Videntes en las calles de Buenos Aires: mucho más que «magia»

por Alejandro Frigerio (IICS-UCA/CONICET)

Una mirada atenta al caminar por barrios como Palermo u otros de clase media o media alta de Buenos Aires permitirá detectar en postes de luz y tachos de basura los carteles que publicitan los servicios de «videntes». Lejos de ser una rareza, y a pesar del recambio en las personas que ofrecen sus servicios, la presencia de estas publicidades es una constante.

Resulta fácil descalificarlos como algo «poco importante» o como mera evidencia de la persistencia de la «magia» o del «pensamiento mágico». En este texto, sin embargo, se argumentará lo contrario: esta presencia discreta —pero, como se ha dicho, constante, regular y extendida en la ciudad— tiene repercusiones significativas en la diversidad religiosa porteña. La popularidad de los videntes manifiesta ansias (mágico-)religiosas que no son satisfechas por las instituciones legitimadas, y que deben ser atendidas por estos especialistas semiclandestinos que operan en los intersticios marginales de los espacios públicos. Y no solo allí: sus anuncios también pueblan los clasificados de los diarios, Mercado Libre, redes sociales como Facebook o Instagram, y sus propias páginas web.

Avisos de videntes en los Clasificados del diario Clarín.

 

La relevancia de los y las videntes se acrecienta si se considera su extensión geográfica y su profundidad histórica. En primer lugar, no se trata de un fenómeno meramente argentino, ya que ofertas de servicios similares pueden verse en las calles de otras capitales latinoamericanas. En segundo lugar, tampoco es un fenómeno reciente o exclusivamente contemporáneo, causado por las incertidumbres de la modernidad o por alguna «crisis económica», como suelen sugerir las notas periodísticas. Para el caso argentino, que es el que nos ocupa, existen registros ciertos de la popularidad de los videntes en la ciudad desde al menos los primeros años del siglo XX —y es probable que una investigación histórica más minuciosa encuentre sus huellas aún más atrás en el pasado.

Cartel en el barrio de Palermo.

 

Los aproximadamente cuarenta carteles que recabé en las calles de Buenos Aires, los cuales anuncian a distintos especialistas y sus múltiples servicios, muestran ciertas semejanzas. En la parte superior, y con las letras más visibles, las palabras más frecuentes son «tarot», seguidas de «videncia natural» (o «videncia», o «vidente»). Así, quien lee el cartel se entera rápidamente de las características extraordinarias de la persona que ofrece sus servicios («videncia natural», «don de nacimiento») y de su instrumento preferido de diagnóstico: el tarot. Luego sigue una descripción de los servicios ofrecidos, aunque no siempre en el mismo orden. El más mencionado, y casi siempre en los primeros lugares, es «unión de parejas». Le siguen «ayuda espiritual» y luego frases que denotan la posibilidad de superar dificultades de origen sobrenatural o espiritual: «abre caminos», «rompo cadenas de maldición», «corto daños», «destrabes», «anulo envidias y brujería», «protección espiritual». Las áreas para las que se especifica la ayuda son sentimentales, familiares o laborales. Significativamente, la salud nunca es mencionada (probablemente para evitar la persecución policial por «ejercicio ilegal de la medicina»). Algunos, pero no todos, magnifican la potencia de la ayuda: «soluciones ya», «soluciones rápidas», «triunfe en la vida», «el amarre es 100% efectivo», «alto poder en trabajos», «soluciono todos tus problemas en 7 días». Todos los carteles incluyen, al final, uno o dos números de teléfono para contactar al especialista. Veinte de las veinticinco videntes que ponen su nombre (real o ficticio, casi todas sin apellido) son mujeres.

Carteles en el barrio de Palermo.

 

Sería fácil descalificar estos servicios como meramente mágicos, ya que implican el conocimiento y la modificación de la realidad por medios sobrenaturales. La diferenciación entre magia y religión ha sido una de las conceptualizaciones clásicas de la teoría antropológica, aunque el desarrollo de la etnografía y el trabajo de campo llevaron tempranamente a dudar sobre la posibilidad y utilidad de delimitar claramente ambos conceptos (aunque probablemente una de las distinciones heurísticas más claras entre ambas haya provenido de la sociología). Los diversos giros teóricos de las últimas décadas han acrecentado estas dudas, pero la dicotomía aún no ha sido superada. Las prácticas de los «videntes» evidencian varias características usualmente atribuidas a la «magia»: como se dijo, pretenden modificar la realidad a través de medios sobrenaturales (unir parejas, resolver problemas familiares y laborales —Malinowski—), establecen relaciones individuales y no comunales con sus consultantes (Durkheim) y prometen resultados inmediatos a través de la manipulación y no de la súplica (Frazer).

Sin embargo, incluso a través de las escuetas descripciones de los carteles se filtra un trasfondo cosmológico más evidente para quien no quiera descartar de inmediato los servicios y las supuestas (malas) intenciones de los anunciantes. Varios de los ítems anunciados evidencian la propuesta implícita de la existencia de un mundo encantado, básicamente similar al sugerido o evidenciado por las prácticas de la «religiosidad popular». Estos individuos «naturalmente» dotados de «videncia» pueden, mediante la conjunción de un instrumento —las cartas del tarot o españolas— y sus habilidades, conocer lo que le ha sucedido o está por suceder al consultante. Como señala uno de los carteles, el «pasado, presente y futuro» se les hacen evidentes.

Cartel evangélico sobre uno de vidente en la Villa 31, Retiro.

 

Al igual que en la cosmovisión encantada de la religiosidad popular, las energías negativas son un dato concreto de la realidad, generalmente no reconocido por las religiones legitimadas (y sí por los evangélicos y los afroumbandistas, lo que ayuda a explicar su éxito). Los videntes pueden reconocerlas, ya sean intencionales («brujería») o no («envidia»), pero lo más importante es que también pueden tratar con ellas: «destrabes», «abre caminos», «rompimiento de ataduras y de cadenas». Al hacerlo, confirman y refuerzan la visión encantada del mundo que sustenta a la religiosidad popular, a buena parte de los evangélicos y a los afroumbandistas. Su énfasis en la «ayuda espiritual», que casi todos afirman brindar, muestra que, para ellos, el mundo espiritual y el material no están escindidos, sino inextricablemente articulados.

Carteles en el barrio de Palermo.

 

Pero no solo reconocen la relevancia de la dimensión espiritual en la vida cotidiana y de las energías negativas que la recorren, sino que también afirman poder derrotarlas, generalmente a través de «trabajos» espirituales. Aunque no suele estar explicitado en los anuncios, la movilización de energías positivas para derrotar a las negativas suele apelar al auxilio de seres suprahumanos: ángeles, santos católicos, santos populares como el Gauchito Gil o San La Muerte, o entidades espirituales de Umbanda. Dos de los carteles muestran explícitamente a Iemanjá, y un tercero proclama la realización de «rituales afrobrasileños», aun cuando ninguno de los videntes que lo hacen se reconoce como maes o pais de santo (apenas se identifican como «Mariel», «Romina» y «Ricky»). Esta es una diferencia notable con los carteles que pueden encontrarse en Río de Janeiro o Bahía, donde muchas publicidades similares suelen ser de maes o pais de santo.

Carteles en el centro de Río de Janeiro (al fondo, la catedral) y de Salvador, Bahía.

 

Las entrevistas a videntes en medios de comunicación suelen mostrarlos junto a altares con imágenes de santos diversos. Las fotos de las dos videntes más mencionadas en los medios argentinos este año —la cubana radicada en México Mhoni Vidente y la uruguaya Venus Psíquica— las muestran con los seres suprahumanos que las ayudan en sus emprendimientos espirituales.

Mhoni Vidente y Venus Psíquica en el diario La Nación y en el site de noticias El Destape.

 

Significativamente, las videntes argentinas no parecen tener espacio en los medios de comunicación más relevantes (salvo la excepción de una astróloga especializada en el horóscopo chino que edita anualmente libros con predicciones muy generales y no afirma, explícitamente al menos, dar consultas individuales ni realizar «trabajos»). El bajo perfil mediático de los videntes argentinos, reservado a avisos pagos o a medios menos relevantes, parece corresponderse con el lugar marginal que ocupan en el espacio público.

Como se mencionó, el fenómeno de los videntes no es reciente. Notas en los medios más importantes de las primeras tres décadas del siglo XX muestran tres cosas: la popularidad de las videntes, la preocupación de los periodistas por su presencia en una sociedad que se pretendía «moderna» y la persecución policial de la que eran objeto. Un ejemplo es una nota de 1901 de la entonces popular revista Caras y Caretas titulada «la campaña contra las adivinas», que se lamentaba por su popularidad entre todas las clases sociales, incluso las más «ilustradas», y felicitaba a la policía y a los jueces por perseguirlas, «prestando un verdadero servicio a la sociedad». Una de las fotografías, ampliada, muestra el formidable altar, con numerosas imágenes católicas, que respaldaba la actividad de la adivina.

Revista Caras e Caretas 31/8/1901.

 

De manera similar, hacia finales de la década de 1920, el diario Crítica se lamentaba de que “La ciudad está minada de curanderas, curanderos y adivinas que explotan la credulidad del pueblo”, una verdadera «plaga» contra la cual «hace falta una ley enérgica». Notas posteriores, como la del semanario Primera Plana en 1963, adoptaban ya una mirada algo más benévola, aunque no dejaban de considerarlas una rareza para una ciudad como Buenos Aires.

Ahora bien, si consideramos a la religión como «los muy distintos tipos de relaciones que los humanos establecen con seres suprahumanos», podemos ver que los y las videntes no proponen «religiones», pero sí transmiten contenidos religiosos en la medida en que, a través de las consultas, refuerzan la idea de un mundo encantado donde seres suprahumanos y fuerzas espirituales —negativas o positivas— pueden afectar la vida cotidiana de sus clientes. Seguramente estos ya participaban de esta cosmovisión encantada —y por eso acudían a ellas—, pero esta visión se ve reforzada y confirmada mediante la interacción con la vidente, o quizás no, si los resultados no son los esperados. Además de validar visiones encantadas de la realidad, las videntes pueden pluralizar el espectro de seres suprahumanos con los cuales relacionarse, añadiendo al Gauchito Gil, a Iemanjá o a la Pomba Gira de las religiones afrobrasileñas, aunque sea descontextualizadas de las cosmovisiones que les dieron origen. Pueden también rejerarquizar y resignificar los seres suprahumanos católicos ya conocidos por los consultantes; pueden, por ejemplo, otorgarle más importancia a San Jorge o a San Expedito que a Jesucristo o la Virgen. Asimismo, promueven nuevas maneras de relacionarse con ellos. Generan o reconfirman nociones holistas de la persona, que vinculan los planos físico, psicológico, espiritual, social y hasta cósmico en la búsqueda de la salud o el bienestar. Confirman, también, la existencia de seres y energías negativas para evitar o combatir.

Suplemento «Valores Religiosos» – diario Clarín 18/4/2016.

 

El hecho de que transmiten contenidos religiosos parece estar confirmado por la referencia negativa que, al menos dos veces durante su papado, realizó Francisco respecto de los videntes. En su condena más explícita durante una homilía en la misa de Santa Marta afirmó: “¡Quien siegue a Jesús no se equivoca! -«Eh, Padre, sí, pero las cosas son difíciles… Tantas veces yo no veo claro qué cosa hacer… Me dijeron que allá había una vidente y fui allá, o allí; fui a lo del cartomántico, que me tiró las cartas…» – ‘¡Si tú haces esto, no sigues a Jesús! Sigues a otro que te da otro camino, diverso. Él delante indica el camino. No hay otro que pueda indicar el camino’. Jesús nos ha avisado: ‘Vendrán otros que dirán: el camino del Mesías es esto, esto… ¡No lo escuchen! No los escuchen a ellos.» (18/4/2016)

Esta condena explícita por parte de la máxima autoridad del Catolicismo deja bien en claro el proceso de rejerarquización y resignificación que las videntes están llevando a cabo en el campo religioso. Al desaconsejar tan enfáticamente que se consulte a videntes y cartomantes, el Papa busca recentralizar la autoridad espiritual y reafirmar una manera específica de relacionarse con lo sagrado. Sin embargo, tal como se describió en el párrafo anterior, la práctica de estas videntes va justo para el lado contrario: ellas pluralizan el espectro de los seres suprahumanos, le brindan nueva importancia a ciertos santos en detrimento de otras figuras canónicas y, sobre todo, promueven formas nuevas de relacionarse con ellos -que escapan totalmente al control de la institución-. Que esta condena exista es una muestra del éxito y la relevancia social que tienen estas prácticas alternativas.

Como viene señalando la teoría antropológica desde hace años, una división muy tajante entre «magia» y «religión» puede resultar tranquilizadora al confirmar nuestros prejuicios de intelectuales secularizados que vivimos en la modernidad, pero no es adecuada para entender la práctica siempre mágico-religiosa o religioso-mágica de buena parte de la sociedad.

Si parcelamos arbitrariamente la realidad, dividiendo, jerarquizando o invisibilizando prácticas y agentes religiosos como pertenecientes a áreas de incumbencia disciplinar “diferentes” («yo estudio ‘religión’ y no ‘esoterismo’, tampoco ‘magia’ ni ‘videntes'»), perdemos de vista que en la vida cotidiana estas prácticas son parte de los mismos procesos de establecer relaciones con seres supra-humanos en grupos de distintos grados de organización y permanencia en el tiempo. Usando categorías naturalizadas y equívocas, esencializamos las diferencias entre actividades y actores que, en la experiencia de los sujetos, están profundamente entrelazados.

Este texto fue publicado originalmente en portugués en el blog brasilero Religião em Debate.

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Alejandro Frigerio

Alejandro Frigerio

Alejandro Frigerio es Doctor en Antropología por la Universidad de California en Los Ángeles. Anteriormente recibió la Licenciatura en Sociología en la Universidad Católica Argentina. Es Investigador Principal del CONICET.
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