Por el Camino del Gauchito: crónica de altares ruteros

por Mariana Fernández (UBA) (texto y fotos)

Panamericana, entre Campana y Escobar, es un tramo con el que estoy muy familiarizada. El camino no comienza ni termina allí, pero —sin importar las bifurcaciones— ese tramo se mantiene en la ruta habitual hacia mis diferentes destinos. Año tras año, primero en colectivo y después en auto, veo por la ventanilla como no cambia el panorama, bucólico e industrial, del último supuesto cordón del AMBA. Como si fueran pinturas costumbristas con filtro de Instagram, las imágenes rurales (campos, vacas, caballos, ovejas, ríos, puentes, árboles gigantes) se interrumpen o complementan con carteles enormes que nos indican nuestra proximidad con la urbanización porteña. De repente aparecen, a un lado u otro de las colectoras, mesas y bancos improvisados con ramas, tablas y chapas. Cerca de esas instalaciones, entre los árboles, mirando hacia la autopista, se encuentran los altares del Gauchito Gil. No son extrañas para mí las “casitas” de los gauchitos, pero en Campana, mi ciudad, es más común interactuar con su merchandising de diseño: calcomanías para autos, pinturas en los carritos de los cartoneros, tazas, mates, banderas. Esta es una tierra gauchitera y sus caminos, más aún.

Los viajes de noche con mi esposo se vuelven cada vez más habituales y aprendo a distinguir los flashes rojos en los árboles gracias a las luces de los otros autos. Durante el día, mientras mi marido esquiva hábilmente los camiones de vacas, yo trato de memorizar la ubicación de los altares, anticipándolos. Algunos altares se encuentran cerca de las parrillas food truck que se instalaron en el camino, dándole un matiz de gentrificación.  Desde lejos, la mayoría de los altares se parecían entre sí y los trataba como parte del paisaje. Sin embargo, había uno que perticularmente llamaba mi atención. O mejor dicho, unos cuantos, todos juntos, cerca del Río Luján. Lo esperaba con ansias en cada camino de regreso, cuando el pastizal tupido se abría de repente y dejaba ver un modesto pero impecable vecindario de Gauchitos coronado con un arco de herraduras y el nombre Santa Catalina.

Comienzo a estar cada vez más pendiente de estas apariciones; me da la impresión de que hay más y más altares en la ruta. Un día pude ver, en la entrada del barrio al que nos vamos a mudar, un altar del Gauchito que antes no estaba ahí. Se veía nuevo, recién pintado y colocado. La cajita roja estaba atada a un árbol y la figura del Gauchito se encontraba a salvo en su interior, protegida por una reja y trabada con un ramo de flores rojas. Un Gauchito nunca está solo, y al rededor de la jaula colorada había un par de estatuas más, una en una cajita de vidrio, otra con una cruz, otra más chiquitita al costado, y una de San La Muerte. El árbol estaba señalizado con trapos rojos, y alrededor de la casita había botellas de vino. Esta fue la primera foto que tomé, y a partir de ese momento decidí que ya no podía dejarlos pasar.

Finalmente, una mañana planificamos el recorrido. Sabía casi con seguridad la cantidad de altares que había de cada lado de la autopista y cómo encontrarlos. Unos ocho altares sobre Colectora Sur, antes de llegar al Hotel Sofitel La Reserva Cardales, unos cuatro (o eso creí) en la Colectora Norte, hasta llegar al que denominé “Portal Santa Catalina”. Mi esposo comienza el camino desde la colectora y temo no poder reconocer desde atrás aquellos árboles que custodiaban los altares. Porque los altares estaban hechos para ser vistos desde la autopista, pero su acceso seguro es por la colectora, o sea por atrás. La mayoría de los altares se encuentran bajo árboles frondosos y gruesos en los parterres que dividen la Panamericana de la Colectora Sur. Algunos están clavados en los árboles.

El primero de ellos era un triángulo de madera que estaba franqueado por dos banderines rojos; adentro se encontraba la estatua mayor del Gauchito Gil y, en las sombras, estatuas más pequeñas, rotas y despintadas, mezcladas con velas rojas y hojas secas. Adentro de la casita también había una estatuilla de San Jorge y afuera botellas de vino. Como decía, el Gauchito nunca está solo: ya sea acompañado por versiones de él mismo o por otros santos, lo más común es que a esa figura inicial se le sumen otras. El segundo altar fotografiado estaba a unos cuantos metros de un food truck en un área limpia y despejada, con el pasto recién cortado. Me pregunto si los parrilleros se asientan al lado del Gauchito para atraer a los camioneros devotos o para sentirse ellos mismos protegidos. Supongo que un food truck es, al fin y al cabo, un camión.

El segundo altar estaba señalizado con banderas rojas y banderas argentinas clavadas en palos. La casita roja, a la que le faltaba la mitad del techo, estaba apoyada sobre una estructura de ladrillos que parecía haber sido algo antes, tal vez un altar más viejo. Adentro de la casita había cinco Gauchitos de diferentes tamaños, un pequeño San La Muerte al fondo, una rama con cintas rojas al frente, un “Buda de la abundancia” en una esquinita y, afuera de la estructura, con un hombro tocando la casita, una estatua de San La Muerte más grande que todas las otras.

No estoy familiarizada con el Gauchito Gil ni con sus ofrendas. Esta es la primera vez que me atrevo a acercarme a un altar. Me sentía sumamente irrespetuosa. Me bajaba del auto, exploraba rápidamente la zona, sacaba unas cuantas fotos y me iba. Me parecía de mala educación hurgar la escena sin dejar ofrenda, sin hablarles. Intenté que me dominara el morbo etnográfico para poder completar mi tarea. Y es que la sensación de que no debía estar tocando nada era muy fuerte. No solo por lo evidentemente sagrado del asunto. Allí había rastros, indicios, huellas de los deseos, ansias y necesidades de otras personas. Algunas de esas personas se habían tomado el trabajo de ordenar el espacio, limpiar, dejar flores nuevas, señalizar el altar.

El tercer altar era un triángulo rojo vacío, casi iconográfico, suspendido entre dos troncos de un árbol. Tal vez, en algún momento hubo una estatuilla, o varias, pero ya no hacían falta, el Gauchito se hacía sentir. De vez en cuando encontraba árboles con cintas rojas, tablas de madera clavadas a un tronco, herraduras, cintas tiradas en el piso, pistas todas ellas de acciones pasadas y muestras de la protección que permanecía intacta durante todo el trayecto, como si cada altar fueran puntos unidos entre sí por hilos rojos formando un campo, un aura de cuidado. El cuidado era recíproco: los devotos también cuidaban al Gauchito y a los demás santos.

El cuarto altar te daba la bienvenida a lo que parecía un camping fantasma —bancos y mesas en perfecto estado y completamente vacías—, tenía un rosario azul colgando del techo y un banco despintado de rojo y azul. Ese es uno de los que siempre me llamaron la atención de noche, cuando su halo de protección parecía intensificarse.

El quinto se encontraba afuera del terreno del Sofitel y estaba adornado con una maceta rota afuera de la casita y una macetita adentro de ella, como una casa de muñecas. Así se fueron sucediendo los altares. Había más de los que creía y algunos se nos escaparon porque no podíamos parar con el auto, ya sea porque estaban en la entrada de una casa o porque estaba escondido atrás de las hojas.

Los altares de Colectora Norte, en el viaje de regreso, eran más escasos. La hora del almuerzo se acercaba, los parrilleros comenzaban sus asados y los camioneros aprovechaban para descansar y comer. Mi marido estaciona en la parrilla porque hay un altar al lado; le digo que se hubiera estacionado en otro lugar porque van a creer que queremos comer ahí, pero lo que en realidad me preocupaba era tener que cruzar caminando, yo sola, frente a todos los camioneros hasta llegar al altar y sacarle una foto. Mi sentimiento de no pertenencia se acentuaba. La  vergüenza e incomodidad se mezclaba con mi impunidad etnográfica. La escena se sucedió en silencio mientras me miraban ir a paso ligero y mis marido los monitoreaba apoyado en el auto. El siguiente altar estaba cerca, rodeado de basura. Los altares están en diferentes grados de deterioro o cuidado, algunos de ellos parecen lisa y llanamente abandonados.

Continuamos el viaje hasta que finalmente llegamos al tan esperado portal de Santa Catalina, el clima es perfecto y los mosquitos están desesperados. Un par de camiones tocaron bocina y pensé que estábamos mal estacionados, sin saber que era la forma habitual en la que los camioneros se comunicaban con el Gauchito (no te rías, Clifford Geertz…).

Unos catorce altares formaban parte de esta agrupación. La mayoría estaban en lo alto de un palo, como si fueran pajareras, porque es un terreno inundable. En el centro de todo estaba el altar de San La Muerte, debajo de un arco fabricado con varillas de hierro y herraduras en donde colgaba el nombre “Santa Catalina” escrito con metal. A cada lado un banderín rojo y un altar del Gauchito, como guardaespaldas. Los altares estaban muy bien cuidados: los techos de chapa tenían piedras para que no se volaran, las banderas y las flores de plástico no habían perdido su color, no había basura y el pasto estaba bien recortado, por lo que daba la impresión de que era un destino concurrido y apreciado, impresión reforzada por el hecho de que fue el único lugar en donde escuché los bocinazos de los camiones. Este fue el climax del viaje y ya no me importaron los demás altares que faltaban, segura de que no podían superar al portal.

A partir de ese punto hasta la llegada a Campana pude fotografiar seis altares más, con sus particularidades y similitudes. Uno de ellos en el medio de un basural.  A veces es difícil distinguir la basura de los restos de ofrendas, botellas y estatuas rotas, pero ésta era definitivamente basura, es decir restos no relacionados con el altar de ninguna forma más allá de su proximidad. Otro en el patio delantero de una casa en la entrada del barrio Otamendi, al que no me acerqué por respeto a los dueños. Y otros cuatro muy juntos, uno en cada árbol, antes de llegar a la ciudad.

El último de la línea era el altar más cargado de objetos que vi en el trayecto. Era más bien pequeño pero estaba lleno de medallas, cintas y rosarios. El altar daba refugio al Gauchito, San La Muerte, San Jorge y la virgen María, rodeados de objetos y ofrendas (primera foto al comienzo del texto). Al costado del altar, dando la vuelta al árbol, había una bolsa de plástico llena de billetes apelmazados, clavada cuidadosamente y señalizada con una cinta roja que decía “Gauchito”. Con esa foto me di por satisfecha y volvimos a casa. Los días siguientes pude ver más altares en la ruta 6 y la ruta 8, pero ya no los fotografié, me contenté con verlos de pasada, con saber que estaban ahí. La semana siguiente estuve a punto, varias veces, de construir mi propio altar y ponerlo en alguna parte del trayecto en el que “faltara”, para que no se perdiera la continuidad de la red de protección.

Finalmente me decidí a hacer algo más propio de mí: entré a Google Maps y puse en el mapa el Portal Santa Catalina, lo clasifiqué como “lugar de culto”, y subí fotos con una reseña. A cambio, Google me dio muchos puntos.

Si bien es más común hablar de los santuarios del Gauchito Gil y San La Muerte, los altares ruteros forman parte de la cotidianidad de todos los que viajamos por la autopista, naturalizándolos, ignorándolos  o invisibilizándolos. La configuración simbólico-espacio-temporal de los altares también es diferente: deben ser visibles para los devotos pero de acceso relativo a los que no lo son, deben estar relacionados con la naturaleza en medio del asfalto, el humo y la basura; toleran la cercanía habitual de las parrillas y sus comensales, pero manteniendo cierta distancia. Los camiones los saludan y piden su bendición, pero su mensaje no es interpretable para el resto de los automóviles. A diferencia de los santuarios, los altares de la ruta se visitan individualmente y el silencio pero no en soledad, ya que la interacción con las intervenciones pasadas de los demás devotos nos permiten la construcción de una identidad grupal, de una comunidad.

La importancia de estos altares del camino es grande y creciente, como dejan ver el cuidado, esmero y ternura en la mayoría de ellos. Su proliferación habla de la confianza que van ganando sus devotos, pero las medidas de seguridad y protección de algunos altares también son indicio del temor o recelo que mucho de los devotos sienten día a día. Nuestra relación con lo sagrado es evidente e innegable, acompañándonos a todos durante el camino. La presencia del Gauchito está en el color rojo de los árboles, interpelando nuestra mirada, atravesándonos silenciosamente en lo más profundo de nuestra identidad argentina.

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Mariana Fernández

Mariana Fernández

Mariana Fernández, profesora de Ciencias Antropológicas (UBA) y traductora literaria. Se dedica a la formación de gestores culturales desde una perspectiva etnográfica y a la formación docente. Vive en Campana, Buenos Aires.
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