Artista, hechicero, imaginero: Antonio Alberto Vallejos y los múltiples rostros de San La Muerte

Por Carlos Vivas (Universidad Nacional del Nordeste)

I want to live (Quiero vivir)
I want to give (Quiero dar)
I’ve been a miner (He sido  un minero)
For a heart of gold (Buscando un corazón de oro)
Neil Young

El milagro que afianzó definitivamente a Antonio Vallejos en la devoción y fe al Gauchito Gil, fue la reparación instantánea de una pérdida importante de aceite en su Peugeot 505. El desperfecto del auto ya había sido atendido varias veces y continuamente volvía a fallar, finalmente, el mecánico decidió cambiar la tapa de los cilindros. Un ocho de enero el auto estaba listo y la pareja de Antonio, Flavia, le propuso ir a la fiesta del Gauchito en el predio “El Total Bailable” de San José (Temperley) entonces fue a buscar el vehículo al taller, pero cuando estacionó en su casa y bajó, se encontró con una gran mancha oscura en el piso. En aquellos tiempos, Antonio no creía en el poder de los santos, pero aún frustrado por la dificultad de solucionar el problema, asumiendo el riesgo y con poca confianza, manejó hasta el lugar. Antonio me describe su encuentro con la imagen principal del Gauchito Gil en el santuario:

“…adentro había un Gaucho de un metro noventa más o menos, bueno, se hizo la cola, me tocó a mí, le dije de todo al Gaucho menos lindo, le dije de todo, ignorancia total porque si no era devoto del santo ¿qué culpa tenía el santo no? Ahí aproveché la ocasión y le dije: «si sos tan milagroso, si sos tan milagroso como decís, arreglame el auto». Yo estaba envenenado total, no era devoto del santo, no creía en nadie, más allá de lo que yo hacía, más allá de mi esfuerzo, querías tener algo, tenías que trabajar, quería tener algo y dependía de mí… al volver, el auto seguía perdiendo aceite. Al otro día, a la tarde se me ocurre medir el aceite, no le hacía falta aceite, es creer o reventar.” (Antonio Vallejos, comunicación personal, diciembre, 2023)

Antonio fue policía de la bonaerense y para él, en aquellos tiempos, la devoción a San La Muerte que su madre y su abuela profesaban, sólo era una tradición. Con Flavia empezó a reencontrarse con los santos. Ambos vivían y se conocieron en Buenos Aires, ella es nacida en Goya, Corrientes y su devoción nace con las visitas familiares durante su infancia al Santuario del Gauchito Gil en la ruta 123 de Mercedes. De aquellas celebraciones recuerda a los chicos jugando con el agua que rociaban los bomberos por el calor de la temporada y haber portado un amuleto de plomo de San La Muerte que su padre le había obsequiado para protegerla.

Cuando se retiró de la bonaerense, Antonio se mudó con su familia a Villaguay, en Entre Ríos, para resguardar a sus hijos en edad escolar de la inseguridad de Buenos Aires. En un terreno a la vera de la Ruta Nacional 18 en la Localidad de Paso De La Laguna, construyeron un santuario con imágenes enormes que puede localizarse en Google Maps con el título de “Gauchito Gil-Paso De La Laguna”. Si bien, cuando pasé por ahí, la familia ya se había mudado a una casa en la ciudad de Villaguay, aún pude ver desde afuera, la casa, el santuario abierto con una imagen entronada de San La Muerte, algunas ovejas rodeando a la gran escultura principal del Gauchito realizada en cemento, de más de 10 m. de altura y hacia el fondo, cerca de la vegetación, una Virgen de Itatí y una de San La Muerte. El santuario se originó cuando llegaron al lugar y encontraron una efigie de yeso del Gauchito Gil abandonada cerca de un desagüe, esta pertenecía al dueño de una casa que acaba de venderse porque el hombre había fallecido. Para la imagen construyeron un pequeño altar. Posteriormente, la viuda del dueño del terreno reclamó la figura y se la llevó, finalmente la regresó, relatando una serie de desgracias que ella atribuía al error de alejar la imagen de su lugar original. Antonio me cuenta que llegó a solicitar al intendente que costee la adquisición de una nueva imagen y su traslado desde el santuario principal en Mercedes, pero el presupuesto era insuficiente, entonces, decidió a construirla él mismo. Este fue el inicio de su formación artística, que daría paso a la construcción de las grandes efigies de cemento que aún se ven desde la ruta.

Los Vallejos permutaron una casa que ellos mismos edificaron en Buenos Aires por un campo que tuvieron que desmontar en gran parte para comenzar, nuevamente, la construcción de otro hogar. Cuando su hijo menor comenzaba a cursar la escuela secundaria, decidieron ir a la ciudad para acortar distancias, consiguieron permutar el campo por otra casa, que estaba muy deteriorada y, otra vez, reparar daños, erigir paredes, techar y crear una huerta. Estos movimientos que implican, no sólo, la asimilación de un lugar distante sino la reconstrucción, para los Vallejos están predeterminados en la voluntad de San La Muerte y, por ende, significan la mejor opción.

“El Santo siempre nos tenía con cautela, como que, ya va a llegar y siempre fuimos personas de confiar en lo que el Santo tenía deparado para nosotros y agarrarlo, así como te digo, de la casa terminada, de vuelta en el campo, a la pocilga de vuelta, de volver a empezar…” (Flavia, comunicación personal, julio de 2022)

Si bien el santuario de la Ruta Nacional 18 en un principio fue personal, una forma de agradecimiento, luego se convirtió en un lugar de reunión de devotos en la fiesta del Santo. Actualmente, aquel santuario se convirtió en el altar familiar de su casa en la ciudad. Ubicado en una habitación con dos puertas vidriadas para permitir el ingreso de la luz solar, contiene el altar principal, dispuesto de forma transversal y formada por una tabla larga sostenida con caballetes, en la superficie reposan multitud de imágenes realizadas por Antonio como ofrenda y como instrumento para el ritual. Frente al portal se ubica la imagen principal de tamaño natural tallada en palo santo con sus atributos reales, la corona, el cetro, el trono y una capa dorada, al lado, un soporte para los cetros de San La Muerte que talla Antonio, finalmente en un extremo hay un reclinatorio de iglesia coronado con un sombrero de gaucho de paño negro que guarda una estampita de San La Muerte en su cinta. En el interior, la luz se vuelve dorada cuando toca las tallas de bronce, las campanas-llamadores, las llaves-abrecaminos, las tallas en maderas de tinte ámbar, las monedas, los papeles satinados de las golosinas y los vasos con líquidos tornasolados que se posan entre las ofrendas. Proyectando y estirando las formas, destacando cada hendidura o saliente del detalle, la sombra complementaria del haz sella su concreción material. En el centro de la sala, se dispone una mesita baja y cuadrada que muestra el sello de San La Muerte, un pentagrama, el dibujo de una guadaña esquematizada y el número 13, correspondiente al arcano 13 del tarot de Marsella: La Muerte.

Algo que de repite constantemente en las imágenes de San La Muerte, es la puntualización en las cavidades oculares, muchas veces pintadas de rojo o rellenados con algún objeto de ese color. El Santo parece estar siempre atento, siempre presto a otorgar la dignidad de sujeto a quien lo mire, nunca esquivándolo, así son los ojos del Señor del altar familiar, una forma diamantada de plástico rojo que refleja cada ángulo de la sala en sus facetas, cada una con su luz propia.

Una de las tallas que llaman mi atención está compuesta de dos materiales distintos, claramente diferenciados por la composición simétrica que reserva un lado de la imagen para cada uno. Una mitad representa un esqueleto, tallado en hueso, de color blanco; la otra mitad, representa a un monje con el hábito, tallada en madera de ñandubay campana, más oscura, de una tonalidad similar al del hábito de los franciscanos. Entre las maderas, el palo santo es el elegido por Antonio, ya que, según me contó, era un material utilizado por curanderos y chamanes guaraníes, quienes aprovechaban sus propiedades terapéuticas en sus prácticas curativas, estas propiedades se manifiestan en una fragancia que se intensifica cuando la madera se va secando y en la consistencia homogénea y sólida que favorece la talla.

Esta imagen narra el origen de San La Muerte según el mito que lo describe como un monje que practicaba el chamanismo de los guaraníes y que, por ello, fue encarcelado, finalmente falleció de pie, sostenido por un bastón, luego de una huelga de hambre que lo consumió hasta que los huesos podían notarse bajo la piel. Para Antonio es muy importante sostener esta versión del origen del Santo, ya que existen variaciones similares e incluso otras muy distintas. El monje-curandero es una figura que representa muy bien el estilo de vida que llevan Antonio y Flavia, dedicados a ejercitar el uso de las posibilidades que la naturaleza les brinda en los distintos materiales. Sus reflexiones se manifiestan en las conversaciones que tuvimos, no hay aspecto de sus tallas que no esté asociado a un simbolismo o uso ritual.

El compromiso que Antonio expresa en la práctica artística lo llevó a vincularse con otras personas y compartir conocimientos. De esta manera conoció a Stella Maris, una hechicera de Rosario, que lo contactó luego verlo en un sueño, tallando una vara que la confirmaría en su oficio ligado a la magia. Dialogando con Stella Maris, Antonio y Flavia descubrieron sus capacidades curativas y se iniciaron en la hechicería. Para ellos, todos los materiales provienen de la tierra y comparten la cualidad vital, cuando la madera, el metal o el hueso se convierte en una imagen de San La Muerte, reviven. Es el mismo Santo quién determina la concreción de la imagen, transmitiendo su voluntad en los sueños y las intenciones del artista. Antonio me cuenta que se propone realizar y finalizar un amuleto en un día y lo logra, lo mismo pasa con los detalles más minúsculos que requieren destreza y concentración, estas habilidades son facultadas por el Santo.

En el taller hay una gran mesa profesional de trabajo repleta de herramientas, máquinas, cables y los materiales naturales que se destinarán a la talla, tronquitos y una fuente con huesos largos cortados transversalmente, a los que se ha quitado la médula. Entre los recursos mecánicos que siguen la pauta lógica de transformación de los materiales se solapan imágenes de los santos, veo una estampita del Gauchito pegada en la caja plástica del kit de fresas del minitorno, pienso en la potencia para motorizar acciones y orientar las intenciones del artista que tienen estas imágenes. En una pared hay una tabla con ganchos de donde cuelgan sierras, discos de amoladora y un hacha. El trabajo manual de los Vallejos va desde, la reparación de los techos de su casa, la creación de una huerta y el diseño delicado de los pliegues de una capa o las costillas alientes del torso de un Cristo.

Antonio quería mostrarme la forma en que termina en unas horas una talla. Se sienta en dos sillas plásticas superpuestas con un almohadón, toma un fragmento de madera al que le ha realizado los cortes planos básicos de un Gauchito, acciona el minitorno que cuelga a un lado, se ayuda con una luz dirigida y una lupa montadas a la mesa. En el momento en que el patrón metálico de la fresa desbasta la madera, las partículas se multiplican, reflejando la luz y expandiendo el perfume del Palo Santo para posarse sobre todo lo que hay cerca, aplanándose en una capa fina. Antonio mira con mucho respeto el resultado, con una distancia que engloba la talla, pero intuyo que en esa concentración no solo evalúa lo hecho, también admira la textura, el peso, el aroma y las vibraciones de una obra de San La Muerte, ahí, al lado de su piel.

Otro recurso material de mucha importancia para la elaboración de los amuletos está guardado en varios frascos: casquillos, balas desarmadas y enormes vainas de FAL que parecen puntas de flechas doradas. La mayoría de estos elementos son facilitados por cazadores y conocidos, quizás, con la expectativa de poder contemplar ese cuerpo ahora residual e insignificante transformado en la imagen del Señor. Las balas son un material tradicional en la imaginería de San La Muerte, para Antonio, el sentido de la bala es la urgencia, la rapidez de la solución para cualquier problema. Cuando le pregunto sobre la tradición que habla del poder de las balas que se extraen de los cuerpos de personas asesinadas, me dice que hoy en día es casi imposible hacerse de esos materiales ya que, obviamente, consiste en evidencia de una investigación policial y arriesgarse implicaría incurrir en un delito.

Para los Vallejos el sentido más profundo de las prácticas y rituales de San La Muerte es la sanación y encuentran que muchos aspectos más tradicionales respondían a otro contexto histórico. En el altar puedo ver varios amuletos en bala, nunca pierden totalmente su forma original, el cilindro liso, hecho para sostener fuertemente el vector de su fuerza, se convierte paulatinamente en unas alas plumíferas que rodean el cuerpo esquelético del Señor.

Así como hay balas también hay plata, monedas de peso argentino y dólar estadounidense. En una moneda de cuarto de dólar, el torno de Antonio horadó gran parte de la efigie de Washington y desplazó el águila calva para darle las alas al Santo, en la pieza metálica sobrevive en sobrerrelieve la leyenda “IN GOD WE TRUST”. Las monedas son poderosas y las de dólares aún más, atraen y conservan la energía de las personas, por eso, para Antonio es un excelente material. Así como las monedas que van de mano en mano las llaves también son un elemento metálico común, ambos están relacionados con el valor y tienen la energía potencial de la transición y el intercambio. Los amuletos que Antonio talla en las llaves son “abrecaminos”, cuyo uso es la “apertura”, el despeje de obstáculos para lograr algún propósito, llegar a un destino deseado, etc. La metáfora de la puerta clarifica el sentido ritual del uso de este objeto, pero más allá del sentido retórico, los abrecaminos sirven para abrir “portales”, es decir, atraer seres espirituales que puedan ayudar en un trabajo de magia. Antonio me dice que aquel que no tiene formación o experiencia, corre el riesgo de facilitar el escabullimiento de espíritus dañinos, lo que acentúa la importancia de tener una actitud respetuosa sumada a la voluntad de aprendizaje en las prácticas de la magia.

Carlos Vivas le obsequia a Antonio Alberto Vallejos una de sus obras pictóricas

 

Antonio me dice que no tienen miedo de empezar de cero, la pareja ya lleva tres casas construidas en 16 años, y la casa en donde viven ahora quedará para los hijos. El taller guarda las herramientas con las que la familia construyó su destino desde aquel 8 de enero en que llegaron sanos y salvos después de andar en un auto que chorreaba aceite y podría dejarlos varados y tal vez, endeudados, para visitar al Gauchito y pedirle, en sus términos, una mínima señal de que todo marchaba bien por ese camino. Para Antonio es un orgullo saber que han sobrevivido con sus manos y con las manos del Santo. Para Flavia todo se resume en saber que uno hace lo que siente, lo que le da gusto: “Es muy lindo sentirlo y es muy lindo tener la libertad de llevarse por lo que uno siente. Y yo lo que siento es mi Santo que me guía, mi Santo lo quiere así.” (Comunicación personal, julio de 2022). En la luz dorada del sol que toca las imágenes se ven los ojos abiertos de Antonio cuando muestra su trabajo, escarbando en el palo santo para encontrar su corazón, buscando en las hendijas del mundo, como dice Neil Young, como un minero que busca un corazón de oro.

“…el Santo me dio la bendición de hacer esta talla, mañana voy a hacer otra, si me sigue dando la bendición, mañana hago otra.” (Antonio Vallejos, comunicación personal, julio de 2022)

San La Muerte por Antonio Alberto Vallejos

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Carlos Vivas

Carlos Vivas

Nací en la ciudad de Corrientes en el año 1987, soy licenciado en artes visuales (UNL) y docente. Como artista visual formé parte del espacio de arte contemporáneo Yaguá Rincón en el año 2008, en 2011 formamos el “Colectivo Cultural Po”, a partir de 2015 publicamos historietas e ilustraciones en la revista de historieta regional independiente “Apogeo” de Nube Ediciones, expuse en muestras colectivas de Corrientes, Resistencia y Capital Federal. En el ámbito académico realicé una pasantía de investigación en el IIGHI (UNNE-CONICET) sobre la producción objetual destinada a los rituales de los artistas Antonio Vallejos y Alejandro Pizarro. Como parte del NEDIM (Núcleo de Estudios en Investigación de la Imagen) realizamos trabajo de campo, participando de Celebraciones de la religiosidad popular en Corrientes y Paraguay, bajo la dirección de la dra. Cleopatra Barrios. También formé parte de la organización del Primer Foro de Estudios sobre Diversidad Socio-Religiosos realizado en el marco de esta institución. .
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