La rave del Papa

por María Pilar García Bossio (IICS-Universidad Católica Argentina)

Hace un poco más de una semana la Plaza de Mayo, punto neurálgico de nuestra vida social y política argentina, recibió un evento particularísimo: un sacerdote católico, vestido de negro, con cleriman y auriculares apenas ajustados, pasaba música electrónica mechada con frases del Papa Francisco y reversiones de canciones de Bad Bunny.

El evento fue organizado por la Asociación Miserando, que trabaja con población en situación de calle, y que está compuesta, entre otras personas, por la sobrina del fallecido Papa Francisco. El gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el Arzobispado acompañaron el evento, tanto con logística y difusión como con la participación del Jefe de Gobierno, Jorge Macri, y el Arzobispo, Jorge García Cuerva. El DJ era el padre Guilherme Peixoto, sacerdote portugués y capellán castrense con presencia en Kosovo y Afganistán, quien tuvo su gran reconocimiento en la JMJ de Lisboa en 2023.

Al día siguiente, los medios calculaban alrededor de 120.000 asistentes (con el Gobierno estirándolo a 250 mil), en Instagram se sucedían stories de los más variados usuarios mostrando su experiencia, y en X se debatía si se trataba de un evento de izquierda o de derecha. Mientras tanto, en Jerusalén Milei lloraba en el Muro de los Lamentos.

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El sábado 18 de abril, tras horas de música electrónica, llegué a mi casa y anoté rápidamente tres ideas para la crónica que pensaba escribir (y que como pasa muchas veces, llegó más tarde de lo previsto):

Como Francisco, fue un evento que los recibió a todos, cualquiera fuera el motivo para estar allí.

Como Francisco, va a generar seguramente controversias (por izquierda y por derecha).

Como con Francisco, nos queda la pregunta de cuánta gente de la que fue movida por la curiosidad o el respeto al fallecido pontífice irá mañana, la próxima semana o el próximo mes por primera vez a una iglesia, y cómo estará esta dispuesta a recibirla.

Quizás estas notas, tomadas un poco a las apuradas, sean mi mejor conclusión del evento. La tardanza en escribir se debió un poco a la rutina de una semana que nunca para, y otro tanto porque me costaba terminar de definir la sensación que me produjo el encuentro en una categoría sociológica más acabada que decir que fue singular. No porque haya sido malo: al contrario, fue un encuentro multitudinario y, en varios sentidos, festivo, con una gran transversalidad de clases, grupos de edad, adscripciones a la Iglesia, afinidades políticas o motivos de asistencia. Pero había algo que se sentía un poco fuera de foco.

Releyendo a Durkheim y Weber para dar clases en la semana, me surgieron algunas claves un poco clásicas (pero no por eso pasadas de moda) para leerlo. El encuentro fue una fiesta en un momento en que en Argentina se necesitan motivos para celebrar, sobre todo en el espacio público y de forma gratuita. Desde la asunción de Milei, la plaza ha sido más motivo de protestas que de fiesta, y el uso del espacio público se ha reducido y monetizado. Creo que eso fue uno de los grandes convocantes. Pero a la vez creo que era esto mismo lo que generaba extrañeza: cada persona estaba ahí por un motivo distinto, y eso se notaba en -siguiendo el lenguaje de la fiesta electrónica- las vibras del encuentro.

En mi experiencia, y esto es algo muy personal, algo que (nos) pasa en el cuerpo, no hubo un sentimiento colectivo fuerte. En términos de Durkheim: no sentí que se despertara la conciencia colectiva. Cada grupo lo estaba pasando bien a su manera, por el motivo que había ido. Con la excepción de un breve momento donde se cantó en versión electro Solo le pido a Dios de León Gieco (y quizás un poco en la versión adaptada de Café con ron de Bad Bunny) parecía que cada grupo se emocionaba en partes distintas: cuando bailaban los ravers las señoras de la parroquia miraban un poco asombradas; cuando las señoras comenzaban a sacar fotos (en general cuando aparecía en pantalla el Papa Francisco o alguna imagen de la Virgen María) los bailarines aprovechaban a recargar fuerzas entre cervezas, aguas y otras yerbas.

Llegando a la plaza a eso de las 19 (el evento estaba agendado para las 20 y empezó puntualmente a esa hora), me crucé un poco con esa heterogeneidad. Venía caminando por Perú y parecía que iba más a un concierto que a un encuentro religioso. Los kioscos de camino estaban llenos de personas haciendo fila para comprar cerveza, y la mitad de la gente iba vestida más para un boliche que para un evento con cierto carácter religioso (me crucé entre ellos con jóvenes con anteojos negros y falsos velos de monja). Al llegar a la esquina de la plaza de Bolívar e Hipólito Yrigoyen, junto al puesto de hidratación (uno de los que el Arzobispado tiene para la peregrinación a Luján, ahora reconvertido en centro de atención de fiestas), me encontré con una monja de las Hermanas de la Misericordia, que conozco de una escuela en la que di clases en La Plata. En medio, scouts y militantes de movimientos sociales se mezclaban con familias, gente con casacas de fútbol y remeras de bandas de rock.

En la improvisada pista, esta mezcla generaba situaciones solidarias y de conflicto al mismo tiempo. Dos personas se chocaron al intentar pasar y una de ellas, una chica joven, increpó violentamente a la otra, lo que obligó a sus amigos a alejarla. Un hombre arengaba como en la cancha cerca de unos ravers que lo miraban perplejos. Una señora filmaba cada vez que Francisco salía en pantalla, con su silla plegable cerrada al lado (debía haber tenido la esperanza de sentarse en algún momento), mientras miraba de reojo a ravers en éxtasis musical. Un grupito empezó a cantar contra Milei y otro a recriminarlos, lo que solo frenó porque, quizás providencialmente, el padre Guilherme pasó “una que sepamos todos”. Una señora había perdido a sus amigas y un joven con gafas en la cabeza la ayudaba a poner su ubicación en el celular. Un niño se trepaba a un árbol para ver mejor mientras una familia pasaba con una beba con una remera de Los Redondos. Una pareja de mujeres jóvenes cantaba, abrazada, en un gesto que parecía reconciliarlas con una fe perdida.

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La Plaza estaba preparada desde la mitad hacia el Cabildo, con un gran escenario con pantallas a los lados, dos pantallas más sobre Hipólito Yrigoyen y Rivadavia, y un par de torres con pantallas más cerca de Avenida de Mayo. El sonido se escuchaba muy bien si estabas cerca del escenario y se iba perdiendo a medida que te alejabas (quienes quedaron hacia el final de la plaza escuchaban poco y nada). Un juego espectacular de luces y humo completaba el setting, mientras que en el escenario todo estaba preparado para el padre Guilherme.

El show empezó con unas palabras en inglés que se transmitían en las pantallas y hablaban de la importancia de estar en el momento (y eran una recomendación a dejar los celulares, lo que en general no pasó, en gran medida porque no estoy segura que la gente haya entendido el mensaje). Luego el primero de los videos de Francisco que se intercalarían entre la música: iniciaba reclamando por un mundo más justo sin especulación financiera y volvía a su famosa expresión en el JMJ de Río “Hagan lío”. Allí la gente vitoreó, antes que iniciara la música con el cura DJ en el escenario y un cuerpo de cuatro bailarines (dos hombres y dos mujeres, de blanco y con una especie de alas de tul y luces), que participarían en las canciones que no tuvieran letra.

De allí la música. La setlist fue también una elección interesante: mechaba música electrónica con canciones religiosas (algunas más gregorianas y otras del cancionero católico más moderno) y canciones “profanas” con letras que podrían comprenderse como hablando de algo espiritual: Don’t stop me now de Queen, Knockin’ on Heaven’s Door en la versión de los Guns N’ Roses, Give Peace a Chance, de la banda de John Lennon y Yoko Ono, y una conexión “latinoamericana” con el remix de NUEVAYoL de Bad Bunny, entre otras. Aquí parecía que el padre Guilherme podía separar la obra del artista y el contexto de su producción, reconvirtiendo canciones con otros sentidos, de músicos lejanos al catolicismo, en un mensaje de amor y esperanza.

La música religiosa tuvo algunos temas más o menos conocidos, pero se perdió la oportunidad de tomar alguno de nuestro propio cancionero católico popular y reversionarlo. Sí hizo esto con Café con ron de Bad Bunny, poniendo solo un estribillo que repetía: por la mañana café / por la tarde oración / por la noche Dios. Señoras, ravers y familias cantaban a coro el estribillo sacralizado mientras se movían con la música. En medio, una escena con la música de Super Mario Bros (¿sería porque el Papa se llamaba Jorge Mario?).

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¿Dónde quedaron las voces de autoridad religiosa? Estuvieron presentes en los videos de Francisco, pero también en dos fragmentos de Juan Pablo II y de León XIV, aunque estos dos últimos en latín e inglés. Cerca de finalizar el encuentro, se transmitió un video del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, que sintetizaba el espíritu del evento, como un encuentro con “todos, todos, todos” en memoria del Papa Francisco. El arzobispo retomó allí el reclamo histórico a que el Papa argentino no volvió nunca a su país, pero lo reconvirtió en una presencia constante, más vivo que nunca, si seguimos con su legado (un carisma que busca preservarse). Este video se transmitió con el arzobispo y el DJ en el escenario.

Luego el arzobispo habló en vivo, pero la música no se bajó. Si bien en las transmisiones posteriores se escuchó bastante bien, en el evento fue muy difícil, porque seguía la música. Allí habló por la paz e hizo la bendición, enganchado con Solo le pido a Dios de León Gieco. Siguió la música un tiempo más y luego el padre Guilherme cerró, agradeciendo y presentando a su equipo, antes de tocar un último tema: la versión remix de Ameno, que se había viralizado antes del encuentro.

La salida fue otra experiencia más. Si bien la Plaza estaba llena, a los costados había espacio para bailar y circular con cierta comodidad. Sin embargo, al salir, sobre todo hacia Diagonal sur, el amontonamiento era de esos donde parece que tu cuerpo se separa por un instante del piso (una especie de levitación involuntaria). Esto también permitió ver la masividad de un encuentro que tuvo mucho de espontáneo en su convocatoria.

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¿Qué nos queda entonces de la rave? Como dije al principio, quizás todo este relato pueda resumirse en mis impresiones al volver: fue un evento que resonó en la experiencia de Francisco en Argentina. Convocó a los impensados y a los habituales, y reconstruyó humanidad en un momento complicado de la historia.

No sé si logró cumplir con los objetivos que se imaginaba la Iglesia como institución, pero seguro dejó consecuencias interesantes. En un contexto donde Milei como presidente se encuentra enfrentado a las jerarquías eclesiásticas (no ha recibido personalmente a la Conferencia Episcopal en más de dos años), impulsó algún acercamiento. El día del aniversario de Francisco, aún en Israel, visitó el Santo Sepulcro y envió una salutación que fue respondida protocolarmente por la Conferencia Episcopal.

La imagen de una plaza “no politizada” encantó a los medios (aunque el mensaje era fuerte y claro en los fragmentos de Francisco), y puso a las redes sociales a hablar de la Iglesia Católica en forma positiva, en una tendencia que parece revertir la imagen pública negativa de la última década para el gran público en general.

Los eventos siguientes en la semana siguieron esta tendencia, con un carisma de Francisco que aún se sostiene, y que permitió una visibilidad solo opacada por el rally televisivo del (no) pastor (no) candidato Dante Gebel. Pero esa, sin duda, es otra historia.

(las fotos, excepto la sexta, fueron tomadas por María Pilar García Bossio)

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María Pilar García Bossio

María Pilar García Bossio

María Pilar García Bossio es Doctora en Ciencias Sociales por la UBA. Se desempeña como investigadora en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Ciencias Sociales (IICS) de la UCA y es docente en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad Torcuato Di Tella.
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