
por Cristina Gutiérrez Zuñiga (Universidad de Guadalajara, México)
En la elección de la religión como objeto de estudio, ha sido decisiva mi propia experiencia como creyente, miembro de una familia católica, y educada en instituciones católicas; primero en una escuela de la orden de las Mercedarias Misioneras de Bérriz (Vizcaya) y luego en la preparatoria de los jesuitas. Por una parte puedo hablar de que las devociones religiosas y el lenguaje religioso fueron completamente naturales para mí, y los consideraba parte de la identidad de mi ciudad también (Guadalajara, mi ciudad natal ubicada en el Centro Occidente del país, es considerada el “núcleo duro del catolicismo en México”). Sin embargo, probablemente mi interés no proviene de esa naturalización.
Yo estaba muy lejos de pensar que vivía en una familia o una comunidad o un país homogéneo en cuanto a sus creencias y prácticas católicas; por el contrario, desde muy pequeña percibí numerosas grietas en esa homogeneidad, numerosas fronteras, tensiones y aún contradicciones que hacían de la religiosidad una posición particular y beligerante, sostenida contra algo o alguien más. Voy a hablar de tres eventos tempranos que hoy me parecen reveladores no sólo de mi biografía sino de mi propio contexto. Creo ver en ellos esa intensidad tensionada y poliédrica con la que he experimentado la religiosidad desde mi niñez, y que necesariamente me ha movido hacia la reflexión y la interrogación, y que a tratado de convertir en vocación.
La familia de mi padre estuvo involucrada de manera directa en el conflicto armado llamado “Cristiada” que se desató en 1926 y durante tres años, como una reacción católica a la implementación de políticas liberales radicalmente laicizantes del estado revolucionario mexicano. De hecho, cuando años después leí la interpretación de Jean Pierre Bastián acerca de la ruptura del monopolio católico latinoamericano “desde arriba”, es decir, a través de iniciativas desde el estado hacia la sociedad, sentí que estaba describiendo exactamente el contexto de mi región y de la familia Gutiérrez.

Imagen de la Guerra Cristera (o Cristiada)
Cuando niña mi papá nos platicaba cómo la abuela compraba con sus ahorros balas para “los soldados de Cristo Rey” y se las arreglaba, a pesar de los riesgos, para hacerlas llegar a través de contactos clandestinos. También nos contaba cómo su hermano sacerdote, Vicente, estuvo preso por violentar el reglamento que limitaba el número de misas que podía oficiar. Pero sobre todo, nos platicaba de la valentía de su joven hermano Isaac, que a los 19 años se unió a la lucha, con tan mala suerte que fue capturado en menos de 24 horas y “martirizado” por “los federales” (el ejército gubernamental), arrastrándolo con un caballo hasta morir. No sé cuántas veces habré pedido a mi padre que me relatara esas historias, que formaban parte de un código familiar. No con todas las personas podía hablar de esto.
Pronto me dí cuenta también de que en mis libros de texto de historia, no aparecía referencia alguna a esta guerra: la historia oficial borraba de la forma más injusta esas gestas que de alguna manera sentía que definían no sólo a mi familia, sino a la de muchos en la región. Aún hoy, cuando reviso ese texto de Bastián con mis alumnos de la licenciatura en sociología, salen a relucir sus propias historias familiares, la mayoría de cristeros, alguna que otra de federales, que se han transmitido oralmente. Hasta los años 90 del siglo pasado, con las reformas constitucionales y el reconocimiento jurídico de las iglesias, esas narrativas dejaron de ocultarse y salieron a la luz pública como parte de una nueva estrategia de memoria de la iglesia católica como institución “perseguida”; a esa misma estrategia obedece por ejemplo la construcción del Santuario de los Mártires, el templo católico más grande de la ciudad. Más en esa época, siendo niña, observaba asimismo cómo la familia de mi padre participaba en la resistencia cívica y electoral en contra del partido oficial, el “PRI-gobierno”, y de alguna manera conecté esa memoria de catolicismo militante con formas de resistencia política frente al Estado.
Las tensiones no sólo se daban entre el catolicismo y el gobierno. Viví un catolicismo con muchos matices y contrastes, que fueron parte de mis vivencias infantiles durante los años sesenta y setenta. Yo nací en 1963. En esos años se inició el papado de Paulo VI y terminó el Concilio Vaticano II. La iglesia entró en un proceso de transformación radical que a su vez generó múltiples resistencias. Se abrieron nuevos espacios de militancia para los laicos. Mis padres participaban activamente del Movimiento Familiar Cristiano, hacían cursos de espiritualidad conyugal, y conjugaban su paternidad/maternidad con el llamado de una nueva pastoral social que empujaba hacia la acción no sólo caritativa sino también por la promoción social de “los más desfavorecidos”. Especialmente mi mamá, que también participaba de la Congregación Mariana, guiada por sacerdotes jesuitas.

Imagen de la Guerra Cristera (o Cristiada)
No todos los amigos de mis padres simpatizaban con estos vientos renovadores. Ellos mismos parecían con frecuencia desconcertados, sobre todo cuando esas opciones de acción social se radicalizaron en movimientos claramente vinculados a la teología de la liberación y mis hermanas mayores comenzaron a militar en ellos, a la vez que se cortaban el pelo y querían usar minifaldas. Recuerdo con claridad cómo un amigo de mi padre llevaba ejemplares de la revista “Réplica” que difundía las ideas del movimiento ultraconservador integrista católico conocido como “Los Tecos”, fundadores de la Universidad Autónoma de Guadalajara. A mi mamá no le gustaban esas revistas, más las toleraba. Hasta que un día, a la par de la radicalización del movimiento de los Tecos y su afiliación al movimiento lefebvrista, apareció en la portada la cara del papa con el titular “Paulo VI es comunista”. En sus páginas interiores se defendía la tesis del “sedevacantismo” y se hacían referencias apocalípticas al Anticristo.
A mí todo eso me parecía muy misterioso, importante e intrigante. Pero lo fue más aún cuando un día, en ausencia de mi papá, mi mamá con sus maneras femeninas, afables y educadas siempre, recibió la visita de este amigo de la familia y le dijo –mirándolo hacia arriba a pesar de su lindos zapatos de tacón– que si volvía a traer una revista más, no le dejaría entrar a casa. Me quedé atónita por la afrenta que esta determinación independiente de mi madre significaba para la autoridad de mi padre. Y más aún cuando esa tarde, la ví quemar las revistas en el jardín. ¿Qué fuerza tenía la convicción religiosa que hacía a una mujer subvertir el orden familiar que normalmente parecía sostenido por esa misma moral católica? ¿no todos eran el mismo tipo de católico? ¿cuántos otros había? ¿estaba en manos de mi madre establecer cuál era una postura católica “verdadera”?

Virgen Zapopan (UAG Media Hub)
Y vaya que había otros tipos de catolicismo. Desde que me acuerdo, vivía en casa una mujer originaria de un pequeño pueblo en el estado vecino de Zacatecas y trabajaba como empleada doméstica. Me gustaba acompañarla mientras ella hacía tortillas en el comal o mientras barría la cocina. Me gustaban sus historias del rancho y los dulces de biznaga del desierto que nos traía como regalo cuando viajaba a ver a sus padres. Era muy devota de la Virgen de Zapopan, efigie que visita todas las parroquias de la ciudad en un circuito llamado jubileo circular, y que se encuentra presente en forma de altares y estampas en numerosos hogares y tienditas de barrio. Incluso en los camiones del transporte público de mi infancia, donde la veía con su corona dorada, sus destellos de pedrería y lentejuelas y rodeada de flores de plástico y foquitos de colores, aunque no fuera navidad.
Yo por mi parte tenía una idea muy distinta de la Virgen María. Su figura para mí seguía los contornos austeros y estilizados de la escultura blanca que presidía la capilla de las Mercedarías de mi colegio, y a la que le llevábamos flores también blancas, mientras las monjas cantaban salmos desde el coro, algunas con marcado ceceo español. Hoy lo pienso y distingo que la figura de la Virgen de Zapopan corresponde a una estética barroca y popular, mientras que la Virgen de la Merced de mi colegio correspondía a una estética moderna, racionalizada y decididamente postconciliar. Incluso, muy a tono con la reducción de lo que se pensaba como “ritualismo” y el renovado espíritu de evangelización cristocéntrica del Vaticano II, no la nombrábamos por su advocación: era simplemente la Virgen María, madre de Jesucristo, un modelo de mujer sencilla y valerosa a la que debíamos imitar, no una figura milagrosa.

Virgen de Zapopan (revista Christus)
El caso es que esta mujer zacatecana pidió permiso a mi mamá de llevarme con ella a ver “la llegada de la Virgen de Zapopan” a nuestra parroquia. No era una costumbre familiar, así que fue de su mano que entré por primera vez en aquel tumulto fervoroso, que entre guirnaldas azules y blancas que adornaban las calles aledañas y la parroquia misma, lanzaba vivas al paso de la efigie, le hacía súplicas y le pedía bendiciones, se mortificaba a través de descalzar sus pies mientras la seguían caminando por el inclemente asfalto, hacía promesas cuyos signos colgaban de sus cuellos, lanzaba cohetes y vivía lo que luego pude nombrar como “efervescencia colectiva”. Mas en medio de aquel furor, se escuchó un ruido metálico atronador: la multitud del atrio se abrió haciendo un hueco, en el que pudimos ver cómo el badajo de la campana de la parroquia, a pleno vuelo para anunciar la presencia de la Generala, había caído sobre una muchacha, matándola instantáneamente. Yo sólo ví los pies de su cuerpo yaciente en el suelo. La sangre la imaginé. Huímos de aquella multitud aterrada. Cuando logramos salir del atrio, ya se habían formulado las interpretaciones del hecho y corría el rumor: fue castigo divino, la chica “se había ido con el novio”, y aún así había osado presentarse ante la Virgen. Su falta no había quedado impune: el rostro de una deidad omnisciente y poderosa se había asomado en aquella festividad tan cercana y tan lejana de mi cotidianeidad.
Mi mamá nunca me volvió a permitir ir al jubileo circular, ni a la popular Romería que se celebra anualmente el 12 de octubre.
Regresé años después, armada con cámara, grabadora y con libreta de trabajo de campo.
Este texto forma parte de uno mayor sobre la trayectoria académica de la autora, que será publicado en el libro «Trayectorias de Cientistas Sociales de la Religión Latinoamericanos», compilado por Carlos Steil, Ari Oro y Alejandro Frigerio para la Asociación Brasilera de Antropología (ABA).










Deja una respuesta