
(publicado en 1984, resultado de un encuentro en Medellín en 1981)
por Mariano Fabris (Universidad Nacional de Mar del Plata /CONICET)
Entre los obispos argentinos la denuncia sobre “sectas” y cultos populares se había intensificado desde el golpe de Estado de marzo de 1976. Sin embargo, lo que en aquel momento aparecía disperso y como producto de iniciativas particulares, comenzó a adquirir un encuadre más claro a finales de la década de 1970 impulsado por la relevancia que le otorgó el “Documento de Puebla” (producto de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, CELAM), celebrada en dicha ciudad de México en 1979). Durante la reunión de la Comisión Permanente de la Comisión Episcopal Argentina (CEA) llevada a cabo en julio de 1979 algunos obispos plantearon que era necesario que el Episcopado abordara el tema y desde entonces se confió en el Equipo de Ecumenismo la elaboración de un informe sobre “sectas”. En la Asamblea Plenaria de la CEA de abril-mayo de 1980 monseñor Serra, presidente del Equipo de Ecumenismo, presentó el informe ante el resto de los obispos. Los diálogos que acompañaron a la presentación dan cuenta de algunos tópicos que despertaban la preocupación de los obispos. En el centro estaba la cuestión del ecumenismo al que se criticaba como una deriva ingenua del Concilio Vaticano II que había debilitado las alarmas católicas frente a las otras religiones. A partir de este diagnóstico se superponían recomendaciones dirigidas a revisar el diálogo interreligioso, una mirada negativa sobre la religiosidad de los sectores populares y un reclamo para que los agentes católicos concretaran una mayor presencia en esos mismos sectores. No faltó la mirada conspirativa que, como expuso el obispo Ítalo Di Stefano, veía en el avance de las “sectas” un “trasfondo político un poco misterioso” que incluía la disponibilidad en EEUU de “1000 millones de dólares para propagar sectas en América Latina”.[1]
El informe se tituló “La actuación de los grupos libres (sectas)” y partió de la premisa de que en Argentina se habían producido distintos episodios que confirmaban la “ofensiva sectaria”. Entre los hechos significativos señaló la negativa de los Testigos de Jehová en algunas escuelas de frontera a saludar a los símbolos patrios (en realidad, se trataba de una noticia de mediados de 1976), el “aflujo renovado de misiones mormonas, la construcción en evidente aumento de templos de agrupaciones sectarias”.[2] Además, Serra consideró que este avance se había visto confirmado por los obispos reunidos en Puebla y por las preocupaciones que le habían transmitido desde las diócesis.

Revista Medellín 28, 1981
Luego el informe avanzaba con una lectura más compleja del fenómeno y señalaba problemas de formación en los agentes religiosos, pero también de los destinatarios del mensaje. En este sentido, consideraba que no se debía “descansar confiando solamente en el sentido romano y mariano de nuestros fieles”. Reconocía que las personas que «acuden a las sectas están deseosas de escuchar una palabra de salvación en un contexto más idóneo y cercano para ellos. Sus pastores son del mismo ambiente. Su lenguaje sencillo y directo”. El informe consideraba, en consonancia con los planteos del “Documento de Puebla”, que uno de los rasgos más irritantes de las “sectas” era el proselitismo que se “funda en desconocimiento del derecho y de la libertad religiosa”.[3]
Además el Equipo Episcopal de Ecumenismo envió a las diócesis una encuesta que deberían responder los obispos donde se los consultaba, entre otras cuestiones, sobre la presencia de “sectas”, su origen (“cristiano, oriental, espiritista, semibíblico”), la procedencia de sus “promotores” (“argentinos, europeos o norteamericanos, latinoamericanos”), sus “métodos” (“propagar en plazas o lugares abiertos, sesiones de curaciones, visitas domiciliarias, distribución de propaganda escrita, uso de la radio la TV.”) y formas de atracción de “adherentes” (“coacción o presión de cualquier tipo, ofrecimiento de bendiciones, organización de cursos de idiomas u otros, crítica sistemática a la Iglesia Católica, sus ministros, culto y doctrina, otros medios”).

Dirección de Inteligencia de la Policía de la provincia de Buenos Aires
En la siguiente reunión de la Asamblea Plenaria de la CEA, monseñor Serra compartió los resultados de la encuesta.[4] Resulta difícil mensurar las estadísticas del informe porque no incluyó aclaraciones sobre la metodología o definiciones sobre las variables consideradas. De todas maneras, hay algunos aspectos que podrían tener cierta relevancia. En cuanto a la procedencia de los “promotores”, consignaba que en primer lugar se ubicaban quienes provenían de Europa/EEUU (26), seguidos por los argentinos (22) y los “latinoamericanos” (9). Esto tendría correspondencia con las “sectas” que identificaron en las diócesis (ver tabla 1) – los grupos que más se repetían eran “Mormones”, Testigos de Jehová, “Evangelistas”, “Adventistas”, “Pentecostales” y Bautistas- y con los “métodos misionales” predominantes que serían las “visitas domiciliarias” (32) y la “distribución de propaganda” (23). La importancia de los mormones se corresponde, a su vez, con una preocupación que ya se había manifestado unos años antes en las charlas que ofrecía Antonio J. Colom, jesuita español radicado en la provincia de Corrientes que en los medios católicos se lo presentaba como especialista en “teología mormona”. En cuanto a los Testigos de Jehová, si la percepción de los obispos es representativa de la importancia de esta religión, podemos inferir que la persecución iniciada por el gobierno en 1976 no había tenido el efecto deseado.
Ahora bien, cuando se observa el cuadro general de expresiones religiosas identificadas por quienes respondieron la encuesta es posible señalar que allí se refleja algo de la diversidad existente en el país. Pero también es evidente la dificultad de los obispos para posicionarse como cuerpo jerárquico ante esa diversidad. En este sentido, no existían parámetros claros para nombrar, identificar e incluir a los diferentes grupos religiosos dentro del concepto de “sectas”. Cuando se envió la encuesta se incluyó una aclaración en relación a ese concepto. Se debían considerar a “las sectas o movimientos religiosos libres y las actitudes sectarias o proselitistas descriptas en Puebla número 1102, 1109 y siguientes”.[5] En los puntos señalados, el “Documento de Puebla” hablaba de “movimientos religiosos libres”, conocidos popularmente como “sectas”, para referirse tanto a aquellos que “se mantienen dentro de los límites de la profesión de fe” cristiana, como a aquellos “que no pueden ser considerados tales”. También hacía referencia a “otras formas religiosas o para-religiosas, con un conjunto de actitudes muy diferentes entre sí que aceptan una realidad superior (‘espíritus’, ‘fuerzas ocultas’, ‘astros’, etc.) con la cual entienden comunicarse para obtener ayuda y normas de vida”.[6]
Como se ve, el “Documento de Puebla” no ofrecía una guía precisa, se trataba más bien de un esbozo (que el CELAM iría precisando a través de artículos y libros en los años siguientes) que comenzaba a delimitar -o a intentar- el universo de expresiones religiosas con el que debía competir el catolicismo en el marco de la nueva evangelización. El cuadro que ofrecían las respuestas de los distintos obispados era aún más impreciso y en él se mezclaban los nombres oficiales de grupos religiosos con formas coloquiales o peyorativas, agrupaciones de Iglesias con iglesias particulares. Además, algunas diócesis, como Mar del Plata y Santa Fe, habían respondido a la encuesta de manera mucho más pormenorizada.

Si bien no tendría sentido intentar establecer una definición de “secta” para luego compararla con lo que se desprende de la perspectiva de los obispos, sí puede resultar más fructífero considerarlo a la luz de la política del gobierno militar. En este sentido, si tenemos en cuenta los grupos religiosos que más se repiten en las respuestas de los obispos, con la excepción de los Testigos de Jehová, todos habían realizado la inscripción -o la habían actualizado- en el Registro Nacional de Cultos que entró en vigencia en 1979. Las primeras páginas del Registro de Cultos están cubiertas por Iglesias evangélicas y pentecostales, iglesias adventistas, espiritistas etc. Aún más, tal vez respondiendo a las críticas que habían llegado desde EEUU en relación a la falta de libertad de religiosa, el Anuario de Cancillería consignada como uno de los principales logros las inscripciones que se estaban realizando en el Registro de Cultos.[7] En el caso de los mormones, si bien al comienzo de la dictadura habían denunciado amenazas,[8] en octubre de 1978 llevaron a cabo una importante conferencia en el estadio Luna Park y sus autoridades, encabezadas por Spencer Kimball, presidente de la Iglesia mormona, y con el acompañamiento de Raúl Castro, embajador de EEUU, fueron recibidas por el dictador Gral. Jorge Videla en la quinta presidencial de Olivos. Los términos de este encuentro, según la reconstrucción del embajador estadounidense, expresan la distancia que podía existir entre las preocupaciones de los obispos argentinos y las acciones del gobierno en un marco más amplio en el que pesaba la política internacional y los vínculos con EEUU. En ese encuentro en Olivos, Kimball enfatizó que “la Iglesia Mormona había gozado de plena libertad religiosa en Argentina”, subrayó que “su iglesia enseña el respeto por reyes, presidentes, magistrados, líderes públicos y por todas las leyes” y elogió a Videla “por honrar y respetar la labor eclesiástica realizada por los miembros de la fe Mormona”. Videla, por su parte, elogió “la fe Mormona por su fuerte unidad familiar”, afirmó que “era un hecho bien conocido que los mormones eran personas respetuosas de la ley y temerosas de Dios” y concluyó que, en su opinión, “los mormones llevaban una vida ejemplar en Argentina y estaba orgulloso de tenerlos en el país”.[9]

«Argentina Declassification Project». Encuentro entre Videla y líderes mormones (parcial)
En definitiva, lo que parece expresarse en el informe elaborado por el Equipo de Ecumenismo es que el concepto de “secta” que circulaba entre los obispos era lo suficientemente impreciso y poroso para abarcar una diversidad de expresiones religiosas y por lo tanto se amoldaba a las perspectivas diversas de los obispos. Se podría inferir, al menos en términos generales, que en este punto podía no haber coincidencia plena con las autoridades militares. Y si los obispos reconocían que había poco para reclamar porque el accionar de estos grupos estaba amparado en la legislación, también hablaban de “desconocimiento del derecho y de la libertad religiosa” y no excluían ni la denuncia pública a través de declaraciones y homilías, ni las gestiones ante las autoridades.
En conjunto, el proceso analizado revela las dificultades que enfrentaba la jerarquía católica argentina para procesar un fenómeno que desbordaba sus categorías. El concepto de «secta» heredado del «Documento de Puebla» resultó ser, en la práctica, un instrumento tan amplio como impreciso: suficientemente útil para expresar una alarma compartida, pero no para articular una respuesta institucional coherente. El episodio de la visita de Kimball a Videla ilumina una tensión estructural más amplia: mientras los obispos percibían el avance de las «sectas» como una amenaza que el Estado debía contribuir a contener, el gobierno militar gestionaba la diversidad religiosa con criterios propios -geopolíticos, diplomáticos, de legitimación internacional- que no necesariamente coincidían con los de la Iglesia. El debate sobre las «sectas» fue, en ese momento, también un espacio donde se negociaban los alcances -y los límites- de la influencia católica en el Estado argentino.
Este texto es parte de uno mayor publicado en la revista Cultura y Religión: «El catolicismo argentino frente a la diversidad religiosa en el contexto de la última dictadura militar (1976-1983)».
[1] Archivo de la Conferencia Episcopal Argentina 40a Asamblea Plenaria de la CEA, 28 de abril al 3 de mayo de 1980. 10a sesión. Archivo de la Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires, pp. 5-6.
[2] Equipo Episcopal de Ecumenismo. La actuación de los grupos libres (sectas). 40a Asamblea Plenaria de la CEA, 28 de abril al 3 de mayo de 1980, 10a sesión, Anexo. Archivo de la Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires.
[3] Equipo Episcopal de Ecumenismo. La actuación de los grupos libres (sectas). 40a Asamblea Plenaria de la CEA, 28 de abril al 3 de mayo de 1980, 10a sesión, Anexo, p.3. Archivo de la Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires.
[4] 41a Asamblea Plenaria de la CEA, 17 al 21 de noviembre de 1980, 10a sesión. Archivo de la Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires.
[5] Equipo Episcopal de Ecumenismo. La actuación de los grupos libres (sectas). 40a Asamblea Plenaria de la CEA, 28 de abril al 3 de mayo de 1980, 10a sesión, Anexo, p.4. Archivo de la Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires
[6] III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. (1979). La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina. Documento de Puebla. Buenos Aires: Ediciones CEA.
[7] En 1981, luego de la masiva reinscripción del año previo, se destacó que se habían realizado 211 inscripciones de “organizaciones religiosas” (Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, 1981, p. 47).
[8] Según un informe de la embajada de EEUU, entre enero y julio de 1976 los “Mormones” habían denunciado amenazas en tres oportunidades (U.S. AMEMBASSY, Argentina Declassification Project, 21/9/1976).
[9] National Archives and Records Administration. (30 de octubre de 1978). Videla discusses Beagle matter with amb; Greets Mormon Leaders. Central Foreign Policy Files documenting the period ca. 1973 – 12/31/1979. Electronic Telegrams, 1978.










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