
La transición entre el año 2025 y el actual comenzó en Río de Janeiro con una polémica sobre la legitimidad del financiamiento público a actividades religiosas en el espacio urbano. El gobierno estatal destinó fondos para instalar trece grandes escenarios a lo largo de la ciudad, cada uno dedicado a un género musical. La programación incluyó el samba y, por segundo año consecutivo, un escenario específico para música gospel evangélica en la playa de Leme, en Copacabana.
Frente a esto, el reconocido activista, sacerdote e historiador Ivanir Santos denunció un claro favoritismo hacia la religión evangélica, que opacaba la relevancia histórica de las religiones afro-brasileñas en Copacabana, cuyas prácticas fueron fundamentales para establecer la tradición de acercase al mar durante la noche de fin de año. En respuesta, el gobernador desestimó la crítica de manera despectiva, atribuyéndola a los “prejuicios de esa gente”.
La réplica no se hizo esperar: las críticas a la iniciativa oficial y al tono del gobernador fueron numerosas. A continuación, reproducimos algunas de las voces más relevantes en este debate: un texto conciso del antropólogo Luiz Rufino, que destaca el papel fundacional de los ritos afro en las celebraciones de año nuevo en la playa; la intervención original del babalawo Ivanir que dio origen a la controversia, junto a su respuesta al desaire gubernamental; y una reflexión del cientista político Joanildo Burity sobre el tema.

Imagen: https://www.paulodeoxala.com.br/
Luiz Rufino: Las religiones afro y el festejo de fin de año en la playa
En Río de Janeiro es tradición venerar las aguas el 31 de diciembre. Por lo tanto, la afirmación de que los pueblos de terreiro codificaron el réveillon (festejo de fin de año) tal como lo conocemos aquí, es precisa. Tata Tancredo Silva, el «papa negro de la umbanda», fue uno de los protagonistas de esta tradición, en la medida en que fue uno de los nombres responsables de capitanear las fuerzas de las macumbas, omolocôs y umbandas en pro de acciones de fortalecimiento y divulgación de la cultura de los terreiros fluminenses.
Es importante destacar que ya había registros en periódicos, crónicas y en las narrativas sobre la ciudad de ritos a la orilla del mar desde las décadas iniciales del siglo XX. Es exactamente en la segunda mitad del siglo XX, en el auge de la popularidad de las umbandas, cuando esta práctica se afianza como una escena común de la ciudad. He conversado con macumberas (os), más mayores, con el fin de recoger narrativas e impresiones sobre las umbandas. Es muy común escuchar historias sobre la popular «macumba de playa» o «Gira del 31 de diciembre» y en el itinerario no estaba solo Copacabana, sino playas hoy no recordadas por la ruta turística como Ramos e Ilha do Governador. Nací y me crié en el suburbio de Río y vi terreiros y sus comunidades organizar idas a la playa en el último día del año para saludar a la reina del mar, Ogum beira-mar, caboclos de pluma y pretas-velhas.
En esta ciudad está el mayor puerto de entrada de personas africanas secuestradas durante siglos de imposición de la esclavitud. En las aguas saladas que cruzan márgenes confluyen ríos africanos, memorias, sabidurías, modos de inventar y defender la vida incluso ante los asombros. Iemanjá se volvió reina de las aguas saladas en la diáspora africana, como un río que atraviesa el mar y confluye con él.
Sobre el culto a las aguas el día 31, siempre pienso en Beatriz do Nascimento y considero que los pueblos de terreiro de aquí se reconocen como Atlánticos. Las aguas son veneradas como invocación de las memorias ancestrales que giran en un tiempo mayor que aquel que se percibe. El tiempo de las giras y giros en el horizonte del mar llama al eterno retorno de las cosas que por aquí pasan. Que las aguas coman, jueguen, beban y nos (Orí)enten. Que por aquí se honren las aguas y se combata todo racismo, oportunismo, disimulación y sadismo de aquellos que solo respetan sus intereses.

Babalawo Ivanir dos Santos: El gospel es musica religiosa, el samba no lo es
La fiesta de Año Nuevo es una creación de “esa gente”, que viste de blanco y venera a los ancestros.
Una breve comprensión de la historia de la formación de la sociedad brasileña permite entender que nosotros, “esa gente” de los terreiros, construimos una de las mayores tradiciones de Brasil.
La República Brasileña criminalizó nuestras prácticas espirituales, cultos ancestrales y de cura. Fuimos perseguidos, criminalizados, y nuestros objetos sagrados fueron confiscados o destruidos.
A principios de la década de 1950, Tatá Tancredo da Silva Pinto, sacerdote del culto de Omolokô, comenzó a promover encuentros y giras en las playas cariocas, como una estrategia de resistencia frente a la persecución y la intolerancia.
De esa resistencia nacieron las tradiciones de saltar siete olas, vestir de blanco y llevar flores a Iemanjá. La tradición se volvió práctica en terreiros de todo el país y una marca de la cultura popular brasileña.
Así, lo que busco al hacer esta breve explicación es sensibilizar a las autoridades públicas sobre los procesos de invisibilidad y silenciamiento histórico de la participación de los pueblos de matrices africanas y de la cultura afro-brasileña en la formación de las identidades brasileñas y, principalmente, en la identidad de la población de Río de Janeiro.
Mezclar samba con góspel es confundir el debate o intentar borrarlo. El góspel es música religiosa. El samba no lo es.
El samba y las escuelas de samba siempre han sido guardianes fundamentales de las tradiciones afrobrasileñas. Fueron los sambistas, los compositores, las comunidades y las escuelas quienes mantuvieron vivas prácticas, símbolos y memorias cuando el Estado les dio la espalda. Reconocer eso es esencial y no negociable.
Pero el debate aquí es otro. Se trata de música de base religiosa en el espacio público. Así como el góspel es expresión religiosa, las religiones de matriz africana también poseen cantos, ritos y fundamentos que no pueden ser reducidos a entretenimiento cultural.
No se trata de estar en contra de la existencia de un escenario góspel. Lo que está en cuestión es el tratamiento desigual en el uso del espacio público. Cuando una religión recibe estructura, visibilidad y financiamiento institucional, mientras otras son empujadas a la invisibilidad, no hay equidad.
Decir que “quien es de axé va al samba” borra la dimensión espiritual de las religiones afro-brasileñas e ignora sus rituales, símbolos y fundamentos. La fe no es un género musical intercambiable.
Si hay espacio para música religiosa cristiana, ¿por qué no considerar también un espacio para el pueblo de terreiro, con artistas que expresan lo sagrado afro-brasileño en su plenitud, como @awuree , @marienedecastro , @mateusaleluia , @ritabenneditto y @tiaocasemiro ?
¿Y por qué no ampliar aún más este horizonte, contemplando también manifestaciones religiosas católicas, judías, Hare Krishna, gitanas u otras tradiciones espirituales que se expresan de formas diversas?
La diversidad no es discurso. Es una práctica concreta de reconocimiento, representación y equidad.
Un Estado laico no elige creencia. Garantiza igualdad para todas.

Imagen: Jessica Marques para O Globo
Joanildo Burity: Financiamiento estatal para actividades religiosas bajo el disfraz de «cultura»
Escenarios gospel se esparcen por el país, financiados con dinero público. Y tomando el lugar que otras religiones ya ocuparon (desde las kermeses católicas hasta los réveillons en las playas afro-brasileños). El problema no es «garantizar» lo mismo para todas las religiones. No habría recursos para eso y no hay propósito que lo justifique en una fiesta masiva como el réveillon o el carnaval. El problema es que el estado financie actividades de una religión bajo el criterio de tratarse de una «actividad cultural». Después de todo, ¿quién se beneficiará del escenario gospel? La gran mayoría que estará allí, estará por motivación religiosa, no cultural.
Sí, se puede decir que el gospel ya traspasó los límites de lo eclesial. Se toca en radios seculares, en programas de TV abierta no religiosos. Pero esta no es la cuestión. Si el gospel traspasó las fronteras de lo «sagrado» a lo «profano», que se presente junto con lo «profano». Que sea un ritmo más, una expresión cultural más. Eso sería pluralismo – religioso y cultural. Pero no. El gospel quiere tratamiento diferenciado. Su demanda no es ser «uno más». Es ser por separado. Porque el gospel es parte de una identidad religiosa, de un emprendimiento que, sí, es cultural (incluso en el sentido de industria cultural, de actividad económica lucrativa), pero no acepta ser tratado solamente como cultural, cuando está en los espacios de entretenimiento.
Sin entrar en el mérito de lo que se llama «gospel» hoy – también una apropiación blanca de una expresión espiritual y cultural negra norteamericana, neutralizándola en todo lo que tenía de transgresión litúrgica, estética y sociopolítica, como espiritualidad antirracista y socialmente comprometida – yo quiero decir que el financiamiento de escenarios gospel en fiestas populares, masivas, profanas, es una violación de la laicidad, sí.
Pero es más que eso; es un caleidoscopio de distorsiones éticas, teológicas y políticas:
1- Es una disimulación y un encubrimiento del carácter religioso de las presentaciones que ocurren en esos escenarios;
2- Es una apropiación hecha por el pentecostalismo conservador y blanco del legado socialmente crítico, culturalmente encarnado (es decir, sin separar la vida cotidiana, las expresiones culturales materiales y simbólicas y la fiesta) y teológicamente profético de la espiritualidad negra – aunque, en Brasil, gran parte de los evangélicos sea negra;
3- Es un guiño electoral al conservadurismo evangélico por parte de una élite política (de derecha y de izquierda) que se deslumbra con los números ante una comunidad cuya confianza en sus líderes la ha sujetado a los pactos electorales y políticos más abyectos (del toma y daca de los corruptos al fascismo de los bolsonaristas).

Imagen: Gabriel de Paiva
Me uno a la voz del babalawo Ivanir, del abogado Hélio y cuantos y cuantas ven en estas manifestaciones aparentemente inofensivas o incluso «de justicia» hacia una minoría religiosa ya no despreciable una gravísima violación del pluralismo y de la igualdad de condiciones que la separación jurídico-política entre religión y estado propone y establece constitucionalmente.
Los evangélicos son millones de brasileños, brasileñas (¡y brasileires!). Crecieron, aparecieron, se movilizaron, engrosaron la voz. Legítimo. Incuestionable. Saludable.
Pero:
(a) no son la única minoría religiosa legítima en un estado laico;
(b) la voz más audible entre los evangélicos y que no admite que otras sean escuchadas, desde hace más de una década, es la de la derecha evangélica (política e ideológicamente), que es teológicamente conservadora o incluso fundamentalista (sin comillas, literalmente, asumidamente) – por lo tanto, el gospel fue apropiado por un segmento hegemónico política y teológicamente, pero de ninguna manera único ni representativo de la mayoría;
(c) la guerra de posiciones que pentecostales y evangélicos de derecha realizan hoy en Brasil está guiada por un proyecto antidemocrático, antipluralista y discriminatorio, bastando para eso asistir a algunos cultos o leer pronunciamientos de algunos de sus líderes. Unos, para constatar sus posiciones. Otros, para descubrir su disimulación.
Los textos fueron tomados del muro de facebook de los autores y traducidos al español. La primera imagen, compuesta, combina una foto de Gabriel de Paiva con una hecha con IA por Paulo de Oxalá.









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