¿Hay un «voto evangélico»? Dos miradas

Reflexiones después de las PASO por Nicolás Panotto (Teólogo, Dr. en Ciencias Sociales)

Las elecciones en Argentina han demostrado, una vez más, que no existe tal cosa como “voto evangélico”. Se esperaba que la fórmula Centurión-Hotton recogería la mayoría de votos en este sector religioso por el sólo hecho de abanderar la causa pro-vida, pero el 2,72% que alcanzaron representa, al menos desde un análisis comparativo muy superficial, que cerca de un 80% del campo evangélico argentino no los eligió. Otra vez se pone en evidencia que no todos los temas de coyuntura que nuclean la acción pública de las iglesias, necesariamente se traducen en tendencias político-ideológicas, y menos aún en predisposiciones electorales. De todas formas, creo que hay que ser cautos. Que esta fórmula se haya ubicado en quinto lugar, no es un dato menor. Se han transformado en una fuerza hegemónica, con cierta muñeca política para negociar y marcar la cancha. Por eso, nuevamente hay que preguntarse: ¿por qué “lo evangélico” se colocó últimamente en los medios de comunicación y algunos análisis coyunturales como una fuerza categórica en términos de tendencia política, cuando la realidad otra vez mostró lo contrario? ¿Qué nos indica esta contraposición entre la visibilidad pública otorgada al significante “evangélico” como un campo homogéneo, y la realidad tan oscilante que finalmente sobresale en las urnas? ¿Es realmente “lo evangélico” un agente político determinante?

Hay mucho por indagar, pero creo que hay dos cuestiones posibles a revisar.

Primero, que hay una publicidad demasiado sobredimensionada sobre el poder de incidencia evangélica y más aún sobre su composición interna (o sea, predominan los prejuicios antes que un conocimiento más profundo del campo) Este error también lo cometieron algunos grupos evangélicos, como federaciones eclesiales como ACIERA o grandes referentes pastorales, que insólitamente operaron como usinas de propaganda política de candidatos/as evangélicos/as hacia “la iglesia”. Aquí una distinción importante que hay que comenzar a demarcar con mayor cuidado en nuestros análisis: por un lado encontramos a la iglesia como comunidad creyente y por otro grupos dentro de la iglesia que se mueven desde una lógica político-institucional. Los segundos no necesariamente representan a los primeros. Las identificaciones socio-políticas de uno y otro son sumamente distintas (parece que los segundos aún no se enteraron de esto…).

Por otro lado, podemos ver, de manera similar al fenómeno ocurrido en México con el coqueteo de López Obrador con la iglesia (no así Brasil, que responde a un panorama muy distinto), que “lo evangélico” se asume más como un significante aglutinante en términos de capital simbólico-moral, pero no necesariamente con un impacto real o decisivo hacia dentro mismo del campo evangélico. Habría que preguntarse si realmente los/las políticos/as que apelan a estas iglesias tienen como única intención el “ganar votos”, o existen objetivos más amplios en términos de disputa hegemónica con otras fuerzas o de construcción de opinión pública. Tal vez podríamos decir que la apelación a los “valores” atribuidos a dicho significante religioso logra instalar ciertas retóricas y tipos de identificación social –a partir de las percepciones sobre dicha iglesia en el campo popular- dentro de un público más amplio, pero no necesariamente –o solamente- como una instancia para reclutar votos.

Reflexiones antes de las PASO por Pablo Semán (Antropólogo, UNSAM/CONICET)

Hasta el año 2017 los evangélicos parecían no tener mayor relevancia en la política electoral argentina a pesar de que ya eran al menos el 10% de la población. Más allá de que en nuestras tierras no ocurrirá nada parecido a lo que se supone que ocurrió con Jair Bolsonaro en Brasil, es cierto que en este 2019 los evangélicos y los políticos argentinos tendrán romances intensos y, para sorpresa de algunos, variados. Por un lado son convocados y aceptan posiciones electorales en las listas de los partidos que apoyan a Mauricio Macri. Por otro, mientras los dirigentes peronistas de la Provincia de Buenos Aires impulsan el diálogo con distintos grupos evangélicos, los dirigentes peronistas de fe evangélica de la Provincia de Buenos Aires se activan en la constitución de un Frente Justicialista Cristiano movilizado por reclamos celestes. Todo esto sin contar algo que ocurre desde hace décadas: con Chiche Duhalde, con Alicia Kirchner o con Carolina Stanley los evangélicos son partenaires constantes de las políticas sociales que se apoyan en el hecho de que ellos llegan o están donde casi nadie llega o está.

Los evangélicos son el conjunto de grupos religiosos que se inscriben en el marco de la reforma protestante y abrazan un cristianismo basado en la escritura antes que en la sucesión apostólica romana. Entre ellos predominan y están creciendo más rápidamente los pentecostales, que se identifican por una posición específica: la actualidad de los dones del espíritu santo: señales y manifestaciones del espíritu santo concebido ya no como «metáfora» sino como una entidad viva que hace a las personas hablar lenguas extrañas, emite profecías, cura enfermedades, mejora las relaciones intrafamiliares y favorece el éxito personal en los negocios y la vida cotidiana. Los pentecostales crecen por dos razones que se derivan de este origen y se potencian por los límites del catolicismo. En primer lugar, su práctica y su teología poseen una premisa que guarda perfecta sintonía con la religiosidad popular al ubicar en el centro de la experiencia la categoría de milagro. En segundo lugar por una superioridad logística que basada en la idea del «sacerdocio universal», según la cual cualquier creyente puede y debe predicar el evangelio, habilita el surgimiento permanente y veloz de pastores que se instalan en las zonas en disputa a las que los mecanismos católicos terminan llegando siempre tarde.

La razón por las que los evangélicos no desempeñaron hasta acá un papel electoral mínimamente relevante son claras cuando se analiza un fracaso estrepitoso cómo el del olvidado Movimiento Cristiano Independiente que pretendía movilizarlos a través de un partido confesional en la ya lejana crisis de 2001: los ciudadanos argentinos de fe evangélica (un 8 % en ese momento) votaron como el promedio de sus conciudadanos vota en su segmento económico-social. Y como la mayor parte de los evangélicos pertenecía a los sectores populares votaban al peronismo en diversas variantes. Por otro lado, como el mundo evangélico está sumamente fraccionado en segmentos que compiten, y como las empresas políticas de unos pastores suscitan sospechas y temores de instrumentación en otros, las tentativas de hacer propio el voto del «rebaño de Dios» -o el mero hecho de sumarse a las mismas- dividía a las iglesias e impedía que el mítico caudal electoral evangélico pase de la virtualidad al acto (el caudal evangélico en casi ningún lugar de América Latina se comporta como un rebaño). Tampoco era o es fácil integrar evangélicos a los partidos establecidos: por razones institucionales muy precisas el sistema político argentino puede tener el ansia absorber la legitimidad y la representatividad de algunos líderes evangélicos, pero es bastante incapaz de darles un lugar en cierres de listas en los que cada lugar se gana en batallas extenuantes y en las que la invocación de representatividad electoral es, para quienes cierran, esas listas apenas un motivo entre otros.

Las cosas cambian en los últimos años y sobre todo en 2018 por una dinámica que al mismo tiempo intensifica y galvaniza la voluntad de movilización evangélica y crea las condiciones por las que la derecha puede convocar y promover un círculo de interacción virtuoso con los evangélicos. El impacto de la agenda de diversidad sexual y de género en la política es clave de esta transformación de las relaciones reciprocas entre los evangélicos, sus dinámicas de politización y las aspiraciones de la derecha. Los evangélicos tienen una sensibilidad política que, comparada con la de los católicos, enfatiza de forma diferencial las cuestiones sociales (y eso los acerca al peronismo) y las demandas conservadoras en cuanto a género y sexualidad (y eso los acerca al bando celeste). Así tenemos una ecuación posible: demanda social y moral conservadora= peronismo celeste y moral conservadora sin demanda social = macrismo celeste.

Lo cierto es que los efectos de la agenda de diversidad sexual y de género impactaron en la reactividad evangélica menos en la época de la sanción de la ley de matrimonio igualitario que en la de la discusión de la legalización e inclusión del derecho a la interrupción voluntaria del embarazo en la agenda de salud pública. Es que en buena parte de nuestra sociedad, especialmente en aquella parte en que los evangélicos reclutan sus fieles y expresan sensibilidades, no todo está igualmente secularizado. Estemos de acuerdo o no la sacralización/cristianización de los deseos sexuales individuales es menos fuerte que las nociones de embrión o de transmisión de contenidos educativos ( y por eso la cuestión de la educación sexual desata tantas reacciones e intensidades como la el aborto).

Digamos algo más complicado aún: la reactividad frente a esta agenda no es sólo evangélica. Los evangélicos catalizan una reacción que es más general y es la de los cristianos que no encuentran tan legitima la posibilidad de reaccionar a través de una faz católica dividida entre el privilegio de las cuestiones sociales y la ruina moral global que le agencian los miles de sacerdotes sospechados y denunciados por abusos sexuales a niños y niñas de su feligresía. Y digamos algo más complicado aún. La izquierda y el progresismo que asumieron de forma comparativamente tardía la prioridad absoluta de la agenda de diversidad sexual y de género lo hicieron también de forma profunda, extendida e integral al punto de que esta se ha convertido para muchos en uno de los marcadores principales de la identidad política progresista: rechazar cualquier punto de esta agenda transforma a alguien en parte de la derecha. Pero esto tiene un contrapunto simultáneo: el despliegue y triunfo parcial de esta misma agenda, en el marco de una ofensiva generalizada de muy diversas formas de darwinismo social, son la oportunidad de legitimar y renovar vocaciones otrora impronunciables de ser de derecha. La izquierda se unifica y galvaniza con la lucha por la legalización del aborto, la derecha se relanza y amplía su identidad surfeando en las reacciones contra ese derecho.

Las palabras de Cristina Kirchner en noviembre en CLACSO sobre la necesidad de unir a verdes y celestes y el acatamiento parcial y a regañadientes de ese mismo llamado es un síntoma del grado en que el impacto de la agenda verde en el campo político resulta en un conflicto que no se procesa igual en todo en ese campo: la derecha parece no tener grandes problemas en incluir al mismo tiempo en sus listas a Martín Lousteau y a Alfredo Olmedo mientras que la izquierda no puede mostrar sus celestes que aunque son menos los tiene. ¿Cómo se ubicarán los evangélicos y lo que ellos catalizan, respecto de este conflicto? ¿Le bastará a la derecha invocar el derecho a la vida del embrión mientras miserabiliza la existencia de la mayor parte de los nacidos para tener una alta votación evangélica que priorizaría la agenda celeste a cualquier consideración social? ¿Le bastará a la izquierda con presuponer que la transformación del conurbano y la «argentina profunda» en una sucursal de Almagro es sólo una cuestión de más organización y más esfuerzo?.

Algo ya sabemos: los evangélicos han quebrado parte de su prescindencia política integrando, como tal vez nunca, las listas de las grandes fuerzas políticas que intentan vampirizar su legitimidad. Algo podemos conjeturar: lo que se movilice como voto evangélico, reactivo frente a la agenda verde, puede ser considerable y si bien se distribuirá entre los dos contendientes principales favorecerá a Macri. En números estamos hablando de un porcentaje que oscila entre el 2 y el 4 % de los electores.

Publicado originalmente en Cenital, el 30 de junio de 2019.

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Nicolás Panotto

Nicolás Panotto

Licenciado en Teología, Magíster en Antropología Social y Política y Doctor en Ciencias Sociales (FLACSO Argentina). Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Política GEMRIP.
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