
(detalle: el libro trae adosado al lomo un pequeño payé de San La Muerte)
por Alejandro Frigerio (UCA/CONICET)
El sábado 15 de agosto -una de las fechas en que se festeja a San La Muerte- se presentó en el Centro Cultural La Casona de Humahuaca, en el Abasto, el libro de fotografías sobre la devoción a San La Muerte realizado por Nazareno Auza: un trabajo de envergadura, fruto de varios años de recorrido. La presentación tuvo de todo: un altar con imágenes del Santo talladas por Miguel Mosquera, con velas para encenderle; estampitas del artista Juan José Santana; y postales hechas a la manera de ex votos mexicanos por Lucas Núñez, para llevarse de recuerdo. Se acercaron amigos, familiares, y dueños de santuarios -como Paulina Jáuregui-. Luis Lobo, un músico notable conocido por su devoción a San La Muerte, cantó varios de sus temas y todo terminó, como no podía ser de otra manera, con promeseros bailando chamamé con destreza. Hablamos el autor del libro; su editor mexicano; Juan Pablo Romero -folklorólogo y autor de algunas páginas introductorias a la devoción incluidas en el libro-; y yo.
Reproduzco a continuación el texto que escribí para la ocasión, y que presenté ese día de manera algo resumida.
Estoy muy contento de que este libro haya salido, y más aún de que Nazareno me haya invitado a acompañarlo en su presentación. No puedo decir que soy devoto, pero sí que tengo una larga relación con la devoción a San La Muerte, una relación que, mientras escribo esto, se me revela más antigua de lo que yo mismo recordaba.
Suelo decir que mi relación con el Santo empezó en 2002, el año en que conocí a Perla Rodríguez, que tenía un altar en pleno barrio de Once, en la calle Sarmiento al 2200. La mayor parte de su pequeño departamento estaba ocupada por un enorme altar al Santo, lleno de imágenes y flores, con algunas del Gauchito también —pero en una posición claramente inferior—. Reconozco que la primera vez que entré me dio algo de miedo ese altar imponente. Pero en la primera fiesta a la que fui, pocos días después, vi que estaba lleno de familias, de niños, de gente común, tan devota del Santo como podría serlo de cualquier otro. Durante unos cinco años volví a esas fiestas, y tuve varios encuentros con Perla, mujer a la que aún hoy, con la distancia, admiro por su trabajo y su devoción.

Pero cuando me puse a pensar en serio en este texto, me apareció un recuerdo más antiguo, uno que tenía casi perdido. En 1983 fui al Primer Congreso de Antropología Social, que se hizo en Posadas, Misiones. Con mi entonces profesor, Guillermo Magrassi, y unos amigos, fuimos a la casa de una señora en un barrio alejado de la capital provincial, que tenía un altar de San La Muerte. Es poco lo que recuerdo de aquella visita, salvo que el único que pudo pasar y ver el altar fue nuestro profesor; nosotros nos quedamos afuera. Probablemente porque el altar interno era demasiado poderoso, demasiado secreto para nuestros ojos profanos. Años más tarde, poco antes de morir, Magrassi me regaló un pequeño payé del santo —de esos de hueso sagrado que se llevan ocultos, en una bolsita de cuero, en el bolsillo—. No sé si lo habría conseguido en aquella visita a Posadas. Nunca se lo pregunté a tiempo.

En 2003 fui con Juan Batalla y Daniel Barreto a recorrer varios altares en Empedrado, y estuvimos en el de Parada Coco, en el marco de la preparación de su libro San La Muerte: una voz extraña, que bien podría considerarse un antecesor del que hoy nos convoca. En aquel libro había fotos bellísimas, pero eran solamente de imágenes del santo y de tatuajes en devotos carcelarios: un recorte parcial, el más visible, pero no el único.
En la última década pude recorrer varios altares del Gran Buenos Aires —no volví a Corrientes— y fui testigo de los cambios que trajo la expansión nacional del culto sobre la devoción, que ya no es más una práctica propia y exclusiva del nordeste argentino.

Alejandro Frigerio

Juan Pablo Romero
Ya no tan secreto
Durante muchos años, la devoción tuvo un carácter marcadamente oculto, sostenido por dos razones distintas.
La primera es la estigmatización: la imagen de “la Muerte” y la carga negativa que arrastra en nuestra cultura hicieron que, durante décadas, se la practicara mayormente a puertas cerradas, salvo en fechas puntuales —el 15 o el 20 de agosto— en que algunos altares se abrían con más franqueza al público.
La segunda razón tiene que ver con algo más profundo: una idea sobre la naturaleza misma del santo, que lo distingue de gran parte del santoral popular argentino y lo vuelve especial. Se trata de un payé, un objeto —y también un ser— de poder. Y ese poder debía resguardarse de las miradas profanas. Por eso los altares domésticos ocupaban los rincones menos visibles de la casa —no cualquiera que entraba debía verlos— y las imágenes eran pequeñas. Por eso, también, no pudimos entrar a ver el altar de Posadas a comienzos de los ochenta: no éramos dignos. Vale la pena recordar que la capilla de Empedrado, el más tradicional de los altares conocidos hoy, guarda una imagen pequeña, casi perdida entre el resto del altar. Un contraste notable con el altar más “moderno” de Solari, que despliega una variedad de imágenes grandes del Santo.

Editor mexicano del libro
A medida que la devoción dejó de ser regional para volverse nacional, buena parte de esta idea del payé se fue perdiendo, disolviéndose en las nociones más generales que el catolicismo popular tiene sobre qué es un santo. A esto se suma la progresiva relajación del control religioso sobre todo aquello que no sea ortodoxamente católico, lo que permitió que el culto se hiciera más público y visible —aunque esa visibilidad social siga siendo menor a la que le correspondería por la cantidad de devotos y promeseros que reúne.
La asociación con el Gauchito Gil fue decisiva para su expansión territorial, pero siempre bajo su sombra —aunque en el propio universo de la devoción la relación sea la inversa: es el Gauchito quien se muestra arrodillado frente al Santito, rindiéndole pleitesía, como aparece en su iconografía más difundida. Sin embargo, en los altares ruteros la imagen de San La Muerte suele estar al costado, en un rincón, detrás, siempre en menor número que las del Gauchito: una presencia necesaria, pero discreta, casi disimulada.

Nazareno Ausa
Recuerdo el altar del Gauchito en Chacarita, el del Parque Los Andes, que tenía en la parte de atrás un cuarto con un altar a San La Muerte. Ese altar fue hecho desaparecer por unos curas nuevos que llegaron a la parroquia del barrio y empezaron a oficiar misas frente al altar del Gauchito. Aquella clausura —que, según cuentan, se hizo con ritos de exorcismo incluidos— es una buena medida del límite que todavía hoy encuentra la presencia pública del Santo.
Y en la misma proporción en que la devoción se volvió más visible, la sociedad —a través de los medios— la asoció principalmente con delincuentes y marginales: la estigmatización mediática creció al ritmo de su visibilidad.

Luis Lobo y músico
Por qué este libro es necesario
Es aquí donde el trabajo de Nazareno se vuelve especialmente necesario.
Hace ya once años que conozco su trabajo, serio y bello: publicamos una selección de sus fotos en el blog DIVERSA. Desde entonces, cada vez que me lo cruzaba en alguna fiesta, o que veía en las redes que seguía sosteniendo el proyecto, pensaba lo mismo: ¿cuándo sacará el libro? Finalmente salió.
Es un libro necesario porque muestra la realidad de la devoción: personas comunes, alejadas del estereotipo carcelario, comprometidas profundamente con su fe, que se tatúan al Santo en la piel, que a veces se lo incrustan bajo ella —una práctica que sobrevive pese a que quedan pocos especialistas capaces de realizarla—, que levantan altares ya no solo en sus casas sino en las calles de sus barrios, o que construyen verdaderos templos públicos, auténticas iglesias del Santo.

El mismo compromiso que muestran esos devotos es el que sostiene Nazareno en su trabajo. Son muchos años de visitar templos, de fotografiar fiestas, devotos, rituales. Sus fotos muestran lo bello, pero no como algo exótico ni distante, sino como algo con lo que empatiza, con lo cual tiene un compromiso real. Muestran contexto, las actividades típicas de las fiestas, los personajes que las habitan: ofrecen, en conjunto, un panorama completo de la devoción. Su trabajo no exotiza el culto —que sería, quizás, la tentación más inmediata para cualquier fotógrafo profesional que se acerca por primera vez al tema—. Al contrario: el trabajo sostenido de tantos años lo dignifica.
Pienso, por ejemplo, en dos de las doce fotos suyas que publicamos en DIVERSA, que muestran a fieles haciendo fila. Para otro fotógrafo, tal vez, sería un detalle sin relevancia. Pero cualquiera que haya estado en un día de fiesta en un santuario popular sabe que hacer fila —para saludar al santo, para ser atendido por el personal del santuario— es una de las cosas que más se hacen allí. Otra fotografía muestra a una fiel en el piso, siendo atendida por otros devotos: un momento poco “fotográfico” en apariencia, pero que forma parte del cotidiano real del culto.

Y sin embargo, de ninguna manera se trata solo de un documentalista. Sus fotos tienen siempre una intención estética: el encuadre, el uso de la luz, un esfuerzo deliberado por escapar de lo obvio —que serían, por ejemplo, las fotos que a mí me gusta sacar—.
Una devoción que también es cultura
Hay un cambio de la devoción que este libro acompaña con particular sensibilidad: hoy existe, en torno al Santo, una comunidad que ya no es solo religiosa sino también cultural. Muchos son devotos, otros simpatizantes; la relación con la creencia es cada vez más idiosincrática. Artistas gráficos, fotógrafos, productores de merchandising —en el mejor sentido de la palabra—, youtubers, se suman a los más tradicionales dueños de santuarios, imagineros, incrustadores, sanadores e intermediarios privilegiados con el santo, músicos, y tantos otros. La devoción a San La Muerte no produce solamente religión: produce también cultura, una cultura que puede ser más o menos religiosa según quien la habite.

Por último, hay algo sintomático en que este libro haya sido posible gracias a una editorial mexicana. Eso no solo revela las penurias económicas que atraviesa la cultura en nuestro país, sino también una diferencia de estatus entre las devociones hermanas: la Santa Muerte en suelo mexicano y San La Muerte en el nuestro. Ambas son estigmatizadas, pero la mexicana está mucho más visibilizada —no necesariamente para bien— y despierta un interés nacional que la nuestra, localmente, todavía no logra despertar. Sospecho que buena parte de nuestra población ni siquiera conoce su existencia.
Pero bueno: celebremos que, de una forma u otra, Nazareno —con la ayuda del Santo— haya obrado su magia, y que finalmente tengamos este libro enorme entre las manos.
Algunas de las fotos del libro














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