundo católico tras los conflictos que jalonaron la vida de la Iglesia en las décadas de 1960, 1970 y 1980, sino que, además, ha entorpecido la coordinación y la confluencia de los sectores conservadores y tradicionalistas dentro de la Iglesia al privarlos de un “significante” capaz de aglutinarlos.

Por el contrario, fuera de la Iglesia, su ascendente sobre muchos de los movimientos populares latinoamericanos, a los que gusta llamar “poetas sociales” y “samaritanos colectivos”, así como en sectores de centro izquierda en Europa y Estados Unidos responde, al revés, a la contundencia y claridad de las críticas que Francisco ha realizado sobre los crecientes niveles de desigualdad social y económica, así como sobre los rasgos neocoloniales de muchas de las dimensiones de la globalización actual. En sus propias palabras, una globalización de la “exclusión y la indiferencia”, producto del paradigma tecnocrático hegemónico y la “cultura del descarte”, como recuerda Daniel García Delga- do en su reflexión sobre la “transformación inesperada” liderada por el Papa. Una transformación que define como una alternativa solidaria, multipolar y poliédrica frente al proyecto mezquino, reductivo y uniformizante de los poderosos de las finanzas y de las armas. Y esto, a su vez, desde una concepción “neo-neoescolástica”, que retoma y trasciende los planteos de la Escuela de Salamanca, para pensar en el siglo XXI relaciones de justicia, paz y fraternidad que garanticen los derechos de los pueblos, en el plano jurídico-político de la comunidad internacional, como señala Jorge Murillo.

Asimismo, como insiste Diego Mauro en su ensayo, la preocupación de Francisco por restituir la potencia utópica de la política abriéndose al futuro como posibilidad, resultan particularmente seductoras para muchos sectores de las izquierdas globales que todavía luchan por digerir las derrotas ideológicas del siglo XX. En sentido contrario, la apuesta de Francisco no deja de preocupar a quienes quisieran mantener al futuro encerrado en el presente continuo y tildan al Papa de izquierdista, comunista, populista o, sobre todo en su tierra natal, peronista. Como todo pensamiento vivo genera amores y odios, aunque él predica con insistencia: “la unidad es superior al conflicto y el todo es superior a la parte”.

Del cielo a la tierra. Ideas y acciones

El papado de Francisco sobresale también por su preocupación por plasmar en términos organizativos y materiales muchas de sus ideas, puesto que como él mismo enfatiza, “la realidad es superior a la idea”. En este sentido, como analiza Marcos Carbonelli se trata de un Papa que “habla el lenguaje de la protesta” no sólo en términos retóricos sino también asociativos y políticos. Sus intervenciones durante los Encuentros Mundiales de los Movimientos Populares, así como, en el caso argentino y latinoamericano, su apoyo a las experiencias de la economía popular y social, dejan en claro su apuesta por una teología política que no se quede solo en el papel y que se lleve adelante bajo la impronta de la teología del pueblo (o de la cultura). Al respecto, el capítulo de José Zanca posibilita precisamente calibrar la singularidad de la reflexión teológica hecha en y desde Argentina. Según Zanca, no cabe ver a los fundadores de tal corriente (básicamente, los miembros de la otrora Comisión Episcopal de Pastoral, COEPAL) como un grupo aislado sino como parte de una corriente regional teológica y política heterogénea pero conectada por preguntas y desafíos comunes. Desde ese lugar es posible afirmar que Francisco se asume como un teólogo del pueblo, en sus propias palabras como “un pastor con olor a oveja”, lugar desde el que propone, entre otras cosas, una transformación de la educación en clave emancipadora y humanista. En ese sentido, según analiza Ana María Cambours de Donini, resulta interesante su impulso a la celebración de un nuevo Pacto Educativo Global. Un proyecto integral que interpela a todos los niveles de los sistemas educativos y en especial a las universidades.

Por último, pero no por ello menos importante, Aníbal Torres se pregunta si no cabe decir algo de Francisco en su condición de hijo espiritual de San Ignacio de Loyola. Según Torres se trata de un aspecto fundamental ya que es posible filiar su pontificado con algunos de los rasgos del carisma de la Compañía de Jesús, en especial el servicio de la fe, la promoción de la justicia, siempre que sea posible, y muy especialmente el discernimiento espiritual, aplicado por Francisco tanto al plano personal como a la praxis salvífica comunitaria-popular.

Un futuro abierto y un Reino para todos y todas

En esta década, Francisco ha logrado avanzar más de lo esperado y aumentar las expectativas de los sectores reformistas de la Iglesia, en clave sinodal. Por eso no pocos lo consideran como el Papa de una nueva primavera eclesial e incluso, como dijera Juan Carlos Scannone, SJ, como un signo de los tiempos en persona, un kairós en sí mismo. Las tensiones internas, claro está, no han dejado de crecer, pero, al menos por ahora, el reconocimiento internacional alcanzado por el Papa y su forma de introducir los cambios le han ayudado a mantener las fuerzas centrífugas bajo control. Un ejemplo más de esta lógica: después de casi diez años de paciente elaboración, la reforma de la Curia Romana no sólo tiene finalmente el documento que marca su reestructuración secular (la Constitución Praedicate Evangelium), sino que ha comenzado a implementarse.

Si bien todavía es muy pronto para evaluar la profundidad y pervivencia de las reformas, queda claro que el Papa jesuita acertó políticamente cuando apostó por mirar más a León XIII que a Juan XXIII. Queda claro también que la contundencia de sus documentos, sobre todo Evangelii Gaudium, Laudato Si’ y Fratelli Tutti, que actualizan el Magisterio Social Pontificio, han servido para establecer nuevos umbrales que no será sencillo desandar en el futuro, al margen de quién lo suceda. Después de León XIII, es cierto, Pío X dio un giro de timón y puso el freno de mano sobre muchas de las iniciativas de su antecesor. Fue el Papa, además, que condenó al modernismo teológico y creó una organización para perseguir a intelectuales católicos que lo profesaban al interior de la Iglesia. Su papado, empero, ya no pudo dejar huella y fue apenas una pausa en el desarrollo de la Iglesia refundada por León XIII y destinada a prosperar. El futuro dirá si además de abrir caminos, la huella que deja Francisco es profunda.

Por lo pronto, partiendo de que “el tiempo es superior al espacio”, y que el Reino de Dios (es decir, el proyecto horizontal y vertical de Jesús de Nazaret) supone para cristianos y cristianas un don y una tarea, al que también están invitados los no creyentes, como subraya Francisco, recordamos con Pedro Casaldáliga:

Nunca te canses de hablar del Reino
nunca te canses de hacer el Reino
nunca te canses de discernir el Reino
nunca te canses de acoger el Reino
nunca te canses de esperar el Reino

Rosario, Argentina, 13 de marzo de 2023. 10º aniversario de la elección de Francisco.

Este texto constituye la introducción al libro «Construir el Reino: Política, historia y teología en el papado de Francisco», compilado por Diego Mauro y Aníbal Torres. Editado por Prohistoria, se puede adquirir aquí

Bibliografía

SCHMITT, Carl (2009). Catolicismo romano y forma política. Buenos Aires: Areté.

AGAMBEN, Giorgio (2013). El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

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Diego Mauro

Diego Mauro

Diego Mauro es Investigador del CONICET y docente de Historia de Argentina II en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario.
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