La vecindad de La Santa Muerte

Alfonso Hernández, in memoriam

El coronavirus se nos llevó a Alfonso Hernández, el cronista insigne de Tepito, el «barrio bravo» de la ciudad de México.
Alfonso se definía como «hojalatero social» y el propósito de su vida parecía ser mostrarle al mundo -a periodistas, cineastas, cientistas sociales, escritores de todos los países- que Tepito tenía una riqueza cultural y humana que excedía en mucho su mala fama. Para ello fundó el Centro de Estudios Tepiteños y promovió «Tepitours» y numerosas formas de arte, entre ellos el «albur» -juegos verbales de doble sentido, muy populares en el barrio.
Alfonso era, sin duda, uno de los imprescindibles. Por sus múltiples talentos, era una persona difícilmente encasillable -probablemente por eso inventó su propia definición de «hojalatero social». Era de esa gente que es irreemplazable porque creó su propio molde y dejó una profunda huella propia que será difícil de seguir.
Tepito, y el mundo, nos hemos quedado mucho más pobres.
Todos los que tuvimos la fortuna de conocerlo, lo sabemos.

Renée de la Torre escribió hace varios años esta crónica sobre su recorrido por el barrio de Tepito, guiada por Alfonso Hernández.

Alejandro Frigerio sacó las fotos en el día de la festividad de La Santa Muerte en el ya mundialmente conocido santuario de Doña Queta, en el barrio de Tepito, visita también posibilitada por los buenos oficios de Alfonso.

Por ello y por todo el afecto y la admiración que cosechó Alfonso en su vida, va esta publicación…

Tepito: el lugar donde la Santa Muerte hizo su casa

por Renée de la Torre (CIESAS/Guadalajara)

26 de enero del 2006.

Muchas veces había oído historias diversas sobre Tepito, sobre todo tenía imágenes contrastantes sobre este legendario barrio, que ha sido y sigue siendo corazón de la ciudad de México. Tepito es uno de los asentamientos más antiguos de la ciudad de México, fue la cuna de la cultura chilanga de arrabal, la de la vida de las vecindades, la de Los Hijos de Sánchez (el clásico estudio antropológico de Oscar Lewis),  aquella que forjó héroes míticos salidos de sus gimnasios del box y de la lucha libre, el lugar donde se fraguó una  particular manera de hablar, de vivir y de habitar del DF. Tepito, el barrio bravo, se nutre con las imágenes difundidas por la nota roja, que nos presentan la imagen sórdida del barrio: lugar del caos y al margen de la ley:  el de los vendedores ambulantes, la fayuca, lo made in china,  la piratería, los salones piqueteros, la prostitución, el trafique.

Recorrer Tepito a pie requiere de destreza para circular por las rutas del mercado informal que se ha apropiado de las banquetas del barrio. No existe un espacio libre para el tránsito, todo está tomado por los tiangueros. Caminamos entre barreras de discos piratas, ropa de mezclilla, bolsas auténticas de imitación de Burberry y Louis Vuiton, sandalias de China y zapatos de la India. Brillos, dorados, marcas, aparatos eléctricos, discos, música. Trrrr!…Boooom!…El ruido de los juegos de nintendo te hacen sentir adentro de un parque de diversiones. ¡Alerta! Hay que cuidar la bolsa, asegurarla como si fuera un bebé. Hay que caminar derecho. No debe haber distracción, es peligroso.  Alberto, me indica que hay que desconfiar de los transeúntes, dice que hay unos que vigilan, otros dan el pitazo, otros te cercan el paso y otros son los que arrebatan. El robo está perfectamente organizado y tienen un código para detectar a las mejores victimas del atraco. Dice que en Tepito hay que aprender el lenguaje corporal, que se debe saber hasta cómo caminar, cuando andar por debajo de la banqueta, y cuando por fuera, cuando parar y cuando seguir. –«Siempre te están observando y están ahí al acecho«–.

Después de una cuadra de esquivar las tentaciones del shopping, dimos vuelta en medio de la banqueta, y de repente entramos en un patio, en cuyo fondo está el Centro Cultural del Barrio de Tepito. La sensación es indescriptible, era como si se abriera una puerta mágica, invisible, que te permitiera ingresar a un lugar oculto: otra dimensión. Ahí, un grupo de señores están viendo un concierto de ópera. Nos invitan a sentarnos. El lugar contrasta enormemente con el ambiente de la calle: cuadros de pintores locales en los muros, una placa de la rue Tepito (es auténtica, en el año 1984, uno antes del temblor, en Lyon se nombró una calle en honor al barrio), al fondo está la oficina de Alfonso Hernández, quien es el cronista histórico de Tepito. Alberto –su hermano–  le cuenta de mi interés por localizar el lugar donde vivió el General Pineda, pues según mis estudios  en los años 20 del siglo pasado tuvo su primer cuartel en una vecindad del barrio, pero me informa que hoy es una de las más peligrosas, pues se ha convertido en refugio de narcotraficantes y del hampa.

Quedamos en dar un paseo por el barrio, a ver si encontrábamos un vestigio sobre los antiguos danzantes del barrio. Para emprender el tour, me pide que deje ahí mi bolsa, la cual se guarda bajo llave. También me pide que me ponga el saco, pues me veo “muy ligera” con lo que traigo puesto (un cardigan de cuello alto). No me siento vestida apropiada para la ocasión, parezco funcionaria pública. Ni modo… ya estoy aquí. ¡Adelante! Nos enfilamos hacia el exterior. Serpenteamos entre los comercios, es aturdidor, no sé ni dónde ando. Otra vez sin notarlo desde el exterior, giramos a la izquierda y estamos dentro de una vecindad. Por fuera es imperceptible, los comercios saturan la visión del espacio y se pierde la capacidad de advertir la arquitectura habitacional, sin embargo, detrás de esas murallas de baratijas existen casas y habitantes. Entramos a una antigua vecindad, Alfonso nos indica que ahí se han filmado películas mexicanas donde aparentan como si el patio interior fuera una calle. Es una antigua vecindad, parecida al set del Chavo del Ocho. En sus tiempos gloriosos uno de sus cuartos del segundo piso fue habitado por quien fuera presidente interino en tiempos de Don Porfirio, Don Manuel González, el manco.

Visitamos otra vecindad, tiene las escaleras en el centro y a sus pies están unos antiguos lavaderos. Un hombre lava su ropa. El olor del fab se mezcla con el olor de la cañería, a nuestro paso está brotando de la alcantarilla las aguas negras que logran hacer un gran charco de inmundicia. Huele a mierda. La vecindad se ve muy venida a menos. Se ven los techos ladeados, a punto de caerse, sin embargo también se ve la resistencia de los vecinos para que no se caigan los techos, para lo que utilizan varillas de metal o de madera para detener el derrumbe, en otros casos han construido un piso intermedio como para amortiguar el techo desvencijado. Como curiosidad tradicional Alfonso  nos invita a visitar al cilindrero, un celebre personaje que se encarga de arreglar los cilindros musicales de los “cilindreros” de la ciudad. Subimos por las escaleras. En el cuarto vecino se ha instalado una fábrica de discos piratas. Tres hombres resguardan la entrada. Nos miran con sospecha. El cilindrero no se encuentra. Volvemos a la calle.

Al entrar y salir de las vecindades se encuentra bien delimitado el zaguán. En todos los zaguanes, y también en los inicios de las escaleras hay altares a la Virgen de Guadalupe. Parece una manera de protección, –«Un umbral que anuncia la salida hacia el infierno«–comenta Alfonso.

Antes de ingresar en la siguiente vecindad, Alfonso me toma del brazo,  me abraza y  en secreto me dice, –«esto es necesario, es un código, no te separes»–. Entramos a la vecindad donde se cree vivió mi buscado General danzante. Siento miedo. Veo gente contrahecha, son una pareja de “teporochos”, ancianos. Nos miran. Saludamos. Seguimos de frente. Hay que caminar sin mirar atrás. A medio patio hay un grupo de jóvenes corpulentos. Están transando con paquetes de polvo. Son como las dos de la tarde. Todo se hace a la luz del día. Damos vuelta por los patios de la vecindad. El ambiente cambia, ya no son cuartos, sino casas de tres pisos, con patio interno y con puerta de malla de alambre. Tres señoras están sentadas platicando, mientras otra más joven tiende la ropa recién lavada. Anda vestida de pijama. Alfonso las saluda y nos presenta. Les pregunta si saben algo sobre el general de danza que vivió hace algunos años en la vecindad. Dicen no saber nada. Nos comentan que los antiguos moradores ya no viven en la vecindad. Que es difícil encontrar a alguien que nos dé información –ya todos se fueron y los viejos se murieron, ya nadie sabe nada– Nos despedimos. Nos topamos con dos murales de indígenas. Alfonso dice – «mira: aquí hay huellas de danzantes«–. Una señora, de largas uñas postizas pintadas de plateado y vestida como de noche se acerca y me comenta que en realidad no parecen danzantes, que me fije bien, que son soldados romanos. Unos jóvenes están sentados a un lado fumando marihuana, los vi al pasar, y el olor continúa presente. Ellos nos han seguido con la mirada, están atentos a la conversación, uno de ellos se levanta y se acerca para corregir: –«no son romanos, no son danzantes: son guerreros”— –¿Quién los pintó?—pregunto yo, –«Nosotros«–. La plática termina, y con tan solo dos pasos ingresamos en un gran zaguán donde se encuentra un altar mayor a la Virgen de Guadalupe. El altar es de mármol. Está adornado de flores de tela de seda, colores pasteles, a lo kitsch. Yo comento que donde se pintan murales y se pone el altar a la Virgen se define un nuevo territorio, una especie de territorio neutral, de espacio  liberado. Alfonso me dice el zaguán es como el espacio de transición entre el cielo y el infierno, vamos saliendo a la calle, y corrobora: el infierno es la calle. En ese momento yo lo percibo al revés.

Entre los comercios vamos a buscar a una mujer que tiene fama de ser campeona en albures. Ella tiene un negocio de software pirata. Llegamos con ella, nos alburea. Es simpática. Nos dicen que ha revolucionado las teorías de los lingüistas de la UNAM quienes sostenían que el albur era parte de la cultura machista de arrabal. Ella desmiente la tesis. Pasamos al interior de su puesto. Le preguntamos sobre la presencia de danzantes en el barrio, y ella dice no conocer a nadie. Alfonso le comenta que a él le han dicho que en los límites norte de Tepito existe un grupo de danzantes, pero que él nunca los ha conocido, y le pregunta si conoce algo. Ella dice que sólo conoce unos niños pequeños que están danzando. Pero no hay un grupo como tal de danzantes en el barrio. Promete preguntarle a la mamá qué sabe sobre los danzantes. Nos despedimos. Caminamos por los puestos de objetos sexuales, éste es “el pasillo del deseo”.

Todo se vende en Tepito. Cruzamos una Avenida. Hay que cruzar por media calle, esquivando los coches, taxis, diablitos, bicicletas. Hay que caminar como si fuéramos de hule, confiando en que los autos no te atropellarán. Al frente está la vecindad  de Los Hijos de Sánchez, le llaman la vecindad blanca (aunque no está pintada de blanco) es ahí donde vivió Oscar Lewis. Alfonso dice que hasta hace algunos años ahí vivía una de las hijas de Sánchez (que en realidad tenían otro apellido). Pero que la historia fue terrible porque tuvieron que huir de la ciudad pues gobernación los acusó de traiciones de la nación por haber albergado al antropólogo Lewis, y que muchos se mudaron a vivir a Puebla, pues los querían meter a la cárcel. En sus entrañas, la vecindad ya no parece vecindad. Quedó la fachada, pero por dentro la arquitectura es de unifamiliares de vivienda popular del Infonavit. La vecindad se cayó abajo en el terremoto del 85, y la reconstruyeron por dentro, e hicieron pequeñas viviendas de dos pisos. La vecindad es gigantesca, ocupa toda una manzana. Hay un lugar que pretendió ser un foro abierto, con bancas de cemento circulares en torno a un foro, El lugar está cercado, se volvió un lugar peligroso y los habitantes decidieron cerrarlo con malla de alambre. Caminamos por los pasillos, al final hay un cuarto grande, como de 4 por 4. Tiene puertas de vidrio con ventanería de aluminio. En el fondo está la imagen de la Virgen de Guadalupe. Se cuenta que un señor lo construyó por manda, para agradecer un favor a la Virgen. Pero también se sospechaba que era dinero de narco. El nuevo recinto da servicios de velación. Ahí también se celebran bautizos.

La Santa Muerte en el Purgatorio

«Y hoy que en el barrio de Tepito, los laberintos son como un infierno
sin demonios, y las calles son un Purgatorio donde todo se paga,
y las azoteas son el Cielo y los zaguanes el limbo, este obstinado
“bario de las almas perdida” tienen  en la Santa Muerte, quien lo ayude,
lo cuide y lo proteja” (Alfonso Hernández, 2005)

Salimos de la vecindad, caminamos por en medio de la calle. En una esquina, en media calle me llama la atención un gran altar a la Guadalupana. Está resguardada de arcos de flores, como los que se ponen en las fiestas patronales. Hay decenas de ramos de flores. Pero me dicen esto no es nada, mira al frente. Al cruzar la calle hay otro altar, está lleno de ramos de flores: es el altar a la Santa Muerte. Doña Queta Romero sale a saludarnos. Ella es la cuidadora del santuario. Mientras estamos ahí vemos llegar a sus devotos. Van directo a la vitrina donde se encuentra una escultura de tamaño humano de la Santa Muerte. Cuando yo la miro, tengo el impulso de persignarme. No lo hago. Está vestida de traje dorado, con lentejuelas. Junto a la gran figura, están otras muchas reproducciones de ella misma, más pequeñas pero de distintos tamaños. Los devotos llegan frente a ella, se persignan, se arrodillan, rezan, todas la vitrina como para obtener algo de gracia de la Santa. Hay muchas paletas de dulces, que han dejado en ofrenda. Adentro de la vitrina están otras ofrendas: copas de cristal con vino blanco, cigarros, billetes de dólares, joyas valiosas: medallas, relojes, collares de perlas, anillos, aretes. Cada uno de los dedos de las manos de las distintas muertes están aderezados de anillos. Son cientos de anillos, tal vez miles. Ahí hay un tesoro en oro.

Salimos a la calle y Carlos Garma advierte que en la calle, a la entrada del altar, se pintaron unos símbolos que reconoce como propios de los santeros. Doña Queta se acerca y nos dice que hoy no es nada. Que vayamos un día primero para ver la cantidad de gente que viene a visitar a la Santa: “los ramos de flores no caben en la calle, y la cantidad de gente es impresionante”. Los días primero de cada mes, a las ocho de la noche, se reúnen los devotos a rezar el rosario. Doña Queta se encarga de darles merienda, pero ya no le alcanza. Y les da a los que alcanza. –«Es tan bonito, viene tanta gente. Hay veces que vienen desde una cuadra hincados. Es muy bonito«–.

Nos cuenta que el altar lo construyó ella hace aproximadamente cuatro años, pero que en tan poco el tiempo el culto se ha expandido de manera impresionante. La visitan gente de distintos estados del país. También ha recibido a periodistas de Londres, Estados Unidos, Francia, etc. Que han venido con su cámara a hacer reportajes de la Santa Muerte. Muchos la visitan por puro oportunismo.

Doña Queta frente a su altar

 

Queta dice que a nadie se le pide colaboración, que ella paga todo con su dinero y con su trabajo. Que lo que se recauda de la venta de reliquias y de las donaciones voluntarias es para mantener y mejorar el santuario. Le preguntó que cómo conoció a la Santa Muerte, y me cuenta que desde que tenía como cinco años de edad, vivían en el tejado de un antiguo edificio del centro histórico, porque su papá trabajaba de velador del edificio. Recuerda que su abuela tenía una pequeña figura de la Santa, era una estatuita verde, y que por la noche le rezaban, y que desde ahí le tiene mucho cariño y mucho agradecimiento, porque es una santa muy buena, y que mientras ella pueda ella seguirá dedicada en cuerpo y alma a mantener el altar. Me invita a ver de nuevo el vestido de la Santa, pues hoy está toda de dorado, y la siguiente semana ya vestirá diferente. Tiene planes de vestirla como catrina, con un vestido rojo, con su sombrilla negra y una pluma roja en la cabeza. Queta está orgullosa de que es ella misma quien confecciona el vestuario. Se hace un ritual, como se acostumbra con las vírgenes, para vestir a la santa. Comenta es muy bonito. Junto al altar de la Santa Muerte se encuentra una figura de Yemayá (la santa que sale del mar en la mitología de la santería). Dice que hay quienes le dicen que si no tiene miedo de tener tanta joya ahí expuesta con la Santa, pero ella reflexiona en voz fuerte, quien se va a atrever a robarle a la Santa, yo no tengo miedo de que me asalten, ella me protege.

Doña Queta se dirige a Alfonso para quejarse de su vecino el padre David Romo que tiene su iglesia en contra esquina del santuario, también dedicado a la Santa Muerte.  Para ella lo que él hace es una profanación, pues ha hecho peregrinaciones con la imagen a Catedral para enfrentar al cardenal, a quien nos cuenta en una ocasión quiso excomulgar: “a tanto ha llegado ese hombre que hasta declaró públicamente que excomulgaba al Santísimo Papa, el que ya murió, Juan Pablo II. Hace unos días organizó una peregrinación a la Basílica. Eso no se vale. Eso no está bien. Yo le pregunté que cómo había ingresado a la Basílica si estaba custodiada por guardias. Y me corrigió,  no entró, pasó por el atrio y pasó por enfrente, y de ahí dieron vuelta y caminaron a una cuadra donde hay un santuario a la Santa. Pero eso no está bien, hay que respetar a Dios. Con eso no se puede jugar«. Alfonso me explica que el padre David, ya no es sacerdote, que salió de la iglesia católica. Que estaba en otra parroquia, pero que hace un par de años conoció ahí a la Santa Muerte, y se quiso apropiar del culto. Incluso ha querido formar una nueva religión y que quiso registrarla como asociación religiosa, pero que la Secretaría de Gobernación le negó el registro. Él tiene un templo, y realiza celebraciones litúrgicas, aun cuando ya no es padre. Es algo así como un sacerdote de la informalidad. Existen diferencias entre el culto popular, que sigue estando dentro del catolicismo, aunque heterodoxo, a este intento de refundación de una nueva religión, basada en el culto a la Santa Muerte. Doña Cata explica que ahí no se realizan actos litúrgicos, lo que se hace es lo debido rezar el rosario, y cantar alabanzas. Doña Queta, además de ser devota a la Santa Muerte, es muy devota a la Virgen de Guadalupe. Sabe distinguir las jerarquías al interior del catolicismo. De hecho, en el zaguán de su casa está un altar a la Virgen de Guadalupe. Me explica que no se pueden mezclar las dos cosas. De hecho cada altar está en su lugar, y no se mezclan las imágenes.

Nos dirigimos  a la tienda de reliquias. El marido de doña Queta es el que atiende las ventas. Ahí se venden libros, devocionarios, medallas, muchos rosarios, videos, estampitas y figuras de la Santa muerte. Las hay de distintos tamaños. También se venden vestidos. Entre las figuras que se venden, contrasta una de una mujer blanca, rubia, con pelo largo, de vestido largo de un hombro en color azul cielo. Preguntamos quién es, y nos responden que es Yemayá, que la venden porque los santeros consideran que Yemayá es la misma que la Santa Muerte. Le preguntamos si van muchos santeros al santuario, y nos contesta que sí, que vienen a visitarla. Le preguntamos que si ellos realizan ahí sus rituales, y enfáticamente me responde, rituales no, ningún ritual, ellos vienen aquí, como los demás, ellos creen que es la misma que Yemayá. Rituales no. Lo que ellos hacen es que a veces se tienden en el piso.

La plática con Doña Queta continúa, ahora frente al altar a la Virgen de Guadalupe. Nos platica que antes la visitaban “los hermanos”, y que la querían convencer de que adoraba al diablo, y corrige yo no adoro a nadie, yo solo le guardo culto. Dice que ya no deja hablar a los evangélicos, y que antes de que ellos la quieran adoctrinar les pregunta: “¿sabes tu quién es dios?, Porque yo sí sé. Solo hay un Dios. y pues la muerte es una, en diferentes culturas, así como la Virgen es una, una sola con distintos nombres, y Dios es solo uno. No existen muchos dioses, es el mismo, aunque con distintas representaciones de acuerdo a las distintas religiones. No hay nada que discutir. Mejor ponte a estudiar bien, porque no conoces lo fundamental, sólo hay un Dios, y es el mismo en todo el universo. Así como existe Dios, existe la muerte. Está comprobado. La muerte es una y existe. Pero yo sé que Dios está por encima de la muerte”.Se acuerda que hace unos días, pusieron una bomba en la casa de una señora que tiene un altar a la Santa Muerte en el Estado de Hidalgo. La broma destruyó todo, fue horrible.

Le preguntó si hay danzantes que vayan a danzarle a la Santa Muerte. Y me dice que sí, que hay gente que le paga a los danzantes para ir a bailar. Que cuando van, cierran la calle, y que es muy bonito: le cantan alabanzas y danzan. Me comenta sobre Manuel Pineda, a quien ella conoce, porque su hijo frecuentaba a la Santa Muerte: “el muchacho andaba muy mal, pero ya se compuso, y el venía a aquí. Hemos invitado a Manuel a danzar pero como que él es muy apegado a su tradición, y dice que no está bien danzarle a la Santa Muerte. Pues allá él”. Yo le platicó que en su casa, donde está el cuartel general, a la entrada está la mesa al Señor San Miguel, y que adentro de la casa está un altar a la Santa Muerte. Ella no conoce el cuartel, pero todo me hace pensar que el altar a la muerte es del hijo, aunque está en la misma casa.

La plática termina. Nos despedimos. Doña Queta es muy amable, cariñosa, abierta. Nos dice: «No dejen de venir para el día primero«.

 

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Renée de la Torre

Renée de la Torre

Reneé de la Torre es Doctora en Antropología Social por el CIESAS y la Universidad de Guadalajara. Anteriormente recibió la Licenciatura y Maestría en Ciencias de la Comunicación en el ITESO. Es investigadora nivel III del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y miembro de la Academia Mexicana de las Ciencias.
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