40 años de la “Huella del Pajarillo”: de cerros sagrados a tours alienígenas. Una sociogénesis del turismo místico en Capilla del Monte y Valle de Punilla

por Fabián Claudio Flores  (CONICET/ GIEPEC- UNLu)

El 10 de enero de 1986, el valle de Punilla y, en particular, Capilla del Monte -por entonces una pequeña localidad serrana de aproximadamente 6.500 habitantes- amanecieron profundamente convulsionados por los extraños sucesos ocurridos durante la noche anterior y por las consecuencias materiales que estos habrían dejado. A unos 12 kilómetros del casco urbano, en un paraje rural cercano, apareció en la ladera del cerro Pajarillo una marca ovalada de pasto quemado, de alrededor de 110 por 70 metros de superficie.

En los días posteriores, los acontecimientos se precipitaron de manera acelerada y diversos actores comenzaron a ocupar un lugar central en la escena. Por un lado, una abuela y su nieto, quienes afirmaron haber sido testigos directos de luces extrañas, sonidos inusuales y otros fenómenos anómalos durante la noche del episodio; por otro, la propietaria del campo donde se emplaza el cerro, una condesa rosarina vinculada a círculos esotéricos. A ellos se sumaron rápidamente los medios de comunicación -en un primer momento de alcance local, pero con pronta proyección nacional- y el propio Estado municipal, con la intervención directa del intendente Daniel Sez y del entonces secretario de Turismo, Jorge Suárez, quienes el 27 de enero de ese mismo año emitieron un comunicado oficial donde reconocían que la marca respondía al “descenso de una nave extraterrestre”

Sin embargo, este hecho bisagra no debe ser interpretado como una ruptura abrupta, sino como la cristalización de un conjunto de procesos socioespaciales, culturales y simbólicos que se venían desplegando de manera gradual en la región. En ese sentido, el episodio operó como un catalizador que visibilizó y reordenó dinámicas preexistentes, contribuyendo a la consolidación de una esoterósfera en el Punilla Septentrional, estructurada en torno a Capilla del Monte y articulada simbólicamente por el cerro Uritorco, que ocupa en este entramado un lugar de centralidad jerárquica y de máxima densidad significante, y acompañado por otros dos cerros hoy sacralizados: el Colchiquí/Charalqueta y el propio Pajarillo.

Huella del Pajarillo en enero de 1986

 

Es posible remontar estos procesos varios siglos atrás, cuando las comunidades indígenas que habitaban esta región comenzaron a sacralizar cerros y otros accidentes geográficos, dotando al espacio de significados específicos a través de la disposición de objetos, la realización de prácticas rituales y la circulación de leyendas y mitos locales. Durante las primeras décadas del siglo XX, muchas de estas narrativas se expandieron y dieron lugar a la consolidación de imaginarios asociados a la presencia de seres fantásticos en cerros y montes, como brujas, duendes y hadas. A partir de la segunda mitad del siglo, dichos imaginarios se articularon con nuevas narrativas de corte esotérico y energético, entre las que adquirieron centralidad los llamados “ronquidos” del cerro Uritorco, así como un conjunto heterogéneo de mitologías asociadas a nazis, al Santo Grial, al Bastón de Mando y a otros relatos de compleja mixtura, que profundizaron los procesos de sacralización y producción simbólica del paisaje serrano.

La década de 1970 puede entenderse como el preludio de la gestación de dinámicas que, dos décadas más tarde, adquirirían plena visibilidad con la consolidación de la narrativa ovni y la emergencia de la denominada Zona Uritorco (Otamendi, 2008). En esos años comenzaron a intensificarse la circulación de personas, discursos y prácticas asociadas a este universo simbólico, dando lugar a un flujo sostenido de ufólogos de distintas vertientes, junto con gurúes, sanadores y peregrinos espirituales, entre otros actores. Estas movilidades contribuyeron a tejer redes informales de intercambio, a expandir relatos y a inscribir progresivamente a la región en circuitos alternativos de alcance nacional e incluso transnacional, en la fase pos “Huella del Pajarillo”.

Para interpretar estas continuidades resulta pertinente detenerse en dos casos puntuales que permiten iluminar esta fase embrionaria. Por un lado, no puede soslayarse la presencia (y el legado) del emblemático Ángel Cristo Acoglanis; por otro, las expediciones impulsadas por grupos ufológicos, entre las que destaca la denominada “Operación a ERKS”, organizada por el IPEC (Instituto Planificador de Encuentros Cercanos). Ambos casos contribuyeron tempranamente a la producción y circulación de narrativas, prácticas y expectativas que serían centrales en la posterior consolidación del campo esotérico-ufológico y su impacto en el turismo regional.

Ángel Cristo Acoglanis en Los Terrones circa 1984

 

Acoglanis arribó a fines de la década de 1970 a este sector del valle de Punilla portando un bagaje cultural y un conjunto de prácticas eclécticas que articulaban terapias alternativas, orientalismos, espiritismo y teosofía, entre otras corrientes (De Filippi, 2018). Tras la activación de un supuesto portal en el área de Los Terrones (ubicada a unos 14 km de Capilla del Monte y aproximadamente a 18 km del cerro Pajarillo), comenzó a desarrollar sus célebres “ceremonias de contactismo” durante la década de 1980 (Flores, 2020).

Al momento en que el sanador identificó Los Terrones y dio inicio al proceso de sacralización del lugar, el predio era prácticamente desconocido para el turismo y se encontraba bajo la propiedad de un poblador local, Ramón Verón. Para poder acceder al playón septentrional al atardecer -espacio elegido para la realización de las ceremonias nocturnas-, Acoglanis debió negociar con el propietario un permiso de acceso. Dicho acuerdo no se limitó a una autorización informal, sino que se consolidó a partir de una serie de inversiones estratégicas realizadas por Acoglanis en el lugar: la mejora del camino de acceso vehicular, la donación del tractor utilizado para la apertura del sendero y la intermediación de sus contactos políticos para facilitar la llegada de la energía eléctrica a la zona (De Filippi, 2018).

Estas ceremonias se desarrollaban en tres momentos sucesivos. Comenzaba al atardecer en el playón de Los Terrones con una charla introductoria de Acoglanis sobre la cosmología de ERKS (Encuentro de Remanentes Kósmicos Siderales), seguida de un rito de apertura en el que, ya investido como Saruma (su alterego espiritual), entonaba mantras en irdín (el idioma extraterrestre) junto a dos asistentes, invocando a los “Hermanos del Cosmos”. A continuación, se llevaba a cabo el contactismo propiamente dicho, mediante la interacción ritualizada con luces visibles en distintos puntos del valle, interpretadas como manifestaciones de entidades superiores, con las que Saruma establecía un “diálogo simbólico”. La segunda instancia implicaba un desplazamiento vehicular hacia un nuevo playón con vista al valle, el cerro Uritorco y el Pajarillo, donde se retomaban los mantras y la visualización de energías, y, de manera ocasional, se habilitaba la posibilidad de “ver” la ciudad de ERKS (también llamada “La ciudad de la llama azul”). La fase final tenía lugar en las inmediaciones de un algarrobo aislado, desde donde Saruma se internaba en soledad para “contactarse” directamente con las jerarquías espirituales, regresando luego con un mensaje destinado a los participantes. El ritual concluía con cantos colectivos de agradecimiento y debía repetirse durante tres jornadas nocturnas consecutivas con el mismo grupo de asistentes.

Actual cartel de ingreso a la ciudad de Capilla del Monte

 

Lejos de constituir un episodio aislado, estas experiencias anticiparon formas de sacralización del espacio, modalidades de ritualización del paisaje, circuitos de movilidad espiritual y mediaciones materiales que luego se expandirían y adquirirían mayor visibilidad con la consolidación de la narrativa ovni y la turistificación de la región. Su carácter incipiente reside precisamente en haber ensayado, en una escala reducida, dispositivos simbólicos y territoriales que serían retomados, amplificados y resignificados en etapas posteriores, y que hoy se ofrecen como parte de las prácticas turísticas.

El otro caso relevante lo constituyen las incursiones en la región de equipos del Instituto Planificador de Encuentros Cercanos (IPEC), un grupo conformado por jóvenes ufólogos que desarrollaban trabajo de campo en el marco de la denominada “Operación ERKS”. El colectivo estaba liderado por Raúl Somma y contaba con la participación de otros integrantes que habían mantenido vínculos directos con Acoglanis y su cosmología, entre ellos Dante Franch y Alfredo Terrera, quien se desempeñaba como asesor científico de la expedición. Tal como señalaba la prensa de la época, “varios jóvenes argentinos, movidos por el fervor científico, tratarán de hallar vestigios de una mitológica ciudad subterránea -llamada ERKS en viejas crónicas- que estaría ubicada en las proximidades del cerro Uritorco” (Clarín, 14 de diciembre de 1985).

Estas actividades se desarrollaron entre el 7 y el 17 de enero de 1986, en simultáneo con el suceso de la Huella del Pajarillo. La proximidad temporal entre ambas iniciativas no resulta menor, ya que da cuenta de un clima simbólico previamente activado, atravesado por expectativas de contacto, narrativas extraterrestres y prácticas ritualizadas de exploración del territorio. En conjunto, estos procesos contribuyeron a consolidar un marco interpretativo compartido, una red de actores y una gramática que prepararon el terreno para que, a partir de 1986, la región fuera rápidamente leída -y consumida- como un espacio extraordinario. [1]

Promoción del próximo Festival Alienígena 2026

 

Lo que la huella nos dejó

Todo este caldo de cultivo terminó de activarse en los años posteriores a 1986, dando lugar a la gestación de nuevos imaginarios espaciales que se tradujeron en prácticas renovadas y en modalidades alternativas de habitar el lugar. Alejandro Otamendi (2015) ha analizado en profundidad este proceso como la transformación progresiva de una villa serrana en un nuevo centro del turismo ovni-ET, señalando un viraje significativo en las prácticas turísticas. Hasta ese acontecimiento, la oferta local se estructuraba en torno a atractivos paisajísticos característicos de la región, como las sierras aptas para el ascenso, los balnearios sobre las costas de los ríos Calabalumba y Dolores, formaciones rocosas singulares como El Zapato y Los Mogotes y, en un entorno más amplio, el Parque Los Terrones y las cuevas de Ongamira, donde se localizan antiguas canteras de cuarzo y sitios de interés arqueológico (Papalini y Avelín Cesco, 2022). Pero a partir de los años ’90 el cerro Uritorco comenzó a tener un lugar central en los atractivos consumidos por viajeros y turistas que llegan a la zona[2].

La “Huella del Pajarillo” abrió el juego y habilitó la visibilidad de diversas creencias y prácticas que, como hemos enfatizado, se venían gestando desde años anteriores en torno a ciertos atractivos del área. Estas narrativas, vivencias y experiencias consagraron al Uritorco como místico y sagrado, y junto con los nuevos imaginarios espaciales y la institucionalización de la “Huella del Pajarillo” generaron un proceso de sacralización/esoterización de la zona en general y del cerro en particular.

Desde el punto de vista demográfico, Capilla del Monte experimentó un crecimiento sostenido y significativo en las últimas décadas. La localidad pasó de contar con alrededor de 6.000 habitantes hacia 1980 a registrar 7.620 en el censo de 1991, 9.085 en 2001 -tras el impacto simbólico y turístico asociado al episodio del Pajarillo-, 11.181 en 2010 y 12.820 en el censo más reciente. A partir de fines de la década de 1990, una porción relevante de este incremento poblacional respondió a procesos de migración por estilo de vida, protagonizados por sujetos provenientes de grandes centros urbanos. En un primer momento, estos nuevos habitantes en sintonía con las nuevas lógicas culturales tendieron a instalarse de manera semipermanente, para luego consolidar residencias estables, frecuentemente localizadas en áreas periurbanas o en sectores serranos del entorno inmediato.

Negocio de souvenir temático camino al cerrro Uritorco

 

Durante la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI, la localidad experimentó una profunda transformación social, económica y cultural que incidió directamente en la redefinición de su sistema turístico, cada vez más articulado en torno a la narrativa ovni-ET. En este marco, el turismo de la denominada “cuarta ola” se caracteriza porque el viaje se concibe como una aventura hacia lo irreal, en la que el visitante vivencia hechos plausibles, aunque sustentados en eventos ficcionales (Tarlow & Mills, 1998). Más que orientarse a la contemplación, este tipo de turismo privilegia la experimentación -o incluso ser visto experimentando- fenómenos que, bajo condiciones consideradas “normales”, no pueden ser experimentadas (Giop, 2024).

Esta modalidad no permaneció circunscripta al turismo ovni-et exclusivamente, sino que se fue expandiendo y complejizando al incorporar otras heterodoxias turísticas (Flores, 2020). Estas prácticas se articulan con narrativas vinculadas a la energía, lo fantástico, lo indígena resignificado en clave local y la naturaleza sacralizada, configurando un entramado diverso de experiencias, prácticas y emprendimientos que contribuyen a la producción de una espacialidad turística singular y, social e institucionalmente legitimada.

Tour espirituales promocionados por emprendedores locales

 

En la actualidad, estas morfologías tienen un amplio desarrollo en la comarca serrana, y están en manos de múltiples agentes privados, potenciados por el Estado municipal y la Cámara de Comercio capillense. Hay dos museos sobre cuestiones ovni/et (ambos privados) y, también, dos parques temáticos:  Pueblo Encanto (orientado más a temática esotérica/ocultista y resignificación de lo indígena local) y el Paseo de los Marcianos (ligado a la temática ovni-ET exclusivamente). El Festival Alienígena, que se realiza en el mes de febrero con el auspicio del Estado municipal, es uno de los eventos más convocantes del año. En sus dos últimas ediciones reunió alrededor de 25.000 asistentes, con la capacidad hotelera de la ciudad colmada. La programación del festival es amplia y se orienta principalmente -aunque no de manera excluyente- a dos perfiles: por un lado, sujetos profundamente involucrados en la cosmología extraterrestre desde enfoques espirituales y/o ufológicos; por otro, visitantes atraídos por la temática sin una adhesión experta. Estas categorías no deben entenderse como compartimentos estancos, ya que un mismo público puede transitar durante el evento por distintas formas de aproximación al fenómeno intra/extraterrestre que estructura la celebración (Giop, 2024).

Las experiencias de contactismo continúan desarrollándose en la actualidad bajo múltiples modalidades y en diversos escenarios geográficos. Al histórico santuario extraterrestre de Los Terrones que había fundado Acoglanis, se han sumado otros espacios, como Puertas del Cielo, el cerro Alfa y Cuchi Corral, entre otros. Estas prácticas son ofrecidas tanto por canalizadores que se reconocen dentro del linaje del maestro Saruma, como por agencias turísticas que las incorporan bajo la lógica del tour organizado, adaptando el contactismo a formatos turísticos convencionales.

Actividades desarrolladas en la Pirámide del Uritorco

 

Sin lugar a dudas, el atractivo emblemático que se consolidó con mayor fuerza en el período pos Huella del Pajarillo fue el cerro Uritorco. En la actualidad, en torno al complejo donde se emplaza el cerro se despliega una multiplicidad de apropiaciones simbólicas y prácticas materiales. Entre ellas se destacan las actividades de ocio y recreación, especialmente en el área de su base y a lo largo del río Calabalumba (que incluye espacios tradicionales como el balneario La Toma), así como actividades de trekking convencional. No obstante, adquieren particular centralidad los ascensos que incorporan prácticas alternativas complementarias, como meditaciones, canalizaciones y caminatas nocturnas o en noches de luna llena, las cuales suelen requerir la mediación de guías inmersos en el universo cultural de las narrativas dominantes que estructuran el imaginario espacial. La propia página web del complejo lo condensa en palabras: “El Cerro Uritorco no es solo una montaña, es una experiencia viva. Caminatas que despiertan el cuerpo, paisajes que enamoran y una energía única que se siente en el aire. Entre bosques nativos y relatos ancestrales, cada excursión es una puerta hacia lo mágico” (https://cerrouritorcoam.com.ar).

A ello se suma un entramado amplio y heterogéneo de empresas, agencias, comercios y emprendedores que ofrecen productos, servicios y mercancías inscriptos en la gramática simbólica local. Esta oferta incluye un variado repertorio de terapias alternativas (como gemoterapia, ayurveda, cuencos de cristal, cromoterapia, magnetoterapia, reflexología, terapias del canto, activación de chakras, bioterapia, flores de Bach y sanación con ángeles), así como restaurantes vegetarianos, librerías esotéricas y negocios de souvenirs temáticos. Entre estos últimos se destacan productos que resignifican el imaginario extraterrestre en clave lúdica y comercial, como la cerveza Be Erks, ovnis y extraterrestres que cambian de color según el clima o los artículos de la tienda Alien, que incluyen el “champalien”, el “olivalen” y la “yerbalien”. Asimismo, forman parte de este circuito medios de comunicación locales y regionales afines a la temática, prácticas de yoga, tarot, cartomancia y distintos sistemas de adivinación y oráculos, junto con saberes y técnicas como la fotografía Kirlian y la herbología. Este entramado de ofertas y emprendimientos da cuenta de un proceso de mercantilización del imaginario, en el que narrativas, símbolos y creencias vinculadas a lo extraterrestre, lo energético, lo fantástico y lo sagrado son traducidas en bienes, servicios y experiencias consumibles. Lejos de implicar una pérdida de sentido, opera como un mecanismo de estabilización y reproducción de la esoterósfera local, permitiendo que los imaginarios circulen, se actualicen y se adapten a lógicas de mercado. Así, el consumo turístico no solo produce valor económico, sino que también refuerza y legitima la gramática simbólica compartida.

Tour de avistaje en Puertas de cielo. Secretaria de Turismo de Capilla del Monte.

 

En la actualidad, estas realidades no pueden comprenderse como un fenómeno circunscripto exclusivamente a Capilla del Monte, sino como un nodo central desde el cual se irradia un efecto derrame hacia otras localidades del Valle de Punilla. En distintos puntos de la región comienzan a observarse dinámicas similares -aunque de menor intensidad y aún en fases embrionarias- vinculadas a la sacralización de la naturaleza, la activación de narrativas energéticas, el desarrollo de emprendimientos de terapias alternativas y la incorporación de prácticas turísticas heterodoxas. Estos procesos reproducen ciertas regularidades del modelo capillense, como la centralidad del paisaje, la performatividad de la experiencia y la transcripción del imaginario en oferta turística, pero al mismo tiempo incorporan elementos propios que buscan diferenciarse de lo ya instituido, ensayando nuevas combinaciones simbólicas y explorando nichos específicos aún no plenamente explotados. De este modo, el Valle de Punilla se configura como un espacio en disputa y experimentación, donde la expansión de estas modalidades de turismo no opera de manera homogénea, sino a través de apropiaciones locales diferenciadas que tensionan entre la imitación, la resignificación y la búsqueda de singularidad territorial.

A cuarenta años de aquella jornada que modificó de manera decisiva la historia del lugar, resulta pertinente recuperar las palabras de uno de los testigos clave de los acontecimientos de enero de 1986. En 1993, Jorge Suárez, quien para entonces ya había dejado la gestión turística municipal y se había convertido en uno de los ufólogos de referencia local, señalaba:

“Por mi olfato no se me escapaba que manejábamos un detonante tremendo para captar el turismo, y había que reafirmarlo responsablemente… ¿Qué hubiera sido de nosotros si no hubiera aparecido la huella? Creo que Capilla no tendría la pujanza que tiene ahora. Todo lo de hoy se lo debemos a lo de la Huella del Pajarillo”  [3].

Agradezco por algunas fotografías y notas de campo a Marcos Giop (CONICET-UNLu), a quien estoy dirigiendo en su tesis de doctorado.

[1] Para un análisis complementario sobre la construcción de los fenómenos ovni en Argentina, que enmarca casos como el de Capilla del Monte y otros, se puede consultar también el libro Invasores: Historias reales de extraterrestres en Argentina de Alejandro Agostinelli (Sudamericana, 2009) y su blog Factor 302.4.

[2] Este atractivo está bajo propiedad de la familia Anchorena desde 1992 y fue entregado en concesión para su explotación. Varias actividades se desarrollan en todo el complejo (incluido el ascenso) y recibe alrededor de 50.000 visitas al año, según la Secretaría de Turismo capillense. (Flores y Giop, 2024).

[3] Revista Descubrir. (1996). Testimonio de Jorge Suárez extraído de Descubrir (Año 6, nro. 63).

Bibliografía

Clarín. (1985, 14 de diciembre). Buscarán los restos de una ciudad subterránea. Clarín, p. 33.

De Filippi, S. (2018). La ciudad de la llama azul. Luces y sombras sobre el cerro Uritorco. Biblos.

Flores, F. (2020). Prácticas turísticas heterodoxas y lugares sagrados: Experiencias de contactismo en la Zona Uritorco. Geograficando, 16(2), e074.

Flores, F., & Giop, M. (2024). Geografías del turismo ovni/et en la Argentina. Párrafos Geográficos, 23(1).

Giop, M. (2024). Avistajes extraterrestres, rituales y mercancías: El caso del Festival Alienígena en Capilla del Monte (Córdoba). En F. Flores (Ed.), Celebrar lo sagrado: Fiestas, eventos y celebraciones religiosas en la Argentina (pp. 204–217). Colección Espacialidades VII. INIGEO-UNLu.

Otamendi, A. (2008). El turismo místico-esotérico en la zona Uritorco (Córdoba, Argentina): síntesis de una perspectiva etnográfica. Revista Brasileira de Pesquisa em Turismo, 2(2), 20–40.

Otamendi, A. (2015). El viaje interno: Símbolos, narrativas y turismo ovni en creyentes de los extraterrestres de la Argentina (Tesis doctoral, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires).

Papalini, V. & Avelín Cesco, M. (2022). Búsquedas místicas y turismo espiritual en Capilla del Monte. En F. Flores & R. Puglisi (Eds.), Movilidades sagradas: Peregrinaciones, procesiones, turismo y viajes religiosos en la Argentina (pp. 151–164). Prohistoria.

Tarlow, P., & Mills, A. (1998). Turismo extraterrestre y hospitalidad: La cuarta dimensión. Estudios y Perspectivas en Turismo, 7, 258–269.

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Fabian Flores

Fabian Flores

Fabián Claudio Flores es profesor y licenciado en Geografía de la Universidad Nacional de Luján, Magíster en Ciencias Sociales con mención en historia social, Doctor de la Universidad de Luján con orientación en Ciencias Sociales y Humanas y miembro de la Carrera de Investigador del CONICET.
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