«El mar se lleva la angustia y trae la fuerza y el misterio» – crónica de la fiesta a Iemanjá en Mar del Plata (2023)

por Florencia Ferioli  (texto y fotos para El Grito del Sur)

El baile avanza con fervor en una ronda, dentro de otra ronda, dentro de otra ronda. La energía se siente vibrar en la arena. Reparten rosas blancas y amarillas para quienes quieren ofrendar y no tienen con qué. Del montón de gente se asoman manos desesperadas por agarrar su flor. Nadie quiere quedarse sin dar a Iemanjá su homenaje. 

“Quienes nos acercamos a la religión lo hacemos por una necesidad muy grande. Una vez que entrás, lo principal es que nunca más estás sola”, afirma Cecilia, que sostiene sus palabras con una mirada dulce y clara puesta en el mar. “La Mae Iemanjá, madre de todos los orixás, es la que le da vida a nuestra religión, es la fuerza para todo. El mar es el que trae a nuestra tierra el misterio, la fuerza, la dulzura, la angustia que se va y lo bueno que viene”. Mientras habla, los sonidos de los tambores siguen sonando sin parar.

Hace trece años que Cecilia pertenece a la religión de culto y hace diez que disfruta la ceremonia en la ciudad de Mar del Plata. Llegó desde Tucumán, al igual que toda su familia. “Este año es la primera vez que participo desde adentro de la fiesta. Siento una emoción gigante”, dice sonriente.

La imagen es impactante. El playón del Hotel Provincial está teñido de blanco y celeste. También hay quienes lucen sus vestimentas de color amarillo, otros están de rojo. Es que cada orixá, deidades yorubas, tiene su leyenda y su función: son divinidades del amor, del fuego, de la pesca, la música, la sabiduría, la fertilidad.

Noelia tiene 37 años, vino desde Catamarca y es la novena vez que participa de la ceremonia. Conoció la religión por un amigo y como muchos otros, se unió por motivos personales, “enfermedades y asuntos familiares hicieron que me arrime al Pai, él me sacó adelante. Soy hija de Iemanjá, es mi orixá de cabeza, la madre de todos nosotros”. Explica que para el catolicismo, su sincretismo es la Virgen Stella Maris. A su lado, otra fiel prefiere no hablar, “su historia tiene que ver con su madre y es demasiado triste para contarla”.

Es la 39º ceremonia que se hace en Mar del Plata en honor a Iemanjá y todos los años se realiza el primer domingo de febrero. La primera fue en 1984 y participaron 12 personas vestidas de blanco, “observadas por cuatro patrulleros que no estaban ahí para protegernos, sino para ver qué hacíamos”, recuerda el Baba Hugo Watenberg, presidente y director espiritual del Reino de Iemanjá Bomí.

El punto de reunión inicial es El Club San José, ubicado en la calle España 3443, donde se juntan para la organización los y las fieles de Iemanjá. Se ven los micros estacionados y la mayoría de las personas que circulan por la calle lo hacen con sus vestimentas blancas. Al ingresar al Club la imagen es preciosa. “¡Recuerden la ubicación de cada uno!”; “antorchas, acérquense”; “bahianas van en primera hilera” se escucha vociferar a un hombre, encargado de ordenar la procesión.

Hugo tiene una mirada transparente y luminosa. Tiene hijos en todo el país y esta ceremonia es el momento donde los reúne. Llegan fieles desde Catamarca, Tucumán, La Rioja, Buenos Aires. Un beso en cada mejilla y uno en la mano es como lo saludan. Quieren tener su recuerdo con él, hacen fila para sacarse una foto con Hugo junto a la imagen de Iemanjá traída desde Nigeria, que está ubicada en el centro del salón.

Los niños y niñas miran la situación con asombro, algunos juegan con globos, una ronda de niñas sentadas esperan tranquilas en el salón de al lado, un gimnasio donde abundan los colchones, el maquillaje y las caras frente a los espejos. Otras mujeres retocan sus labiales y peinan al resto de las fieles. En el salón principal, el caos organizado. Un mapa marca el lugar de la ubicación de cada cuál. Se acercan a ver qué rol les toca en la procesión. Flores, barcas celestes y blancas, vasijas, globos, bandejas. Cada cosa en su lugar, cada objeto en su mesa correspondiente.

Las barcas están repletas de cartas y ofrendas, perfumes, joyas, frutas, espejos y peines. Ahí se depositan los agradecimientos y los pedidos a Iemanjá, reina del mar y protectora de los navegantes, del hogar, de la fertilidad, los embarazos, los partos y los recién nacidos; ahí van las ilusiones y el amor de sus fieles; la energía de miles de personas intencionando al unísono.

“¡Bahianas, vengan las bahianas!” – gritan. Y ellas corren al punto de encuentro, cargan sus ofrendas y avanzan de a una hacia el micro estacionado en la esquina. El sol se refleja en sus vestidos, las ilumina, las enaltece. Suben de a una y mientras, una hilera de autos encabezada por un taxi queda petrificada, detenida en el tiempo. Cuando la última bahiana sube al escolar, avanzan los autos.

Son cuatro micros cargados de belleza, de ansiedad, de felicidad, de expectativas. Arranca la caravana. Un micro, un patrullero; otro micro, otro patrullero. Turistas miran con asombro desde las veredas la procesión de colectivos. La quietud invade las calles, hablan entre sí. Tal vez se pregunten “¿Quiénes son?, ¿qué hacen?, ¿a dónde van?”.

El calor es sofocante, la temperatura disminuye muy poco en el transcurso de la tarde y el viento es mínimo. A medida que se van acomodando, una exhibición de capoeira del grupo “Topazio” da inicio a la ceremonia, mientras fieles y curiosos se arriman a los costados para ver mejor. Sacan fotos y filman con sus celulares. Algunos fieles están serios, otros risueños. Desde las ventanas del Hotel Provincial se ven las cabezas de quienes no se animan a bajar a presenciar de cerca el espectáculo.

Matias es la primera vez que viene, conocía la religión “por un amigo” pero nunca había estado en una. Así que como está vacacionando en Mar del Plata se acercó a ver. Cree que el umbandismo está mal visto y carga con prejuicios negativos, pero dice que como todo, “se puede hacer el bien, pero también se puede hacer el mal, eso no depende de la religión”, y sigue observando fijamente sentado en la punta de la escalera, dándole la espalda al mar.

Se acerca una señora vestida de color celeste a la barca más grande. Le pregunta a los hombres que la rodean si puede dejar sus ofrendas, “va todo: plata, joyas, caramelos de miel. Quiero darle todo lo que tengo a Iemanjá”, dice mientras saca de una bolsa blanca lo que quiere ofrendar.

La procesión avanza. Las personas que rodean la columna de fieles también. “Abran paso, abran paso por favor”, se escucha. Es que los asistentes quieren acercarse cada vez más y por momentos se hacen pequeños embudos de gente. Al llegar a la playa, el cielo sorprende con unas nubes que parecen pinceladas de color rosa. Un rosa furioso, casi fucsia. Los vestidos blancos ahora reflejan el cielo. Unas bahianas frenan para sacarse los zapatos, algunos ialorixás, sacerdotisas del culto afrobrasileño, siguen su paso firme hacia el centro de la Playa Popular.

Ubican el altar de Iemanjá nuevamente en el centro de la escena, mientras se sitúan los tambores. La costa está poblada, más de 16 mil personas asisten a la ceremonia. La luna redonda y naranja sale del mar. La noche se presenta como una obra de arte.

Un pasillo extenso de personas se forma hasta la orilla del mar, donde un grupo de bahianas dan comienzo a la bendición de las aguas en este rito ancestral. El Baba Hugo da sus palabras de bienvenida minutos después, agradeciendo a las diferentes instituciones y autoridades que acompañan la religión.

La celebración es doble. Hay dos parejas con lágrimas en sus ojos que esperan para ser casados por Hugo frente a los presentes. “Lo primero que les voy a preguntar es si vinieron por su propia voluntad”, consulta a cada pareja con el micrófono en la mano. Carlos y Teresa por un lado; Liliana y Carlos por otro. “Honro a sus padrinos de casamiento y a sus orixás. Fidelidad, amor y en nuestra religión, la muerte no nos separa”. Ambas parejas se prometen amor infinito, “un amor puro que existirá eternamente”.

Se arma la tradicional “roda”, una rueda humana que se forma alrededor del altar con Iemanjá, para pedir enérgicamente la protección de los presentes. Los tambores siguen tocando al ritmo de percusión. Hay quienes rezan, danzan con ojos cerrados, quienes mueven sus brazos frenéticamente y cantan en portugués.

El baile avanza con fervor en una ronda, dentro de otra ronda, dentro de otra ronda. La energía se siente vibrar en la arena. Reparten rosas blancas y amarillas para quienes quieren ofrendar y no tienen con qué. Del montón de gente se asoman manos desesperadas por agarrar su flor. Nadie quiere quedarse sin dar a Iemanjá su homenaje.

El momento de la entrega de barcas es intenso. El mar crece inesperadamente, las olas chocan con las piernas de quienes se acercan para soltar los deseos y pedidos en el agua. Guardavidas ayudan a depositar las barcas en el mar y personal de Prefectura custodia. En simultáneo, fuegos artificiales explotan en el cielo e iluminan la ciudad. Es un espectáculo vehemente.

El final lo marca un manto blanco que cubre a los que pasan por debajo, simbolizando el cuidado de los presentes. La luna sigue redonda y potente, con un blanco brillante observando el ritual. Las olas van y vienen cada vez con más fuerza. Lágrimas se mezclan con el oleaje. Hay abrazos, hay rezos, lamentos y agradecimientos. Iemanjá se hace visible en la inmensidad de la noche.

Publicado originalmente en El Grito del Sur

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Florencia Ferioli

Florencia Ferioli

Licenciada En Comunicación Social (UBA) - Fotógrafa - Reportera gráfica Periodista - Documentalista.
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