Las columnas de Rodrigo Toniol en la Folha de São Paulo (abril)

–  Santos gigantes y plazas de la Biblia se multiplican en Brasil con dinero público

–  León XIV incomoda a Trump más que Francisco

–  ¿Una vicepresidenta católica para Flávio Bolsonaro?

–  ¿Qué es la Pascua?

por Rodrigo Toniol (Universidade Federal do Río de Janeiro)

 

 

Santos gigantes y plazas de la Biblia se multiplican en Brasil con dinero público

Si un autor de realismo mágico inventara que estatuas gigantes de santos católicos brotan por el interior de Brasil, mientras biblias de concreto y baptisterios públicos se multiplican en plazas de periferia, sería una buena trama. El problema es que eso no es ficción. Y que el financiamiento de esos monumentos, muchas veces, es dinero público.

A lo largo de las últimas dos décadas, estatuas colosales de santos surgieron, sobre todo, en ciudades del interior del Nordeste. En Santa Cruz, en Rio Grande do Norte, los poco más de 35 mil habitantes conviven con una de las mayores estatuas religiosas del mundo, una Santa Rita de Casia de 56 metros de altura. Inaugurada en 2010, la construcción costó 6 millones de reales, la mayor parte financiada con recursos públicos.

El caso no es aislado. En Crato, en Ceará, una Nuestra Señora de Fátima de 54 metros fue inaugurada el año pasado con financiamiento público. En Elói Mendes, Minas Gerais, un Cristo de casi 40 metros supera al Redentor carioca en una ciudad de 20 mil habitantes. En Barbalha, también en Ceará, un San Antonio de casi 30 metros. En Jucás, en el mismo estado, una Nuestra Señora del Carmen de 40 metros. En un relevamiento de mi grupo de investigación, Passagens, de la UFRJ, ya son más de 20 estatuas de ese tipo en el país.

Virgen de Fátima en Crato

 

La justificación oficial para esas construcciones es casi siempre la misma: turismo. Las estatuas atraerían visitantes y generarían ingresos para los municipios. El argumento es frágil. Por más que pueda haber turismo religioso en la región, en esas ciudades la infraestructura hotelera es tímida, no hay aeropuertos, el acceso por carretera es precario, el transporte público, inexistente. La inversión pública encontraría un destino más republicano si se dirigiera a eso y no a la construcción del santo.

La explicación que apela al turismo esconde otra capa de la disputa que organiza este fenómeno: la competencia entre católicos y evangélicos por la ocupación religiosa del espacio público.

Desde hace más de una década, investigadores como Emerson Giumbelli han llamado la atención sobre la disputa del espacio público brasileño por medio de monumentos religiosos. Si en el universo católico los temas de los monumentos son los santos, en el campo evangélico son las biblias. Desde el año 2000, decenas de municipios instalaron biblias en el centro de sus plazas. Desde Campos do Jordão, pasando por la Baixada Fluminense hasta Amapá, en todas las regiones del país hay Plazas de la Biblia.

Más recientemente, una nueva modalidad tomó forma: los baptisterios públicos. En Macapá, el año pasado, la alcaldía inauguró el Primer Baptisterio Público Evangélico del Río Amazonas. Se trata de un espacio a orillas del río, construido para facilitar los bautismos. En Río de Janeiro, también en 2025, en la misma plaza donde Edir Macedo comenzó a predicar, dando origen a la Iglesia Universal del Reino de Dios, la alcaldía inauguró el primer baptisterio público del municipio.

En un país cuyo número de católicos declarados cae año tras año, la construcción de estatuas gigantes de santos es también un intento de afirmar, en hierro y bronce, literalmente, que este sigue siendo un país católico. Cuanto menos católico se declara el país, más grande es la estatua del santo.

Del otro lado, las plazas de la Biblia son muchas veces resultado de proyectos de concejales y diputados que se presentan como representantes de los evangélicos. Al llegar a sus mandatos, oficializan en los municipios marcos simbólicos: el día de la Biblia, el reconocimiento de la Marcha para Jesús y los monumentos. Si las estatuas católicas afirman permanencia, las plazas evangélicas reivindican legitimidad.

Estatuas y monumentos son una de las principales formas por medio de las cuales los Estados nacionales construyen su panteón simbólico. En la independencia, Dom Pedro I. En la república, los héroes militares. En el Estado Novo, Getúlio. En el siglo XXI, santos y biblias.

 

León XIV incomoda a Trump más que Francisco

En las últimas semanas, Donald Trump llamó al papa León XIV débil y terrible en política exterior, afirmó que el pontífice es indulgente con el crimen y publicó una imagen generada por inteligencia artificial en la que aparece con túnica blanca y luz irradiando de sus manos, como si fuera Cristo. Después la borró. La reacción vino de todos lados, incluso de los católicos conservadores estadounidenses que votaron por él. Fueron los primeros en decir que había ido demasiado lejos.

Durante su primer mandato como presidente, Trump tuvo en el Vaticano la figura del papa Francisco. En aquel período, el presidente de Estados Unidos también se enfrentó al pontífice. Incluso antes de ser elegido, Trump ya había llamado a Francisco títere del gobierno mexicano en el debate sobre inmigración y lo veía como adversario en las cuestiones ambientales.

Francisco era un contrapunto político fácil para que Trump se colocara como antagonista. Identificado con ideales progresistas, crítico del consumismo, preocupado por las cuestiones climáticas, latinoamericano, asociado al tema de la migración y resistente al tradicionalismo litúrgico, Francisco tampoco despertaba simpatía entre los cristianos católicos conservadores norteamericanos.

Ocurre que León XIV desordenó significativamente el arreglo fácil que Francisco le ofrecía a Trump. Elegido hace poco más de un año, León es el primer papa norteamericano, conservador en materia de costumbres, no antagonista directo de prácticas litúrgicas tradicionales y jamás identificado políticamente con el campo progresista.

Trump ya intentó asociar a León XIV con la izquierda radical, pero es difícil que esa etiqueta prospere. En el tablero de la política estadounidense en su relación con el catolicismo, dos movimientos simultáneos están en curso.

Por un lado, la administración Trump se acercó definitivamente a los católicos conservadores, transformando esa alianza en una de sus marcas en el campo religioso. Como ya analicé en esta columna, figuras clave del trumpismo, como el vicepresidente J. D. Vance, el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr., son todos católicos conservadores influyentes.

Por otro lado, liderazgos católicos, algunos de ellos votantes de Trump en tres elecciones, están diciendo públicamente que, en el enfrentamiento con León XIV, se cruzó un límite. El obispo Robert Barron, miembro de la Comisión de Libertad Religiosa de la Casa Blanca y una de las voces católicas conservadoras más influyentes de Estados Unidos, declaró que Trump le debe una disculpa al Papa. Bill Donohue, presidente de la Catholic League, calificó la imagen de IA en la que Trump aparece como Cristo como extremadamente ofensiva e inmadura. El arzobispo Paul Coakley, presidente de la Conferencia de Obispos de Estados Unidos, dijo estar desalentado. Ninguno de ellos es crítico del gobierno Trump. Al contrario, están más cerca de ser aliados de primera hora.

Se creó, así, una configuración política con la cual Trump parece tener mucha dificultad para lidiar. Más de una vez, cuando las tensiones con la Iglesia Católica aumentaron, Trump produjo imágenes en las que él mismo se colocó como el líder religioso a ser seguido. Primero como papa, en una imagen creada en vísperas del cónclave de 2025, y ahora como Cristo.

Trump reacciona ante León XIV como alguien que no soporta la existencia de una autoridad también legítima para su propia base electoral. Por eso fabrica imágenes en las que intenta no solo atacar al adversario, sino ocupar su lugar. Cuanto más León XIV antagoniza con Trump, más el presidente estadounidense quiere suplantarlo.

Francisco llevaba al presidente estadounidense a oponerse a él. León XIV hace que Trump quiera ser el propio pontífice o incluso quiera convertirse en Cristo. El problema es que, en el cristianismo, lo que Trump hace tiene nombre: blasfemia.

 

Simone Marquetto y Flávio Bolsonaro (Foto: Divulgação/PP-SP)

 

¿Una vicepresidenta católica para Flávio Bolsonaro?

En la carrera presidencial de este año, todas las posiciones ya están ocupadas, salvo una. Lula, del PT, intentará su cuarto mandato con Geraldo Alckmin, del PSB, el elemento sorpresa de 2022 que permanece en la fórmula. Del otro lado, Flávio Bolsonaro, del PL, todavía busca un nombre para componer la vicepresidencia. Entre los que despuntaron en las últimas semanas está el de una mujer, católica, cercana a Frei Gilson: la diputada federal Simone Marquetto, del PP de São Paulo.

En este mes de abril, la dirección paulista del Partido Progressista divulgó una nota afirmando que trabaja intensamente para viabilizar a Marquetto como vicepresidenta en la fórmula de Flávio. Ciro Nogueira y Guilherme Derrite serían algunos de los empeñados en la iniciativa. Entre los principales argumentos que acreditarían a Marquetto para el puesto está justamente el hecho de ser católica y tener acceso a ese campo religioso. En sus redes sociales, aparece rezando el rosario, cargando la imagen de Nuestra Señora Aparecida, en misas junto a obispos y sacerdotes y besando la mano del papa León XIV.

El movimiento encontró eco en el PL. El diagnóstico interno es que, con los evangélicos, el terreno está ganado. Con los católicos, no. El propio líder del partido en la Cámara, Sóstenes Cavalcanti, fue explícito en una declaración reciente: “Vamos a tener que cambiar la táctica con los católicos porque estamos perdiendo terreno con ellos. Se puede cambiar esa relación, incluso con la vicepresidencia”.

Los números explican la urgencia. El último Datafolha, divulgado en abril, mostró que entre los electores católicos Lula lidera con el 43% de las intenciones de voto contra el 30% de Flávio. Entre los evangélicos, la situación se invierte y Flávio abre ventaja. Ocurre, como Sóstenes bien diagnosticó, que la estrategia para entrar en el campo católico es diferente de la evangélica. Y es ahí donde Flávio todavía patina.

Con los evangélicos, el bolsonarismo opera por medio de los liderazgos de las iglesias. Busca respaldo y diálogo con los pastores de las mayores denominaciones y atrae hacia sus propios cuadros legislativos a candidatos provenientes de esos grupos.

En el campo católico, esa estrategia encuentra un obstáculo estructural. La Iglesia es más jerárquica y centralizada que las denominaciones evangélicas, y su cúpula institucional no está disponible para negociación. La CNBB mantiene distancia y los obispos progresistas son refractarios. Lo que queda, y ahora emerge como estrategia, son intermediarios sueltos: parlamentarios con tránsito en comunidades carismáticas, influenciadores digitales devotos, sacerdotes con presencia mediática relevante.

La estrategia de Flávio para aproximarse a los católicos parece moverse en esa dirección. Ya que no es posible operar como se hace en el campo evangélico, la presencia en el campo católico pasará por el apelo a influenciadores y liderazgos del catolicismo digital. El propio diputado destacado por el PL para construir esos puentes es sintomático de esa apuesta. Se trata de Eros Biondini, parlamentario del partido, cantante católico, miembro de la Renovación Carismática y nombre con fuerte presencia en las redes. Es por ese catolicismo mediático y emocional, y no por el catolicismo institucional, que Flávio pretende disputar ese campo con Lula.

El campo progresista brasileño puede desconfiar de esa salida. Al fin y al cabo, apunta hacia un camino muy distante de aquel que aproximó a los católicos de la izquierda política en el último cuarto del siglo XX. La teología de la liberación, que sostuvo parte de ese proceso, fue un fenómeno de masas arraigado en la propia estructura de la Iglesia, en las comunidades de base, en las pastorales sociales. Nada que ver con influenciadores digitales actuando de forma autónoma, fuera de cualquier jerarquía institucional.

Ocurre que la Iglesia cambió. El propio Vaticano ha prestado atención creciente a los llamados misioneros digitales. La canonización de Carlo Acutis, el primer santo de internet, como esta columna ya mostró, es sintomática de ese proceso. Es aquí donde la estrategia de Flávio puede funcionar. Con vicepresidenta católica o sin ella.

 

¿Qué es la Pascua?

En Brasil, dos días del año son los feriados familiares por excelencia: Navidad y Pascua. Las dos fechas guardan algunas semejanzas importantes. Es común que en ambas haya recetas típicas de cada familia, repetidas todos los años; que se reúna el mismo núcleo de parientes; que se intercambien regalos, en el caso de la Pascua, en forma de chocolate. Pero, además de todo eso, así como la Navidad, la Pascua es el día del año que explicita las tradiciones cristianas del país y, al mismo tiempo, nos recuerda que el cristianismo es resultado de una gran mezcla.

La celebración se volvió cristiana, pero su referencia inicial es judía. El *pésaj*, o Pascua judía, es una de las fiestas centrales del judaísmo. Celebra la salida de los hebreos de la esclavitud en Egipto. En ella está contenida una serie de elementos que, posteriormente, también estarían presentes en la tradición cristiana.

Según el relato del libro bíblico del Éxodo, Dios envió diez plagas a Egipto para obligar al faraón a liberar a los hebreos. La última y más terrible fue la muerte de todos los primogénitos egipcios. Para que las familias israelitas fueran preservadas, cada una de ellas debía sacrificar un cordero y marcar con su sangre los dinteles de la puerta de su casa. La sangre funcionaba como señal para que el ángel de la muerte pudiera identificar la casa de los israelitas y pasara por encima de ellas, preservándolas de la plaga. De ahí, por cierto, viene el nombre de la fiesta: *pésaj*, en hebreo, significa justamente “pasar por encima”. El cordero, la sangre y la puerta forman, así, el núcleo de una narrativa sobre protección y liberación que está en el origen de todo lo que la Pascua llegaría a ser.

La Pascua cristiana tiene como principal acontecimiento de celebración no la liberación de Egipto, sino el cierre del ciclo mítico de la condena, muerte y resurrección de Cristo. Según la tradición, fue el Viernes Santo cuando Cristo fue crucificado y murió. Habría sido colocado en un sepulcro y el domingo, justamente el día de Pascua, vencido la muerte y resucitado. Para la teología cristiana, Cristo es el cordero definitivo. Después de él, ningún sacrificio animal sería ya necesario en esa tradición. La Pascua cristiana tiene los mismos elementos del *Pésaj*: el sacrificio, la sangre, el cordero y la liberación. Pero en ella el cordero es el propio Cristo y la liberación es su resurrección. Por eso el cordero es un símbolo tan común en las iglesias cristianas.

La Pascua cristiana es la celebración de la posibilidad de la vida sobre la muerte y también una fiesta cuyo núcleo mítico consiste en afirmar que siempre es posible renacer. Celebrar todos los años, reuniendo a las mismas personas alrededor de recetas que también se repiten, no deja de ser una forma de recordar que recomenzar es posible y necesario.

Si la Pascua fuera un verso de Manoel de Barros, el poeta brasileño, sería aquel: “Repetir repetir, hasta quedar diferente”.

Si en sus referencias teológicas iniciales la Pascua remite al judaísmo, una de las tradiciones más comunes de la fiesta se remonta a rituales paganos europeos. El huevo y el conejo eran referencias precristianas, comunes en las fiestas de este período del año que saludaban la llegada de la primavera en el hemisferio norte. La transformación del huevo en huevo de chocolate corre por cuenta del mercado y de la explotación comercial de la fiesta ya durante el siglo XX.

La repetición, en tantas tradiciones religiosas e historias míticas, de que es posible renacer es un poderoso recordatorio para los no religiosos sobre algo que la humanidad celebra desde hace siglos. Para los cristianos, ojalá que esa historia les recuerde que sus tradiciones son resultado de muchas mezclas y que, por lo tanto, la fantasía de pureza es solo una fantasía.

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Rodrigo Toniol

Rodrigo Toniol

Es Profesor del Departamento de Antropologia Cultural de la UFRJ -Brasil. Es miembro de la Academia Brasilera de Ciencias y fue Presidente de la Asociación de Cientistas Sociales de la Religión en el Mercosur.
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