
Diario La Razón, 27 de septiembre de 1967
por Mariana Garzón Rogé (Instituto Ravignani-UBA/CONICET)
En el inicio era un grupo de amigos. Jóvenes vecinos de clase media de la capital de Mendoza. Algunos habían sido compañeros de un colegio católico. Estaban, a principios de los años sesenta, en la búsqueda de alternativas vitales para un mundo atravesado por la Guerra Fría, en el cual las divisiones ideológicas tendían a la radicalización de los opuestos, en donde el Estado, la religión, la familia y otras instituciones del orden social hegemónico estaban siendo cuestionadas, vividas como limitantes. Las opciones de la izquierda o el hipismo no les convencían, no se conmovían por el peronismo o el antiperonismo, no buscaban especialmente liberar a la clase trabajadora ni luchar contra el capitalismo. No los identificaba ni la lucha política ni la evasión de cierta contracultura beat. Las etiquetas les parecían “violentas”. Querían “cambiar las cosas”, “hacer algo distinto”, salir del materialismo y de los “dogmas”, conectar con “lo profundo del ser humano”, reconociendo la violencia del mundo, empezando por la que cada uno ejercía en su propia vida. Formaron “una especie de sociedad o círculo”, comentaba un informe policial de los tantos que se elaboraron sobre ellos en esos años, en donde “debatían temas de cultura, de religión, y en los que exponían su manera de sentir y pensar”.[2] Le llamaban internamente “la Cosa”, forma de referirse que aún hoy a veces utilizan algunos de sus participantes.
En 1966, instalado el gobierno militar que encabezaba Juan Carlos Onganía, decidieron asumir un primer nombre: Kronos. Redactaron estatutos para convertirse en una asociación civil y pidieron la personería jurídica con un domicilio en la calle Salta de Mendoza. Eso facilitaría sus actividades, en el marco de las dudas y sospechas recaían sobre cualquier grupo heterodoxo. Recibían a personas de todos los cultos y orientaciones políticas que quisieran “desarrollarse y superarse espiritualmente a sí mismos” y contribuir al “perfeccionamiento moral de la sociedad”, “sin discriminaciones raciales”, reivindicando “la hermandad de todos los hombres”.[3] Se dedicaban al estudio de asuntos científicos y espirituales, en clave holística. Practicaban meditación y técnicas de fortalecimiento físico y de desestabilización de hábitos. Leían lo que llegaba a sus manos (Nietzsche, Gurdjieff, Jung, los sermones del Buda o la Biblia) e iban componiendo con retazos y referencias modos de orientarse existencialmente. Muchos de ellos dicen hoy que “no entendían nada”, pero estaban fascinados por lo que estaban construyendo.

Diario La Razón, 27 de septiembre de 1967
Armaban grupos de estudio, se juntaban a conversar. Pronto comenzaron a realizar campamentos y retiros en diferentes lugares. Pasaban allí dos o tres meses, para luego “dispersarse”: seguir con sus estudios, trabajos, vida social y familiar, pero teniendo en mente la necesidad de sumar a otros. Volvían a encontrarse en otro espacio de convivencia. Los grupos que se armaban eran coordinados por un “epónimo”, alguien “con más experiencia en el camino del despertar”, que orientaba a los “coetáneos”, jóvenes que en su mayoría no superaban los treinta años. Si bien estos actores se reconocían como “pertenecientes a un mismo tiempo”, el clivaje generacional no necesariamente era el pilar de su identificación, ni fue un criterio excluyente para la participación, aunque más tarde inspiró nuevos modos de denominar al grupo (como, a principios de los setenta, Poder Joven) (Manzano, 2017a).
En 1969, Silo, apodo que crearon para el carismático mendocino Mario Rodríguez Cobos, que hasta entonces se había mantenido alejado de todo tipo de protagonismo público, hizo una vistosa y espectacular aparición en un paraje de la Cordillera de Los Andes, bajando de una montaña como un profeta a dar su primera “arenga”, como guía de un movimiento que aún hoy tiene una presencia transnacional y ha sido el centro de la vida de muchas personas.
La historia de esta experiencia colectiva, conocida más adelante como siloísmo, cuenta con antecedentes académicos enfocados en su constitución juvenil contracultural y en su proyección política, así como en las características de sus ideas y las propuestas que impulsó en diversas coyunturas sociopolíticas tanto en Chile como en Argentina (Barr-Melej, 2006, 2007, 2017; Collado, 2017; Manzano, 2017a).[4] Este artículo suma, a través de la reconstrucción de su experiencia más temprana, la del grupo Kronos, una descripción rasante de su compleja factura, entre lo oculto y lo público, tramada al calor de controversias específicas. El grupo vio su emergencia pública afectada por una serie de operaciones de clasificación, sospecha y vigilancia, tanto de regulación estatal como social, pero también resistió a esas afectaciones acrecentando su popularidad al convertirlas en oportunidades para visibilizarse y hacer propaganda. Los desajustes para nombrar y ubicar a Kronos dentro de categorías religiosas, políticas o morales conocidas, fue, más que un misterio a descifrar, un problema gestionado prácticamente en el que intervinieron muchos actores. Este texto también aporta, en tal sentido, a una historia social de la sospecha y de la regulación de experiencias difíciles de clasificar, mostrando cómo, incluso en contextos autoritarios como el de la Revolución Argentina, las fronteras de lo legítimo y lo ilegítimo no estaban establecidas de antemano sino que se movían en la interacción entre actores heterogéneos, con una cuota de incertidumbre.

Diario La Razón, 27 de septiembre de 1967
Las controversias que se desplegaron en los primeros años constituyen un foco de atención específico del artículo. No se trata de mostrar los tironeos por la interpretación o clasificación cognitiva de un fenómeno ya dado. Por el contrario, y parafraseando a Didier Debaise e Isabelle Stengers, el siloísmo se muestra en su condición de realización práctica con otros, a pesar de otros y junto con otros (2023). Por un lado, los propios jóvenes “encantados” alrededor de la propuesta de “los amigos” y sus modos de orientarse existencialmente. Por otro, sus diversos interlocutores: familiares y vecinos, la prensa comercial de la época, la policía y los servicios de inteligencia del gobierno militar de la “Revolución Argentina ”. Así, más que definir un perfil de la agrupación o dar cuenta de una serie de creencias que le serían propias, el registro de su composición móvil cobra mayor importancia. Las huellas de un tejido de iniciativas, versiones, aclaraciones, búsquedas, críticas y ajustes rasantes impulsados situacionalmente son las protagonistas.
Parte significativa de las fuentes utilizadas proviene del fondo documental de la ex Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (en adelante, Fondo DIPPBA), atesorado por la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), que contiene una colección sobre “Kronos y Silo”, compuesta por tres tomos que conservan información secreta y reservada, documentación secuestrada, recortes de prensa, fotografías e informes de inteligencia entre 1967 y 1974 (Axat, 2008; Sampietro, 2013). Además de proveer de una cantidad considerable de materiales de primera mano del grupo, obtenido en requisas y allanamientos, y sobre el grupo, ese acervo permite escrutar la mirada de los agentes policiales. El material permite ubicar al emergente siloísmo en su entorno originario, en un ida y vuelta con las fuerzas policiales y las agencias de inteligencia del Estado, en cruce con los pánicos morales de la época, el hambre de material publicable de la prensa sensacionalista y las presiones regulatorias múltiples que acechaban. Todo ello multiplica las dimensiones descriptibles de esta experiencia asociativa alternativa, al mismo tiempo que contribuye a densificar imágenes sobre la represión y la co-producción estatal y social de dispositivos de vigilancia y control moral.

Diario La Razón, 27 de septiembre de 1967
El primer apartado escruta los registros de dos encuentros (que podrían pensarse, con no pocos problemas, como interrogatorios) entre un joven que había participado de un campamento de Kronos y un comisario de inteligencia de la policía. La compulsa de los informes oficiales es interesante por al menos dos motivos. En primer lugar, porque provee información sobre el siloísmo temprano a través de un testimonio de primera mano de un recién “conectado”, un muchacho de 20 años que participaba desde hacía apenas unos meses. Esa condición permite tantear la experiencia de estos jóvenes y sus familias y la desconexión intergeneracional que habitaban. En segundo lugar, abre una puerta de acceso a una imagen singular de la represión y de la persecución a las juventudes y heterodoxias. Claramente, que el joven estuviera frente al comisario, respondiendo a sus preguntas, no era un acto de libertad, ni es posible asegurar que haya estado carente de tensiones, silencios, cálculos o apuestas. Sin embargo, el material permite palpar un intercambio curioso (y hasta sensible) entre un exponente de aquellos jóvenes crípticos y la policía.
El segundo y el tercer apartado se dedican a reponer una serie de intentos, controversias y oportunidades que se dieron en 1967 y 1968, respectivamente. A partir de los informes secretos de inteligencia, declaraciones públicas de los involucrados, apuestas sensacionalistas que la prensa realizó, se describe cómo muchos asuntos se retroalimentaron para dar qué hablar y hacer hablar, produciendo una plataforma ambivalente de difusión y aumento de la visibilidad de Kronos. El examen de ese conjunto permite mostrar cómo los intentos de “regulación social” y “estatal” de la diversidad, en los términos de Alejandro Frigerio (2024), o lo que podríamos pensar como procesos de marcación o invisibilización de la alteridad eran resultado de un enorme trabajo de actores e iniciativas que iban convergiendo no sólo para estigmatizar, sino también con el efecto de incrementar una popularidad, aumentar tanto prejuicios como curiosidad, gestando y ordenando la atención de la sociedad en torno a su existencia e interés.
Este texto es la introducción a uno mayor, que se puede leer aquí.










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