Documento: Yoga en Buenos Aires en la década de 1960 -según la revista Primera Plana

—¿A qué viene?

Repetida hasta el cansancio, la pregunta sorprendió a los clientes de la decena de centros de gimnasia yoga emplazados en Buenos Aires, cada vez más prósperos y frecuentados. Una gigantesca matrona admitió que, al principio, su ilusión había sido adelgazar; pero no tardó en darse cuenta de que la gimnasia yoga no era para eso, que persigue «fines superiores». «Ahora sigo viniendo porque he comprobado que me hace bien. Mis kilos son los mismos, pero ya no me pesan tanto», resopló. A los diez minutos había emergido de su chemisier naranja y se había enclaustrado en una malla negra, apretada. No pudo seguir hablando: con otras mujeres integraba ya un coro de alaridos (un grito en clave de a), en plena sesión yoga.

Una empleada de la Secretaría de Hacienda de unos treinta años, delgada y grácil señaló que había penetrado al yoguismo porque oyó que era lo mejor para expurgar la mente. «Soy muy nerviosa —convino— y ahora ya no necesito píldoras para dormir.» En torno de esa respuesta, las coincidencias menudearon. Retemplar el espíritu y liberarse de los altibajos del carácter son las principales razones que llevan a las mujeres a acceder a una disciplina todavía exótica, por lo menos en la Argentina. Los hombres, en cambio, buscan escapar de las depresiones y de una neurosis que incuban sin remedio, y sin otras posibilidades de descarga. La catarsis y un cierto equilibrio fisiológico se logran a través del relajamiento y el autocontrol psíquico, básicamente los objetivos yogas.

Para los especialistas, cuya denominación ortodoxa es Hatha-Yoga, la gimnasia es un método idóneo para lograr una saludable integración mental, a partir de la conciencia del cuerpo físico: sus secretos descansan sobre ejercicios, posturas y prácticas especiales de respiración. Aunque los orígenes del Hatha-Yoga son milenarios, y se remontan al antiguo hinduismo, sus características actuales fueron modeladas para Occidente por expertos hindúes, sobre todo por Yogananda Paramhansa, quien implantó en los Estados Unidos millares de ashran o conventos yogas.

En Buenos Aires, ninguno de los institutos alcanzan la dimensión religiosa de un ashran, ni tampoco las prácticas irrumpen en el territorio espiritual o en el meramente filosófico. «Por ahora nos quedamos en el escalón físico», dijo a Primera Plana un profesor del club Honor y Patria, una de las pocas excepciones encaminadas a remedar un auténtico ashran. Otro especialista —Roberto Alejo Orlandi, estudiante de medicina— explicó que los principios del Hatha-Yoga difieren enormemente de los principios aplicados a la gimnasia. «En Occidente sólo se pretende producir determinados efectos sobre centros nerviosos, glándulas endocrinas y la columna vertebral.»

En efecto; los ejercicios están destinados a producir presiones sobre algunas zonas del cuerpo e interrumpir brevemente la circulación sanguínea: cuando se reanuda, generalmente la glándula funciona mejor. No se trata, como algunos legos creen, de proveer un mayor vigor muscular (el propósito de la gimnasia sueca), «sino de una manera de conseguir un cambio profundo de la personalidad física y mental».

Del ensueño al bramido

La descripción de ciertas asanas (las posiciones corporales del Hatha-Yoga) suele desanimar a los neófitos; y tal vez por eso ningún profesor argentino aspira a que sus alumnos se sometan a la shirshasana, un ejercicio que consiste en pararse de cabeza, a pesar de que, según dicen, la postura proporciona una cabal sensación de descanso. Menos inquietantes, las técnicas del respirar correctamente, «algo que la mayoría de la gente ignora», seducen a casi todos los adeptos y los comprometen para experiencias más extrañas. Los maestros consultados consideraron que tres meses de sesiones continuas es tiempo suficiente para aprender a respirar y advertir lo balsámico que resulta.

En la decena de centros de autorizada seriedad, en Buenos Aires, los métodos de admisión de alumnos no difieren mucho; la diferencia más notoria quizá sea que en algunos se cobra una matrícula de ingreso. A partir de allí, las mensualidades oscilan en alrededor de los mil pesos y dan derecho a dos sesiones semanales de una hora por vez. «Un porcentaje inferior al 20 por ciento —conjeturó la señora de Meana, administradora del instituto yoga de Juncal al 1000— abandona las prácticas al cumplir el primer mes, o antes. Otros van y vienen; pero un alto porcentaje de nuestros clientes han cumplido ya un año de asistencia. Los veteranos, además, continúan los ejercicios en sus domicilios.»

En ese petit-hotel de la calle Juncal se refugian trescientos iniciados y unos treinta profesores. Y tanto como en las demás escuelas yogas, aquí también la música es un ingrediente fundamental: durante las asanas menos vertiginosas, los gimnastas (hombres y mujeres, en estancias separadas) son hamacados por melodías románticas, un ulular cándido y ensoñador; pero cuando pasan a colgarse de las barras y a revolverse briosamente, los chillidos de los Beatles acompasan su propio estrépito.

En el momento expresivo, esto es, a la hora de la catarsis, la música se ahoga detrás de los alaridos del alumnado: a veces es una suerte de lamento, un aullido lánguido, dolorido; otras, una rabiosa descarga de furias contenidas. El gerente de un banco anglo-argentino confesó que los gritos que pega constituyen una «gloriosa compensación» por los que debe tragarse en el Banco, todos los días.

Algunos de los propietarios de los centros yogas, que negaron la difusión de sus nombres, se justificaron insistiendo en que no han concebido esta actividad como algo estrictamente comercial, aunque tampoco puedan parangonarse a los místicos swamis (los monjes yogas). «Esta es la razón —aclaró uno de ellos— por la que cobramos tan barato a nuestros clientes. También habrá que agradecer a los profesores; la mayoría no cobra por sus tareas. En algunos casos, adjudicamos una beca a aquellos que cursan estudios universitarios.»

La semana pasada, otros dos reductos de Hatha-Yoga se abrían en Buenos Aires. Otro flamante signo del avance del yoguismo parecía ser la creciente tendencia de los psicoterapeutas a recomendarlos a sus pacientes. Pero no sólo en los medios médicos se bocetaba la expansión del sistema: a niveles artísticos se lograba una postergada afinidad con la pedagoga dramática Heddy Crilla, quien recomienda a sus discípulos los caminos que Yogananda transitó como una manera de unir a Oriente y Occidente.

Texto aparecido en la revista Primera Plana, 7 de diciembre de 1965. Gracias siempre al fantástico archivo de AHIRA.

Share
Alejandro Frigerio

Alejandro Frigerio

Alejandro Frigerio es Doctor en Antropología por la Universidad de California en Los Ángeles. Anteriormente recibió la Licenciatura en Sociología en la Universidad Católica Argentina. Es Investigador Principal del CONICET.
Publicado en Documentos. Tagged with , .

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *